miércoles, 6 de julio de 2016

El grito en forma de cascote

1) "Negros de mierda, después se quejan cuando dicen que hay que matarlos a todos. Mirá cómo te dejaron el auto. Ves, vos que después los querés justificar. Pasa que sos muy buena y es al pedo porque siempre te van a querer cagar. ¿Qué te digo siempre? Cuidate, no seas tan confianzuda, los negros están atentos a todos tus movimientos. Yo entiendo que vos quieras ayudar y todo pero el tipo que es hijo de puta, es hijo de puta. Y si es hijo de puta de pibito, ya está, ya lo perdiste. Ustedes, vos, y con los que andás vos que militan en los grupos esos de la facultad se piensan que ayudan pero no. Y acá no hay  derecho humano ni nada que lo vaya a cambiar. Si los ayudás se la dejás más fácil todavía. Es feo pero es la verdad".


2) Me rompieron la luneta de un cascotazo. Un taxista me dejó una nota sobre el asiento trasera que decía "Tengo tu campera negra. Tres menores te hicieron esto, te dejo mi celular así hablamos y te la devuelvo". Me contó que fue a las 5 am. Que vio a los tres chicos corriendo, uno de ellos con mi campera en mano y sospechando que alguna se habían mandado los corrió hasta quitársela y preguntarles a quién se la habían robado hasta que uno de ellos confesó que de un auto estacionado. Sí, de mi auto. 

3) Me rompieron la luneta. Nunca me gustaron las palabras con este sufijo como "amiguete".  Luneta: lun-eta. Puaj.

 1. suf. U. para formar diminutivosdespectivos u otras palabras de valor afectivoaveces de manera no muy explícitaa partir de adjetivos y sustantivosRegordete,calvetevejeteamiguetecaballerete.

Ergo, rompí mi versión diminutiva, la manera despectiva de llamarme y pensarme y tal vez de ver las cosas. Y sucedió a la fuerza. Hace tiempo lo venía sintiendo pero necesitaba el cascotazo porque yo misma, cada tanto, me digo retándome: "¡Cómo te gusta aprender a la fuerza!". La fuerza esta vez vino en forma de cascote. Y ese cascote en busca de abrigo. La campera negra que hace poco me regaló mi vieja. La campera que vengo usando casi religiosamente por estos días fríos. Esa que a lo mejor esos pibes no tienen y a mí me sobra y hasta tuve el atrevimiento de criticar: "Ay mamá, es horrible, parezco Michelin. No, bueno ya fue, es abrigada, me la quedo" ¿De qué otra forma puedo leer el robo de un abrigo? ¿Me faltará dar un poco más? Me cascotearon para quitarme abrigo, rompiendo mi luneta, mi mala ingenuidad. Hay mucho pasando en la cabeza de esos pibes. Los cristales van y vienen. Los pedidos de abrigo-afecto-educación son más urgentes. Nos piden abrigo a cascotazos. ¿Cómo es que no todos podemos verlo?

4) Me cascotearon la luna, el cristal trasero, la puerta de atrás, lo que intentaba esconder. Entraron por el fondo, me invadieron. No lo busqué ni esperaba pero lo hicieron igual. Y se fueron corriendo, sin hacerse cargo. ¿Me tiré sobre una red que creí segura cuando no lo estaba? ¿Son la ilusiones más débiles que el cristal de un auto?

5) Por fin te diste cuenta. Hay maldad afuera, sí, era cierto. Y puede que muchas veces el lobo se presente disfrazado de oveja. Los chicos sólo fueron actores de reparto. Tenías que saberlo, Marianela. Romper el cristal de la idealización y reconocer que tanto vos como muchas personas -incluso las que querés- tienen malas intenciones y poco les importa cascotearte mientras consigan lo que quieran a través tuyo. Ojalá hayas podido interpretarlo y agradezcas el llamado de atención. 

6) Me rompieron la luneta. No sé qué tema sonaba en ese momento en mi cabeza pero sí recuerdo el último que hace días vengo cantando y está permanentemente de fondo: "Dark necessities", la canción nueva de Red Hot. Esa que tiene un verso que me encantó y que de estar en la era del Messenger me pondría de nick: The darkness helps to sort the shine. ¡Y qué cierto! Muchas cosas lindas últimamente, Moli. Algo malo tenía que suceder para que aprendas a valorarlas aún más. 

De las seis interpretaciones de un mismo siniestro hay cinco que hoy pude hacer porque tuve la gran fortuna de acceder a la educación, de tener una familia que, con sus errores y todo, me dio lo mejor: contención, educación, comida y muchas camperas de muchos colores. Porque tuve acceso. Porque mi familia salió bien de abajo para terminar mandándome, incluso, a aprender idiomas y porque tuvieron el poder adquisitivo para lograrlo. Suerte, culo, Dios -diría mi madre-, destino, como quieras llamarle. A lo que haya sido que me dejó llegar a donde estoy, le doy mis gracias devolviendo el favor, dando un poco de mí en todas las maneras que hoy encuentro posibles. 
De las seis lecturas, hay una que es muy nociva y que, multiplicada, conduce al caos total. Así y todo es la más repetida en salas de espera de compañías aseguradoras, comisarías, kioskos y paradas de semáforo. Y es la que la mayoría cree que unx -la 'víctima'- está esperando escuchar. A veces se dice como cumplido (no sé con quién querrán cumplir, conmigo seguro que no, a mí me espantan) como quien dice "te banco apoyando la idea de matar a todos". Claro, mucho sentido. Esa lectura es la que disfrazó de "pobreza cero" al verdadero objetivo: "para los pobres: cero". Es la que multiplica la desigualdad, la que conduce a todo lo que en verdad queremos erradicar: más violencia. Por favor, no dejemos que esa lectura se siga reproduciendo. Mirá cuántas interpretaciones podemos hacer, incluso de los contratiempos.







jueves, 16 de junio de 2016

Dreamers Andarivel

Mi andarivel es el de siempre. El segundo, el de los que llevamos pocos meses nadando pero los suficientes como para querer presumirlos. Soy una silueta interminable abriéndose paso a filosas brazadas; interrumpo el curso del agua que sumisa se hace a un lado, pienso. Pero me mueve la desesperación y falta de aire. Soy, en verdad, una figura que la nicotina vuelve torpe en su patada y brazada y que lejos de interrumpir, implora al agua clemencia mientras salpica a los demás andariveles. "Cuando nado no pienso, me olvido de todo", solía decir cuando predicaba mi deporte. Acaso confundiendo no pensar con el diálogo que mantengo con el agua o las metas absurdas por cada ejercicio: "Si hago dos vueltas seguidas sin respirar quiere decir que este año termino de escribir mi libro" o "si las completo me anoto sin falta en la convocatoria". Le recuerdo, por si acaso, mi eterno respeto desde aquella primera clase de natación en que el profe nos adivirtió "al agua no se le teme, se la respeta" y yo traduje : "no te hagas la pistola en la pile ni el mar y cerrá la canilla a tiempo". Con la mano, toco por fin la pared y salgo impulsada por mi pies y falta de aire a la superficie. Falta que roza la asfixia y me obliga a abrir la boca cual señora recién rescatada por un guardavida para verte llegar, con tu shortcito Speedo, sin duda, más caro que las expesas en mi edificio. Cierro por fin la boca exigiéndome respirar por la nariz mientras te sigo con la mirada. No por lo cari y cuerpilindo que sos sino porque noto la contracción de toditos tus abdominales y la búsqueda de excusas para seguir riendo y que la risa te mantenga trabado hasta entrar al agua, con el resto de los humanos. Te metés a la pileta y ahora con las antiparras y gorra camuflada, el agua te vuelve uno más del andarivel de los espalda ancha que nadan hace años. Me imagino entrando al natatorio como él acaba de hacerlo: trabando mis abdominales -que ni trabados se marcan- meintras saludo a un público imaginario y me río tanto que formo burbujas en mi impecable vuelta de mariposa. Salgo del agua y el desafío cumpido me dice que este año quizás logre lo del libro. Sigo riendo, las burbujas son ahora invisibles. Quizás por eso me guste tanto venir a nadar. 





viernes, 10 de junio de 2016

Mientrastantistas (o meanwhilers)



A nosotrxs nos seduce la previa, lo que viene primero, lo impulsivo. No llegamos a ver la peli porque nos perdemos en un loop interminable de trailers que se traduce luego en una lista infinita de marcadores que nos prometemos revisar más tarde, a veces respetando un orden de prioridad. Somos impuntuales porque el mientras tanto nos retrasa, porque la playlist de cuatro canciones para bañarnos y tres para elegir la ropa se extiende por la intuición cada vez más afilada en las sugerencias de YouTube que se abusa de nuestra debilidad. 
Leemos los comentarios antes de ver el capítulo. Con temor y el índice en la ruedita del mouse siempre listo para huir si presentimos un spoiler, por el sólo hecho de correr el riesgo. Abrimos nuevas pestañas para ir viendo otra cosa mientras aquello se carga. Recordamos, cada tanto, nuestra humanidad cuando natura llama y en lo que pareciera un intento por callarla, posponemos el trámite (casi en tono de reproche por pretender interrumpirnos)  o ideamos un plan en cuestión de segundos que hace coincidir una pava en el fuego y un tupper en el microondas mientras un número uno -o dos-  nos tiene escuchando mensajes de audio en el baño. 
Para nosotrxs, hervir legumbres significa hacer mandados cortos. Para el almacenero, somos lxs estudiantes de departamento que bajan en pantuflas y piden “el más económico que tengas” que evita el discurso de las opciones y posible búsqueda interminable de precios en alguna carpeta oficio tachada o borroneada de tanta inflación. 
Renderizar, para lxs que editamos, equivale a un pucho en el parque, un sacar el perro a hacer pis y visitar a ese amigx que tenemos medio olvidadx y nos queda de paso a comprar ese “coso” que venden en la ferretería para arreglar la cadena del baño o frenar el chiflete que se cuela por la ventana.

En ocasiones, somxs lxs que todavía no se recibieron o no planean hacerlo porque los cursos, viajes y experiencias meanwhile nos volvieron ajenxs al nido o conquistaron con lo novedoso y espontáneo. 
Hijxs del multitasking, queremos estar en todos lados pero rara vez estamos realmente en uno. Queremos y podemos escucharte pero necesitamos anotar esto que se nos acaba de ocurrir para usarlo después, sin por ello interrumpir la historia que estás contando. Pero inquietxs, desprolijxs y desordenadxs, lamentamos cada cola de nunca rapi-pago o sala de espera sin libro a mano. Y ahí, cuando no hay wifi y en cambio nos aturde un súbito silencio, soltamos ese discurso o charla que nos debemos y paranoiqueamos al descubrir una cámara que acaba de grabarnos hablando solos. 
Si pasamos por una calle distinta y descubrimos una gráfica por demás repudiable que pide a gritos nuestra intervención y en el bolso una Bic que apenas escribe aún así bosqueja la ira, nos amenazamos: “Nunca más vuelve pasarme”. Es así que la mochila  -además de impuestos, biromes, forros, monedas y anotadores- suma libros, cinta scotch y fibrones: por si pinta revolución.

Ahora recuerdo porque decidí llamar Eterno mientras tanto a este rincón virtual, mi siempre mochila de amateur.


miércoles, 8 de junio de 2016

De besos y mordidas

Cuando quiero mucho, muerdo; me dí cuenta. Pero no quiero ponerme freudiana y voy a vencer la tentación de desarrollar la idea detrás de "comer a besos" con palabras prestadas y reclamadas en parciales de facultad. Sólo quiero decir que hoy besé una rodaja de pan lactal que luego acabó en la basura. Tal como mi mamá hace cuando, por ejemplo, deja que los alimentos se descompongan por la impunidad que sólo el tiempo goza. “Para que nunca me falte”, me explicó la primera vez que la vi hacerlo y porque, supongo, mi cara de sorpresa habrá exigido. “Porque a mí me faltó una vez y no puedo permitirme tirar comida a la basura”, insistía mientras yo, en mi cabeza de infante que no tiene muchos amigos y, en cambio, lee demasiado imaginaba a mi madre sin dientes recolectando del piso migajas de opulencias ajenas. La historia de mamá me había marcado tan fuerte que sigo dibujando en mi mente las escenas que con frecuencia se pone a describir. Incluso hoy, cuando por accidente dejo caer una rodaja de pan lactal en la pileta con vajilla y agua sucia y no tengo opción más que el descarte. Beso la tostada y con el eco del término “descarte” aturdiéndome, recuerdo el mensaje de texto que el muy imbécil no supo ocultar mientras me dejaba descansar en su pecho: “estoy por hablar. la descarto y voy para allá”. Le concedí el permiso para descartarme y, como si fuera poco, de darme ese besito en la frente que todavía siento y puedo ver si corro mi flequillo a un costado. “Cada día más flequillo tenés”, comentaban mis amigos para aquellos días. Fijé la vista en la rodaja por algunos segundos como haciéndole reiki con la mirada. Pensé en el imbécil -que me sigo permitiendo llamar así por su cobardía o pésimo uso del lenguaje- en lo trágico que puede volverse un besito de descarte en la frente y en lo horrible que acabo de hacer: sobornar. Como si mi besito significara una bifurcación en la ruta del karma que vuelve a toda velocidad para castigarme pero podría ahora perdonar o reducir la condena. Aún con este pseudo cuestionamiento moral apuntándome, recuerdo o, mejor dicho, no logro recordar cuándo besé o me dejé besar por descarte. Me alegro y sonrío con una complicidad que no entiendo con quién comparto y me hace dudar si sigo siendo una. Río entonces en un guiño compinche conmigo misma. Y es que últimamente sólo me dedico a morder.

viernes, 2 de octubre de 2015

G.A.P

El viento de la tormenta no sólo agudizó la escoliosis de los árboles de la cuadra. Las alarmas y los perros del edificio enloquecieron y yo, que me vuelvo romántica si la lluvia me encuentra bajo techo, subí la persiana para contemplar el desastre. Sufrí tanto al notar la resistencia del arbolito anoréxico de enfrente que fruncí piernas y glúteos, en gesto de adhesión a la lucha. Una contracción similar a la que hago cuando voy de copilota en auto ajeno. No sólo por desconfianza, también por respeto. Es horrible cuando a una le dicen "che, guarda ese auto, che guarda el semáforo". Por eso, y porque me encomiendo al poder del prisma lunar que guardan mis glúteos, yo sólo frunzo y confío.

La culpa que me produjo ver a un señor correr contra el torbellino me hizo bajar la persiana; volví al calvario de la edición. Cortar, mover, estirar y deshacer hasta ver en qué acción cagué medio proyecto. Lo encuentro y el alma regresa, como puede, a mi cuerpo cada vez más encorvado. Afuera, el viento sigue soplando furioso. La imagen del tele se tilda, "no es nada" me digo. Por las dudas apago todo, la notebook se banca dos horitas. De repente, una ráfaga furiosa sacude mi puerta. Me repito que "no pasa ninguna" (y digo 'ninguna', que quita años y seriedad) mientras abro Youtube en busca de un pop Spice Girls que me haga olvidarlo todo. Pero en eso, el picaporte se mueve lenta y sospechosamente. Lo noto porque en casa no hay un artefacto que no haga ruido: me paralizo y entro panza, como si hacerlo me volviera invisible. De espaldas al costado de la puerta (porque tantos años de CSI no son en vano), estampo mi oído contra la pared. Escucho voces. Mi panza sigue escondida, el poder del prisma lunar también está en ella. "Qué ganas de andar robando con esta tormenta", pienso y en un inexplicable impulso -valiente y suicida a la vez- abro la puerta. El vecino de planta baja y su concubino se asustan al verme aparecer tan súbitamente y cagando el rating y dramatismo de mi escena me dicen: "¿Vos también flasheaste que te golpeaban la puerta?". Les dije que sí con una calma fingida y volví a mi cueva. No valía la pena explicarlo. Ellos jamás entenderían el poder de mis músculos.







jueves, 17 de septiembre de 2015

Más Beyoncés, menos Sweet Honestys


Yo, que socialmente soy paz y amor, mate y bizcochito, pan con manteca y azúcar y que tras tantos años de textos publicados en plataformas virtuales he recogido elogios y fuertes críticas, finalmente dí un gran paso hacia el fin del mientras tanto; que de tan estacionado venía coleccionando multas de parquímetro.
Yo, que de Friends me parecía a Phoebe en lo delirante pero a Rachel en lo sumisa, hice de mis delirios un modo de vida y de la sumisión un disco que apenas escucho.
Ya no me siento Sweet Honesty, el viejo perfume de Avón que, a mi olfato, reproduce el olor a la sumisión. Olor a mujer que todo bieniza con todo y ante todo para evitar roces y usa prendas tejidas color pastel y se niega a un bordó en verano porque "¡los colores fuertes son para el invierno!". Prendas que mi mamá prometía tejer cuando compraba 'El arte de tejer', el reputado manual de tejido noventoso, infaltable en toda mesa ratona o revistero de hogar de clase media.
Hace mucho, un fulano me habló de la importancia de tener enemigos (o gente que no te banque) para la formación de la personalidad y yo pensé "qué mala onda este chabón que festeja la mala onda"; porque como les decía: yo soy 'mate y bizcochito' y '¿para qué bardearnos si todo bien?'.
He descubierto un dulce dejo en saberme enemiga de algunos pedazos de humanidad que condensan propiedades del género humano que aborrezco, debo confesar. Sobre todo porque conocí los motivos y no hay mejor enemigo que quien te odia por tus virtudes.
El mundo - o al menos el mío- necesita de más Beyoncés y menos Sweet Honestys. Este es el leitmotiv que viene y seguirá guiándome en el viaje de ida a Ser más yo que nunca. El mismo que motivó el nacimiento de Femme Fetal y mis nuevos enemigos. Las Beyoncés caminan con la frente en alto y la mirada decidida. Sus espaldas son en verdad extensiones del infinito que en forma de líneas atraviesan la estratósfera para manifestarse en la Tierra.
Que mis virtudes aseguren el derecho de admisión y permanencia en las lenguas ajenas no puede menos que enorgullecerme. Consigan sus propios enemigos y van a ver el abrazo que se dan.

Thank you all for coming.













viernes, 20 de marzo de 2015

Carraspeo

Llegando al final de Desplazamientos -de Levrero- mientras comía mecánicamente el arroz con papa y tomate que me había 'cocinado' (hervir no es cocinar) con la mano derecha, me paralizó el roce de un palo de orégano en mi garganta que, vacilante, vislumbraba su final: mi estómago o el plato, tras un grosero escupitajo. Logré despedirlo con un grácil carraspeo que elogió mi finura. Volví al texto.
Levrero, una vez más, confundiendo fantasía y realidad, entraba al cuarto donde Nadia y la hermana fea protagonizaban una fogosa escena mientras el bebé de una de ellas lloraba y él intentaba, en vano, controlar su excitación. Por estas páginas, Mario ya me había hecho esbozar su bulto aprisionado con tal detalle que temía, una vez fuera de casa, buscar su equivalente en pantalones rosarinos. Describe las escenas con una exactitud que a veces incomoda, especialmente al referirse al llanto del bebé y la culpa por su eminente erección. Reflexionó durante tantos renglones que terminó haciéndome pensar en las veces que mi padre habría hecho algo semejante. Sin orégano de por medio, volví a detener la lectura. El arroz, la papa y el tomate, en una orgía llamada bolo alimenticio, se inquietaban dentro mío. Me levanté hasta la canilla por un vaso de agua. En la pileta, el colador por el que había pasado el arroz estaba cubierto de un agua espesa producto del residuo de almidón, cada vez más semén. El plato donde yacía el palo escupido brillaba cubierto de aceite. Un aceite que pudieron haber usado para concebirme, que pudo haber facilitado el acto. De pronto, todo a mi alrededor era sexo. Pensé en llamar a mi madre para, luego de escuchar su voz, pensarla con la dulzura que la identifica, de madre; de madre que no coge. Recordé que, desde hace un tiempo, un ringtone de Romeo Santos remueve horribles sensaciones mientras espero su voz por lo que desistí.
Me senté frente a la computadora, recriminándome por haber exagerado tanto. Entré directo al muro de Facebook de mi mamá para terminar enterneciéndome con sus consabidas publicaciones de ositos que hablan y perros en adopción. Que Mario Levrero sea un degenerado no significa que mi mamita o papito también lo hayan sido. Un palo de orégano siempre presagia un mal trago.

martes, 27 de enero de 2015

27 o Volverse una chica volado

La semana pasada cumplí años, veintisiete. Pasaron doce años de mis quince, dieciocho de mi primera comunión, mi hermano tiene treinta y ocho, mi hermana cuarenta y tres. Repasar el paso de tiempo enumerando acontecimientos cachetea la realidad, encuadra los fracasos e intensifica el violáceo de las várices.
Mi madre, que insiste en sacar una princesa de mí, me regaló un perfume riquísimo de los caros, en respuesta a los litros que le robé y, antes de ayer, ratificó su reputación de buena madre con tres vestidos, dos de seda fría y uno de modal. Todos con volados.
Recuerdo que, cuando pequeña, mi mamá decidía y compraba la ropa por mí, como a toda niña. Lo curioso es que, en mi caso, el régimen absolutista materno se extendió hasta la pubertad, período en el que, al menos, pude alzar mi voz: No me gusta, tiene florcitas. Gracias pero no me lo voy a poner. Es muy de hippie.
Poco a poco, Madre fue aprendiendo a elegir un poquito mejor, un poquito más yo. Entendió, luego de varios rechazos, que el turquesa me hacía payaso y que con naranja me volvía mencha. Lo que nunca llegó a entender fue mi repudio al volado. Traté de muchas formas de hacerle ver que el volado no era para mí: con burlas, chistes, incluso encarnándolo en la categoría chicas volado de la secundaria. Le puse nombre, le di personalidad, en ocasiones lo subestimé, logré esbozar una arqueología del volado.
En ese entonces, yo pretendía hallarme en el punk, en lo roto, lo desprolijo. No iba a dejar que un volado me arruinara, era de hippie, de chica con rulos que usa mucha bijouterie y pañuelos en la cabeza. De mujer que fotografía muchos paisajes y usa chatitas de cuero que trepan cual enredadera -planta hippie por antonomasia- hasta atarse en el tobillo. Muy ellas.
Hoy con veintisiete años, Madre volvió a insistir con el volado. El agradecimiento vino primero, con los años una aprende a agradecer, incluso el mal gusto. El primer contacto con la seda fría me sedujo: Esta tela es como estar en bolas, me encanta, le dije. Siniestramente, Madre presagiaba su victoria. Ah, tiene volado...Bueno, lo pruebo. Me lo medí y, como guachín en arrebato, un pensamiento hippie asaltó mi cabeza. Me sentía libre, suave, romántica y soñadora; y me gustaba. Un combate interno en el que se disputaban mi amor por las calaveras y la esencia de una verdadera mujer Flower Kenzo me erectó los pezones. Me lo quedé, era cómodo y no me quedaba tan mal. Con los otros me pasó lo mismo. Uno de ellos tenía flores, potenciaba aún más las cualidades Flower Kenzo.
Ese mismo día tuve que buscar a India a la peluquería, la shitzu mini de Madre que atrae los más elegantes piropos de los devotos de la raza. Cuando llegué a casa me miré al espejo: vestido con volados, shitzu en un brazo y cartera de mano en el otro. El Mosca, punrockeando  los parlantes de una casa vecina entró por la ventana: ya no sos igual.


domingo, 7 de diciembre de 2014

Incomodidades pre y post coito

Toda mujer que planea una cita atiende a los detalles de cada sentido y parte del cuerpo: el perfume en su exacta medida, la tela de la ropa interior, el rimmel -push up de la mirada-, el color en las uñas que guiará las caricias, la suavidad de la piel y la ausencia de distracciones en el recorrido total de las piernas, todo apunta a la armonía. Como una orquesta que confía en sus músicos para la eufonía, como una receta que abraza el equilibrio de sus ingredientes, en las citas, sean primeras o segundas, se cuida que pormenores no pasen a mayores. La vagina, por menor o mayor que sea, es la reina de los detalles, el último en revelarse si todo sale como planeado -y no planea como salado. Las precavidas jamás la olvidan y se ingenian las mejores técnicas para quitarse el apósito a tiempo. Ellas, que  apuestan por la sequedad en la tela y  humedad en la entrepierna, nunca olvidan llevarlo puesto pero saben lo embarazoso que puede resultar al tacto masculino por lo que sacan sensuales bailecitos de la galera o comienzan fellatios cronometrados que distraen por completo y permiten la extracción del incómodo protector sin testigos desencantados. ¿ A dónde van a parar los apósitos que no llegan a quitarse en el baño? ¿Tiene un protector diario la capacidad de bloquear la líbido del hombre ultra sensible que se shockea con la palabra flujo o menstruación?
Hace tiempo conocí a un chico que vive solo y  tiene un tacho de basura en su baño. La pregunta surgió al instante, ¿ para qué tiene un hombre un tacho en el baño? Él, con total convicción me dijo que era por 'las chicas'. La segunda pregunta también surgió instantáneamente, ¿revisará la basura cuando la saca? ¿es la curiosidad, en este caso, una suerte de morbo?
Ayer a la noche encontré un forro cargado a metros de la entrada a mi departamento y recordé que días atrás había visto un protector diario usado arrojado por la misma zona, mismo perímetro. Pensé, entonces, ¿serán ambos desechos de la misma pareja? ¿Qué estrategia habrá usado ella para quitarse la toallita? ¿Dónde la habrá conservado hasta abandonar la casa de su compañero sexual? ¿Por qué produce tanto rechazo la palabra 'toallita'?



jueves, 13 de noviembre de 2014

De runner humillada a atleta consagrada (o viceversa )

Yo soy extremista, en casi todo lo que hago. Odio admitirlo pero es cierto, tengo etapas para todo. Tuve una etapa de vegana nivel Peta, de hip hopera de departamento, de cinéfila nivel encierro y la más interesante: de justiciera. De esta última pocos se enteraron -fue poco después de que nos robaran y encerraran con mamá en el baño de casa- porque temía que me denunciaran. Durante al menos un mes salí con un tramontina en el bolsillo a todos lados (incluso a Jorgito el potro, que estaba al lado de casa) y miraba a todos con desconfianza. Gracias a Buda nunca siquiera amagué a usarlo.
Dos semanas atrás regresé a mi intermitente etapa de atleta, esta vez con partner: Matías. Matt, como se hace llamar, me cruzó una vez en Scalabrini y después de burlarse de la marcha noventosa en mis auriculares y lo horrible que corría, me enseñó a trotar de verdad.  Esa tarde comprobé que el pibe era más que un buen recomendador de películas y peculiar standapero por lo que formalizamos como running couple. Gracias a él ahora resisto mucho más sin perder pulmones en el camino. Nos cebamos rápidamente y bastaron dos salidas para redoblar la apuesta: para la próxima vez corriríamos desde el Gigante hasta el Indepencia.
Como toda exagerada, comí proteínas como para todo un mes y unas pastillas de ginseng, té rojo y otros yuyos que ingeridas después de las siete son un ticket de ida al insomnio.
‘Te espero en Génova y Avellaneda’, me escribió y para sacarme la duda le pregunté si el 153 que pasa por Pellegrini me dejaba. ‘Sí, el que va para el lado de Corrientes’, agregó. Qué boludo, pensé. Era obvio que tenía que tomar el que va y no el que vuelve, por Pellegrini.
Salí media hora antes para llegar puntual porque Matías tiene la maldita costumbre de salir sin celular por lo que si no lo encontraba al llegar no era desorbitado temer lo peor -o mejor, es un pibe de gustos raros-.
Tal como le había prometido, me había vestido como para correr por Oroño: calza corta Adidas para sentir que ‘imposible is nothing’, chaleco con bolsillo para los indispensables (llave, plata, teléfono y tarjeta de bondi) porque el corpiño tiene sus límites y las zapas chetas para running, tan cómodas como horribles. Es increíble como cierto calzado permite saborear la ilusión de una espalda recta y rótulas alineadas y balanceadas por unas horas.
El sol rajaba el pavimento y derretía el colectivo. Mi bozo sudaba como en el peor de los eneros y le hablaba a todos de mi fuerza de voluntad y pasión por las pistas. Mi expresión era la de un atleta consagrado en gigantografía de Nike. Era la única runner del 153; el resto, unos tristes mortales.
Sin desatender mi fantasía, noté que seguíamos por Pellegrini y que ya habíamos pasado Avellaneda, hacía rato. Entrábamos súbitamente a un barrio que desconocía, de calles sin nombre y jaurías -por alguna razón- enojadas con nuestra llegada. El contingente de pasajeros se había reducido a seis personas: cinco claramente locales y una runner extranjera que ya no publicitaba para Nike y, en cambio, chequeaba el saldo de su teléfono.
El colectivo detuvo su marcha y refunfuñó como perro agitado en señal de cansancio. Mi arritmia nerviosa ya era un hecho.
Me paré y exagerando un protagónico de huérfana al mejor estilo Cris Morena intenté conmover al chofer con mi desventura (los tatuajes poco ayudan cuando se intenta enternecer).
‘Tu amigo te mandó para cualquier lado’, me dijo prendiéndose un cigarro con una sonrisa que invitaba al diálogo. Me aliviaba saber que no estaría sola en pleno Bronx al bajar del bondi. ‘Si querés quedate sentada acá, yo me tomo algo y en veinte vuelvo a salir’, me sugirió. Supuse que habría notado la contracción de mis glúteos -claramente nerviosa- y acepté con falsa despreocupación: ‘Bueno, dale. Todo bien igual, eh’.
¿Tanto semáforo y hostal boliviano de mala muerte para asustarme por un barrio de pinta fulera? No era tanto el prejuicio del lugar sino mi look runner, cheta y regalada como pocas veces, lo que más me comprometía. Recordé la charla Ted sobre expresión corporal y me acomodé descomprimiendo glúteos y hombros, con un pie contra el respaldo de otro asiento y la frente en alto, tan gangster como mi imaginación lo aprobaba. De afuera debí haberme visto como un caniche gruñón ladrando desde un auto, como un típico macho beta que grita ‘soltame que lo mato’ cuando nadie lo detiene, pero bastó para aliviar mi inseguridad.
A los veinte minutos clavados, el chofer volvió a subir. Yo salí del papel de negra del Bronx y volví a mi realidad de runner humillada. Para ese entonces eran pasadas las siete y el hijo de puta de Matt ni un mensaje me había mandado. Me bajé cerca del Independencia y corrí sola. Pensar las puteadas para Matías me motivó muchísimo y  batí mi propio record de seis vueltas sin parar. Me volví a casa victoriosa, con la remera empapada y las piernas de hierro. Matt ya me chupaba un huevo, había vuelto a la publicidad de Nike.




martes, 4 de noviembre de 2014

A las putas, Dios no nos habla.


Madre Cabrini, como toda escuela católica, ofrecía a sus alumnas una misa semanal en su capilla con un previo o miércoles detox en los que nos invitaban a pasar factura de nuestras travesuras con un señor de blanco que, a través de una ventanita de madera agujereada a lo mosquitero, nos perdonaba todo. Las chicas decían que los agujeritos servían para que el tipo no nos fichara pero yo nunca entendí por qué nos hubiera juzgado si era tan bueno como todos decían. Para mí, los agujeros eran para que el pobre tipo no se contagiara de nuestros pecados, era una suerte de protección; un profiláctico espiritual.
En mi curso, durante unos años, fuimos veinticuatro. Casi que podría enumerar los apellidos y nombres de cada una en el orden alfabético de la lista. De las veinticuatro, yo era la número trece (dejo a mano este dato por si más adelante quieren sacar conclusiones) y la única con baja señal para hablar con Dios.
Los cuadernillos que armaban las catequistas, además de arcas de noé para colorear y morbosos lyrics que repetíamos por inercia, tenían actividades re difíciles que incluían, entre otras, charlas con Dios o alguno de allá del cielo. Por lo general, esta tarea se hacía en casa; no es fácil concentrarse en clase ni es justo para el pobre Dios tener que estar en línea con veinticuatro chicas a la vez.
Si bien mi ñoñez me obligaba a participar siempre en clase -actitud que ofendía a las celosas y aliviaba a las irresponsables-, mi mano se escondía cuando la catequista pedía testimonios de nuestros diálogos con diosito. Nunca entendí bien por qué todas querían participar pero me servían para disimular mi silencio. Y no es que yo no hiciera mi tarea, es que por más duro que trataba, a mí Dios no me hablaba. La seño decía que sabríamos cuando Él nos estuviera hablando porque lo sentiríamos en el cuerpo, seguramente cerca del órgano cardíaco. A lo mejor mi cuerpo me hacía trampa o el exceso de Touched by Angel -la serie religiosa de la Warner-  me estaba afectando pero lo cierto es que pensar fuerte me daba mucho hambre o el diablo se burlaba de mí invadiendome con imágenes de cosas obscenas que de haberse enterado, Dios se hubiera enojado muchísimo.
Yo que quería ser monja y rezaba en todos los recreos largos -porque hasta tercer grado no tuve amiguitas- no podía estar más preocupada por los inodoros, penes y malas palabras proyectándose dentro mío cada vez que me concentraba tratando de llamar a Dios. ¿Por qué a mis compañeras les hablaba y a mí no? ¿Por qué concentrarme para invocarlo implicaba revivir la escena del día en que abrí apurada la puerta del baño y ví el pene de papá?
Por mucho tiempo pensé que Dios me hacía revivirla a modo de amenaza y que por haber visto un pene a tan temprana edad sufriría el castigo de no poder hablarle. Sabía que si la seño me hacía compartir mi testimonio no podía inventar una historia porque habría estado mintiendo pero, a su vez, contar la verdad me hubiera condenado de por vida y quizás me hubieran apedreado como a María Magdalena, la puta de la Biblia (en un sueño recuerdo haber idealizado el vestuario para el día de mi condena).

De todos modos, escuchar los testimonios de mis compañeras me hizo dar cuenta de un par de cosas. Primero que todo, que Dios usaba la misma grabación para todas -o que la mayoría necesitaba oír lo mismo-  porque a cada una de ellas les repetía que se portaran bien, que Él las amaba y que las cuidaba en todo momento. Lo segundo que descubrí se desencadena de lo anterior: si es cierto que fui de las últimas en hacerse una paja sin culpa, entonces mis compañeras son unas morbosas. Si tanto les recalcó que Él las cuidaba todo el tiempo, de seguro se pajearon muchísimas veces con Dios en línea. Me pregunto que castigo les habrá tocado a ellas.





miércoles, 10 de septiembre de 2014

Sumisión en la peatonal

Me equivoqué de bondi, otra vez. Cada vez que me pasa siento que es el 112 mostrándome sus celos -y cada vez que lo pienso me siento una boluda. Me bajo apenas me doy cuenta y, sin planearlo, me encuentro otra vez caminando por la odiada peatonal, la pasarela por la que desfila toda la gente que vos no querés ver. Empiezo a caminar cada vez más rápido, elijo las canciones que quiero escuchar hoy -día nublado post lluvia y limpieza- y al ritmo de Rancid camino imaginando que lidero una patota de punkrockers dispuestos a romper vidrieras y, otra vez, quiero jugar a que soy el tipo del video Bittersweet Simphony. Me corro para el lado que más gente pasa y me propongo mirar a quien venga caminando frente a mí con tal fuerza que logre hacerlo correr, la meta es que sea el otro quien se corra y yo pase victoriosa. Empiezo con una señora que viene retando a su -quizás- hija, no me importa, no me dejo conmover, nos acercamos cada vez más hasta que un hombrazo más tarde nos chocamos. Ella me mira y parece saber todo, enseguida me disculpo, con cara de cachorra arrepentida, y culpa. Ahora además de frustrada me siento forra, justo vengo a jugar al ‘correte vos’ con una señora que va ocupada con su hija -que seguro es un demonio que la hace renegar- pensando en cosas seguramente más importantes que las mías. En eso, siento que la patota de punkrockers me deja, que se va con una líder menos sumisa que no se deja conmover por una señora que seguramente se preocupa por mantener ocupada a su hija para poder ir a la manicura y seducir a su jefe para ascender en la oficina. Vuelvo a jugar, ahora con un grupo de chicos carilindos. Imagino, prejuiciosamente, que hablan del finde y de las fotos del boliche y de la ph forra que los escrachó en una foto horrorosa. Es una presa ideal, el desafío es muy grande y están cada vez más cerca. Me miro fuerte con unos de ellos con mi mejor cara de orto y cuando nos estamos por chocar, se corre; gané. Ahora suena NOFX y al ritmo de Don’t call me white pateo saboreando mi victoria. A la distancia diviso un grupo de púberes conflictivos: nuevo reto. Al acercarnos unos metros detecto un grado de descaro en ellos con el que no creo poder lidiar. Seguro son los que hacen bullying en el curso, lo sé. Veo el asco con  que miran a la gente pasar y la fuerza e intensidad de sus miradas me hace sentir Eminem en medio de raperos negros de la vieja escuela, Ale Sergi en Valentín Alsina un Miércoles de madrugada, Iggy Azalea en una riña de gallos de negras. Aborto la misión, esta vez con una serie de argumentos a mi favor: que conocer las limitaciones de una misma no es ser cagona sino inteligente y que -en todo caso- es preferible salir herido en defensa de otro o por una causa real, que valga la bajada de comedor. Toda la cuadra siguiente pienso en empezar un arte marcial pero termino resignándome, pienso que -de hacerlo- estaría atrayendo situaciones violentas a mi vida.

Ahora escucho Libertines, ‘Don’t look back into the sun’, de repente pienso en lo feliz que soy, incluso en mi sumisión. Juego a no pisar los bordes de las baldosas.


lunes, 1 de septiembre de 2014

La niña tímida y los adultos-reflectores

 A veces pienso que los padres mandan  a sus hijos a aprender diferentes actividades para luego exponerlos en alguna reunión familiar o, lo que es peor, de mujeres que venden Tupperware, Essen o Mary Kay. De hecho, he llegado a pensar que la venta por catálogo y las -en su momento- populares limpiezas de cutis que organizaba la revendedora en su casa eran una trampa siniestra para traumar niños. La hija o hijo de la revendedora por lo general padecía estas juntadas por lo que, en ocasiones, ha llegado a inventar  enfermedades o huir con algún amigo invisible a otra parte, a otro mundo.
Nunca faltaba en estas mesas un triángulo maldito de mujeres compuesto por alguna de risa estrafalaria -que generaba una mezcla de pánico y vergüenza ajena, o ambas- alguna otra que no opinaba sobre nada sino que resaltaba la opinión ajena y , las más temida de todas: la humilladora. Por supuesto que el triángulo maldito actuaba con total permiso de la madre quien, cuando se trataba de festejar a la nena, experimentaba un significativo agrandamiento de busto, una manifestación física del orgullo materno producto de la concepción de la criatura como una prolongación de su propio ser. Algo similar, o quizás el equivalente, a lo que algunos hombres sienten en su miembro cuando su preciado vehículo es venerado.
Los niños más afectados eran aquellos que para llegar al baño tenían que atravesar el living o comedor donde se llevaban a cabo dichas reuniones. No me sorprendería enterarme de que alguno meara en la abandonada pelela o, en casos extremos, se hiciera encima con tal de esquivar la incomodidad.
La escena solía comenzar con algún diálogo de esta naturaleza:
- Vení, mi amor, mostrale a las ‘chicas’ lo que aprendiste en danza
- Pero mami, hace dos clases empecé.
- Ay dale, no seas tímida, mostrales la palomita esa que me hiciste el otro día.
- Es un arabesque pero no me sale.
- Bueno dale, algo que te salga
- No mami, basta, sé hacer un demi plié, nomás.
- Hacelo, dale a ver. Miren, mirenla que divina cómo le sale.
Las ‘chicas’ amigas festejaban cualquier cosa con tal de acotar una apreciación  generando un paréntesis en el tiempo -y luego en la vida de la niña- saturado de exageraciones que lejos de motivar, promovían ideas suicidas. 
- No, no te puedo creer, es divina. Mirá cómo  pone el bracito
- Ay esta chica nació para esto, aparte es delgadita así cualquiera. ¿Te imaginás nosotras ahora haciendo un 'semi pliegue' o eso que hace? (no importa cuán sencillo fuese el nombre del paso, el adulto adulador siempre lo decía mal)
- Ja ja, ¡qué plato! Y qué dulce ella, es la próxima bailarina del Colón, la próxima, ¿cómo se llama la nena esta que baila tan lindo?
- ¡La Paloma!
- Ay, si. La Paloma, ¡qué rica chica!
El diálogo podía volverse eterno por lo que era conveniente no acotar más que un suspiro para no alimentar el fuego. Cabe aclarar, además, que la escena sucedía y se prolongaba en presencia y en la cara de la niña que, por larguísimos minutos, veía en primer plano -y cual reflectores- dentaduras, arrugas, entrecejos y cejas agrandarse sin control para acentuar un presunto asombro.
Las niñas que disfrutaban de la adulación de los adultos reflectores son, en su gran mayoría, las que en su adolescencia temprana asistieron a cual casting existiera y soñaban con ser reina de Colectividades o alguna de esas fiestas de las que los Cualca tan bien se burlan.
El resto, por el contrario, formó parte de los grupos de niños problemáticos de cada curso y en camino a su adultez desarrolló un fuerte interés por todo aquello que, en su momento, no fue socialmente aceptado: piercings, tatuajes, drogas, destrucción esporádica de vajillas varias y, en los peores casos, autoflagelo.




domingo, 31 de agosto de 2014

Pencils gonna hate

Un día, cansada de su trazo se pasó a la tinta. Los lápices se juntaron a sacarse punta y, cual reunión en peluquería de humanos, hablaron pestes de ella toda la tarde. ‘Es una careta, seguro que ahora duerme en cartuchera cara’. Los lápices, ahora unidos por un odio y enemigo común, tramaron un plan siniestro contra las biromes y se jactaban cada vez más de habitar lugares recónditos como cajones olvidados u orejas de carpinteros. ‘Dejala, seguro ahora se junta con las sharpies y sale a escritorios de diseñadores’, gruñían entre sí.
Ella, que apenas empezaba a testear un nuevo trazo, temía tanto que manchaba sus garabatos, no lograba controlar sus líneas. Otras veces, directamente, se paralizaba.
‘Carpetario es una porquería, yo me quiero mudar a Nuevas Hojas, ahí tengo plumas amigas que no se comen el viaje ni te tildan de ‘parker’ si querés cambiar’, se repetía una y otra vez.
Los  nuevos escritorios la asustaban muchísimo. El abandono de sus amigos la obligó a empezar de cero y se encontró, de pronto, garabateando con fibrones. Sí, con los más cabeza de todos, esos de los que su madre le rogaba cuidarse. Fueron tan buenos con ella que, de a poco, fue desmintiendo todos sus prejuicios hasta juntarse, incluso, con los resaltadores flúo, los más delirantes de todos. ‘A la gilada ni cabida, nosotros los pasamos por encima’, exclamaban los flúo en medio de carcajadas que, de tan fuertes, machucaban sus puntas. Sus nuevos compañeros le brindaron todo el apoyo que sus ex-amigos lápices le negaron.
Con tiempo y dedicación, logró perfeccionar su trazo y comenzó a compartir cartucheras con resaltadores, fibrones, crayones y gomas- porque gomas nunca faltan. Convivía en perfecta armonía intercambiando trucos con sus colegas y complementándose con otros trazos amigos.
Una tarde, jugando con los flúo, notó que uno de ellos -aparentemente nuevo en la manada- se mantenía lejos de la hoja. Se acercó a conocerlo y notando su resistencia a quitarse el capuchón, lo amenazó con mancharlo en tinta. El tímido flúo, finalmente, se quitó el capuchón dejándola totalmente shockeada. Era él, uno de los lápices que tanto la había difamado por haberse vuelto birome. ‘Perdón, te bardée por envidioso, por cómo te decidiste a probar la tinta. Yo siempre quise ser flúo’. Ella, conmovida, entendió que le hablaba desde lo más profundo de su mina, ahora refill, y le agradeció la disculpa.


Desde entonces, hacen de las suyas en todos los escritorios: motivan a los jóvenes lápices a probar nuevas tintas y frenan a los fibrones inconformistas que bardean a todos: a los no-fibrones por no ser como ellos  y a los que quieren serlo, por querer ser como ellos. En cada hoja que encuentran cerca de los lapicitos escriben un mensaje que escandaliza a las castas de lápices y portaminas más conservadoras: ‘Escribí en la tinta que quieras, que mientras las ganas sean genuinas, no hay fibrón cabeza que pueda tacharte’.