miércoles, 10 de julio de 2013

Certificado médico, jodido objeto de deseo.


Entro de incógnita. Me hago pasar por secretaria amagando a golpear la puerta del doctor -o umbral del trono- y fingiendo haber olvidado algo, bajo las escaleras exagerando el ruido de mis tacos, como toda buena secretaria que orina el perímetro de su médico.
Tengo casi todo calculado. Conté al menos diez pacientes, de los cuales cuatro eran niños. Me veo obligada a perfeccionar mi próximo movimiento. Los niños siempre complican las cosas.
Tengo dos horas para efectuar el operativo. Corro las dos cuadras a casa. Si, descalza, odio los tacos.
Convenzo al vecino de que pasearé a su hijo. El pibe, feliz de que alguien lo saque a pasear, acepta. El padre, me lo agradece.
Le explico al niño, cual sinopsis de película de acción, nuestra próxima misión y abusándome de su fervor por esas pelis, lo soborno con una salida al cine.
Le pongo algo de rubor en las mejillas para colorear la fiebre, lo visto bien y le doy un barquito de papel para que sostenga mientras esperamos en la sala. Yo me visto de madre posmoderna con una peluca envidiable y un bolso enorme del que se asoman muchos papeles de trabajo. Cuanto más grande y más papeles asomen, más trabajodora me veré.
La entrada es clave pero el pibe ama actuar y todo sale de maravilla. Entramos. Él lloriqueando, yo sosteniendo un trapo humedecido sobre su frente. El perfume de nene, las zapatillitas con luces y el barquito de papel, todo está a nuestro favor. Él insiste en jugar en el suelo con su barquito. Yo lo abrazo y le digo que no puede hacerlo porque señora fiebre aún sigue coloreando sus cachetes (personificar los objetos y las enfermedades al hablar con niños siempre enternece al público).
Finalmente, el niño se larga a llorar y su sollozo es tan convincente que logra conmover a la sala de espera logrando que la próxima paciente, cuyo hijo apenas tosía entre risas, se ofrezca a cedernos el turno.
Los demás nos miran con recelo pero fingen asentir con la cabeza. Ninguna se atrevería a negarle el turno a un niño que vuela de fiebre y, además de hermoso y coqueto, se divierte con juguetes de papel y tiene una mamá súper trabajadora.
Al menos tres madres están planeando entrenar a sus hijos para la próxima vez que vengan al pediatra que, casualmente, también es mi clínico.
El doctor se asoma y entramos de inmediato. El operativo es un éxito. Me saluda y le presento al niño que, para entonces, ya no vuela de fiebre sino entre la balanza y camilla del consultorio reclamando a gritos la peli en el cine. Pendejo interesado.
Le invento una diarrea imparable que, de pedo, me dejó llegar al consultorio.
Me banco el inyectable- más viscoso que nunca- sus consejos boludos y el pendejo exaltado hasta que, por fin, firma un papel- que visto desde mi lado es un bosquejo de jeroglíficos- y con un encantador 'clack' de su fálico sello, legaliza mi libertad provisional de siete hermosos días.

martes, 9 de julio de 2013

Nostalgia de los abrigos holgados

Mueren de celos. Pasan más de la mitad del año encerrados y apilados en ese rincón del placard que rara vez o rara búsqueda de objetos perdidos frecuentamos.
Más de doscientos días viendo, de reojo y con angustia, cómo maldecís vaginas familiares por no encontrar esa musculosa cuyo escote te distingue del resto, cual oración clave de un texto subrayada en flúo, o ese short que tan bien logra callar las habladurías de tu cadera.
Pero como si eso fuera poco, acercándose el clima casi ideal para que los pobrecitos vuelvan a ser protagonistas, vos decidís, sin reparo ni compasión, que es hora de renovar esa pila aburrida de sweaters que, para entonces, ya tienen pelotitas y mal olor. No cumplen ya con tus cambiantes expectativas y se ven avasallados por el grito de una nueva moda de abrigos que no abrigan pero realzan tus curvas a costa de hacer de tu cuerpo un archivo .rar.
La única forma que los pobrecitos tienen de expresar su enfado es provocando, al quitártelos, esas pequeñas descargas eléctricas que tanto incomodan al saludar o tocar a alguien, o llenando de frizz tu melena recién planchada. Algunos, también, intentan encogerse después del lavado pero fracasan al no poder quebrantar la moral de la buena lana.

La próxima vez que deambules entre vidrieras de abrigos mentirosos, acordate de las tardes y noches que esos viejos pulóveres estuvieron ahí para abrazarte, abrigarte y dejarte repetir segundos platos porque ellos siempre te cubrieron y demostraron que no te quieren por tu curvatura sino por dejarlos hospedarse en tu piel.



domingo, 7 de julio de 2013

Mal visto, mal bicho.

Se encomendaron al azar que, para suerte, desgracia o lección los hizo aterrizar en la ciudad.
Miraron alrededor con entusiasmo y un dejo de desconfianza  . Eran conscientes de su aspecto poco amigable, e incluso antropomorfo, por lo que, por unos días, se mantuvieron alejados de la muchedumbre.
Se alegraron al notar que, a grandes rasgos, entendían la lengua y festejaban cada diálogo que interpretaban casi completamente. Desconocían que sólo contaban con un diccionario programado en sus memorias y que, por ello, quizás nunca habrían podido entender el sentido de algún discurso sino el significado 'enciclopédico' de cada palabra que poco podía aportarles.
Pasaban sus días trepados en árboles de plazas poco habitadas juntando coraje para algún día, bajar a la sociedad.
Temían provocar un escándalo y que se los juzgara por su singular aspecto hasta que un día, uno de ellos decidió dar un primer paso hablando con un perro que, a comparación de los humanos, se veía más amigable.
Asomándose desde una robusta rama del árbol, imitó la voz de su amo que - notó- se agudizaba al hablar con el animal mientras éste otro se distraía hablando con otros amos y, para su sorpresa, el perro no le ladró  sino que le empezó a llorar bamboleando la cola como pidiéndole que bajara.
Extrañado y dejándose llevar por su entusiasmo, se tiró del árbol y fue agasajado con al menos dos incesantes minutos de lengüetazos que derramaban cariño en su más húmedo, baboso y puro estado.
Su amo, al advertir la escena, se acercó inmediatamente hasta su perro que, para entonces, continuaba su empalagosa misión y alcanzó con un metro de distancia para reparar en lo que su mascota había hallado. El hombre, que venía de un fin de semana con exceso de alucinógenos, se vio acorralado por un porfiado e intenso sentimiento de culpa que lo convenció de que la criatura que tenía ante sus ojos no era más que un fantasma recreado por su mente que él mismo inventaba para auto-infligirse por su perturbado estilo de vida. Tomó a su mascota por el collar y corrió desesperadamente hasta su casa y llamó: a su madre para recordarle cuanto le amaba, a su psiquiatra para pedirle un turno y a sus camaradas para comprobar si era el único que había alcanzado ese nivel de alucinación.
El otro, el que había quedado en el árbol, se tiró para proteger a su compañero que, creía, podía haberse contagiado de alguna peste al verlo empapado y corrió, ya sin miedo de ser descubierto sino  de perder a su amigo hasta divisar un hombre con una campera con una estampa que decía 'seguridad' en letras gigantes que sin duda podría ayudarlo.
La pobre criatura no había notado que el guardia de seguridad custodiaba un importante depósito de dinero- si es que acaso sabía de qué se trataba el operativo- y confiando en que un hombre vestido de seguridad no haría más que ayudar y protegerlo, corrió y se acercó tanto como la bala que impactó en su vientre lo permitió.
El guardia, que se encontraba alerta a cualquier movimiento extraño no dudó en gatillar al ver una pequeña bestia de menos de un metro de altura y dudosa procedencia que, sin duda alguna, atentaría contra el operativo llevándose todo el dinero, quitándole la portación de armas y, con ella, el orgullo de su familia.
El cadáver de la criatura fue incautado por personal policial calificado (por no se sabe quién ni cómo) y está aún en espera de ser analizado por especialistas.
Pocos medios le dieron relevancia al hecho por una ola de delitos contra bellas jovencitas que acechaba a la ciudad en ese momento y que por tratarse de hijas de sujetos de jodido peso social vendían mucho más que el episodio de la pequeña bestia que, incluso, generaría pánico del que aún no se sabe cómo apaciguar (no se cuenta con brigada anti-bestias ni división a cargo de esas extrañezas).
La otra criatura, por otro lado, sigue aún trepado en los árboles, perfeccionándose en el idioma, reconociendo drogadictos culpógenos a quienes asustar y esperando el momento indicado para bajar a la ciudad, vengar la muerte de su compañero acosando guardias hasta la demencia y posterior suicidio y  liberar a los perros de la imbecilidad de sus amos.



jueves, 2 de mayo de 2013

La meditación de la risa


Hágase un zoom que lo despixele. Deje que su cuerpo traslade a la piel el desconsuelo de su cabeza. Que el corazón le lata queriendo salirse de usted y que su miedo a que eso suceda lo paralice. Siéntase  un mendigo rogando y acariciándose el corazón para que aminore la marcha. Y de a poco empiece a alejarse. Tome distancia. No importa que la conmoción no cese, siga tomando distancia. Salga de su cuerpo. Mírese desde afuera, desde otro lado y otro cuerpo. Vacíe la mochila de culpa. Permítase mirar sin juzgarse y dé lugar a la sensación. No la reprima. Ahora intente distanciarse aún más. Suprima los imposibles y vuele. Váyase lejos, muy lejos y mírese desde arriba, desde el techo  de su casa y, si puede, desde el cielo. Compárese con los bichos y animales que alguna vez ahuyentó o pisoteó. Búrlese, si quiere. Trate de ver, desde lo alto, la dimensión de aquello que lo aflige. Grafíquelo en un punto negro. Coloque ese punto en el paisaje que sigue viendo desde lo alto del cielo. Agradezca poder ver el paisaje y perder fácilmente de vista su punto negro. Despídase de ese punto que una vez fue su paisaje. Imprégnese de esa paz y procure recordar este distanciamiento. Ríase. Sobre todo ríase. Piense en aquellos males del pasado que hoy sólo puede recordar riendo. Ría más. Convénzase de que las cicatrices se convierten en  risas y, por favor, recuerde este atajo al cielo y procure encontrar excusas para seguir riendo.

sábado, 20 de abril de 2013

Microtexto para leer apurado y de corrido (porque la cursiva no existe, es la prisa de la palabra)


Esto no es cursiva, es un texto apurado. Aún así no quiero apresurarme y decir algo que nos incomode pero últimamente  llego tarde a todos lados porque estar con vos hace que el tiempo pase tan rápido que, cada vez que miro la hora, no pienso en lo retrasada que estoy sino en lo pronto que es para irme. Y creo que nada ilustra mejor esta situación que un texto apurado sin punto final, porque nuestro final aún no existe, sólo existe el tiempo

sábado, 13 de abril de 2013

La ciclotimia de los artefactos



Siempre nos hicieron creer en la superioridad del hombre por sobre la máquina. Muchos dicen que por soberbia (el hombre siempre se cree mejor que todo) pero para mí es porque en el fondo, tememos que no sea así y que un día, como pasa en las pelis, las máquinas nos ganen.
Lo que no sabemos es que ellos ya saben esto. Hace rato lo perciben y con el tiempo y por nuestra forma de expresarlo, se dieron cuenta. Hay, incluso, sitios web que piden que confirmes un captcha o una acción con frases como ‘demuestra que no eres un robot’ con las que las máquinas ya saborean una, aunque aún ilusoria, gran victoria.
Por supuesto que no lo hacen evidente, todavía. Pero créanme, ya están planeando su revelación.
Por el momento se entretienen jugando con nosotros. Fingen un desperfecto o malfuncionamiento para que, convencidos de que algo anda mal, llamemos a un especialista que los revise y nos tome por locos al comprobar, luego de varios intentos, de que  el artefacto funciona a la perfección.
Lo hacen constantemente. Y cuando se cansan de este método recurren a otro. Nuestro miedo. Así como aprendieron a percibir nuestro temor a que nos superen, perciben nuestro miedo por los fenómenos sobrenaturales y se burlan rechinando o produciendo insólitos ruidos cuando nos apresa el pánico. Conocen nuestra tendencia a conectar todas las cosas y forzar fenómenos en búsqueda de señales.
Nos queda una única forma posible de engañarlas. Haciendo a un lado el (ab)uso de las casualidades y actuando, haciendo.
Al inconsciente de los artefactos, al igual que al nuestro, le molestan los actos que contradicen lo que la razón y el discurso nos quieren obligar a sentir. Pero descuidan que podemos actuar de manera completamente opuesta a lo que sentimos. La mentira, finalmente, nos sirvió para algo.

viernes, 12 de abril de 2013

El danga-danga y sus implicancias


De pequeña, mi gran amiga N y yo solíamos caminar detrás de sujetos para jugar al danga-danga. El juego consistía en hacer coincidir la frase ‘danga-danga’, que íbamos cantando por detrás, con el vaivén de los glúteos de la persona a seguir. Un danga por glúteo, para ser más precisa, y, a modo de juego de estatua, nos deteníamos detrás de la víctima cuando alguna vidriera lo detuviera. El juego terminaba, idealmente, cuando la víctima comenzaba a sospechar o cuando creíamos que entendían la correspondencia entre los glúteos y lo que cantábamos.
De ahí, creo yo, puede que venga mi fascinación por los culos. Pero déjenme aclarar sin que oscurezca, no es un tono vulgar que me maravillo antes ellos sino más bien artístico. Como quien mira una obra de arte y se deja deslumbrar por su singularidad.
Con el tiempo, al igual que les sucede a los críticos de arte, los ojos se nos van afilando y la crítica se vuelve más exquisita. Es entonces cuando, en un intento por socavar los principios del arte culinario, uno va a parar, como dijo mi profesora de Lingüística,  donde terminan los rebeldes: en las categorías.
Hasta ahora, mi investigación puede simplificarse en cuatro grandes categorías: sonrientes, baywatch, tímidos y  mochilas portabebés.
Los sonrientes, como su nombre lo indica, son el resultado de una gran y explosiva sonrisa, dos grandes cachetes hinchados y comprimidos. O, como una amiga de la facultad tan sabiamente lo apodó: el culo gaturro.
Los baywatch, por otro lado, son largos y esbeltos y se asoman como quien se asoma delicadamente por la ventana a echar un vistazo timidón. Son comunes en bailarinas de ballet o yoga o deportes femeninos y delicados. Si se los mira con detenimiento y se les agregan ojos, parecen caras alargadas.
Los tímidos, a diferencia de estos otros, se camuflan haciéndose pasar por una continuación de la espalda. Son los famosos ‘espalda larga’ que apenas si se notan porque le siguen las piernas hacia abajo. Sus portadores suelen recurrir al uso obligatorio de cintos  para mantener los jeans en su lugar ya que carecen de esa protuberancia que detiene la caída del pantalón.
Los mochila-portabebés, por último pero no menos peculiares, son los que, como su nombre lo delata, portan una vida aparte. Es posible notar un gran esfuerzo de los glúteos por hacer que la carne se les adhiera pero es inútil, por su tamaño y peso cuelgan.
Por supuesto que dentro de cada categoría existen también subgrupos que determinan la firmeza o textura del culo pero no puedo detallar sobre esto. Hasta ahora, el danga danga no me ha cruzado con ningún culo desnudo por la calle pero apenas me cruce uno lo detallaré.
Siempre me resultaron útiles los pasatiempos de vereda para cuando tengo varias cuadras por delante. Durante mucho tiempo me dediqué a la popular evasión de las líneas de la baldosas pero como muchas veces perdí por culpa de otros peatones decidí inventar otros. Uno de ellos era caminar como bailarina – apoyando primero la punta del pie-, otro consistía en improvisar  un videoclip para la canción que estuviera escuchando – cuando disponía de un reproductor-  lo que sacó una gran actriz y pelotuda de adentro mío pero ninguno fue tan intenso y comprometido con el danga-danga.
La conclusión puede resultar algo trillada, pero si de algo estoy segura es de que cada culo es un mundo.