lunes, 16 de septiembre de 2013

El 112 y el comienzo de mis citas.


El timbre de salida fue siempre nuestro favorito. No porque odiáramos la escuela y quisiéramos huir sino porque el último anticipaba cosas grandiosas que sabíamos que iban a pasar: el 112, Franco (el pestañudo del 112) y la jumper de Nadine volándose al bajar del cole.
El 112 está sin duda en el podio del ranking de mis colectivos favoritos (conocí un chico muy lindo que rankiniza sus preferencias y me está  contagiando). Siempre me dejó en la mayoría de las casas donde viví, tenía peluche en la palanca de cambio y era blanco, azul y rojo.
Nadine nunca necesitó tomarlo pero lo hacía igual.Vivía a menos de 10 cuadras de la escuela por lo que sólo disfrutábamos de unas 6 cuadras juntas arriba del bondi. Para cuando encontrábamos un lugar cómodo donde pararnos, (esos huecos entre la gente con espacio suficiente para abrir las piernas y equilibrarte) la flaca ya tenía que empezar a abrirse camino para bajar por la puerta de atrás.
Lo interesante, de todos modos, siempre pasaba en esas seis cuadras de Pasco a Ocampo.
Yo estaba profundamente enamorada de Franco, el chico de pestañas extra large del 112. Él iba al Cristo Rey y aparentemente salíamos casi a la misma hora de la escuela. Para cuando nosotras subíamos, sus pestañas y él, ya estaban ahí. Las tenía tan largas y curvadas que hoy en dia miro las publicidades de Maybelline y si le tapo la cara a la modelo de turno, pienso que puede ser él.
Deduje su nombre de tanto mirarle las dedicatorias en liquid paper que les hacían sus amigos y unas forras que seguro gustaban de él y me lo querían robar, en la mochila y en las carpetas que llevaba en la mano.
Nadine solía hacer comentarios o risas incómodas cuando él estaba cerca asi que yo esperaba a que ella bajase para vengarme.
'Suerte,Susana, decile que lo amás!', le gritaba mientras bajaba y ella moría de vergüenza por eso y por la escena marylin que significaba bajar del cole con el viento soplando la jumper hacia arriba.
Sin Nadine la cosa se complicaba. No sabía qué carajo hacer ni con quien hablar para que Franco me mirara, al menos una vez.
Lo más arriesgado que hacía era pararme o sentarme a dos personas de él. Y eso era la gloria.
Para ese entonces yo vivía en zona sur, que ya era lejos, y me bajaba antes que él. Franco seguramente vivía en la loma del orto. El 112 tenia un recorrido muy largo.
El único movimiento que podía planear era mi descenso. Empezaba por acomodarme la jumper y las hebillitas del pelo del perfil que él vería, con cinco cuadras de anticipación. Me subía las medias hasta el tope cuidando que ningún pelo rebelde se asomara (nos depilábamos desde el fin de la media hasta el comienzo de la jumper, lo justo y necesario, ¿para qué sufrir inútilmente?).
Por lo general, esos recaudos me daban resultado. Varias veces lo ví voltearse para mirarme bajar cuando el 112 doblaba y se alejaba llevándose a Franco, sus pestañas y mi momento romántico del día.
Los mediodías empezaban cuando me despedía de él. Excepto una vez en la que mi vida pareció terminar por caer sobre él. Sí, caer.
El extenso recorrido del 112 lo hacía un colectivo muy popular por lo que muchas veces íbamos comprimidos ahí dentro, obedeciendo a los reclamos de las señoras que se quejaban en voz alta:
'Nos tratan como ganado! Mirá toda la gente que hay y cómo maneja este tipo!'. Protestaban y buscaban rostros cómplices que, con cara de culo, asintieran y las apoyaran.
Yo las esquivaba siempre mirando hacia el lado contrario, con poca o nada de discresión. Temía que, como agradecimiento por unirme al reclamo entablaran una conversación conmigo y esto hiciera que Franco dejara de gustar de mí por verme hablar con viejas rezongonas.
Ese día no hubo señora quejándose por nada. El colectivo tampoco estaba tan lleno. Franco estaba sentado en la segunda fila doble del lado derecho. Y yo más cerca de él que nunca: parada cual patovica al lado de su asiento. Ese día no pude acomodarme la jumper ni ajustarme las hebillitas. Estaba ahí. Lo único que hacía era controlar mi respiración, como si el aliento a sopa del primer recreo (tomábamos tazas de sopa Knorr Quick, en sobrecito) fuese a rozar su perímetro de aire y estropearlo todo. Mantenía la espalda recta como nos decía la profe Silvia en danza , el cuello alto como restándole importancia y quebraba cadera para el lado que él mas veía para estafarlo con unas curvas definidas e inexistentes.
Pero como es sabido, las mentiras y las poses tienen patas cortas o te acortan el movimiento de las patas por lo que a la primer frenada trágica del 112, mi cadera, oportunamente, eligió frenar su caída en la falda de Franco.
Él abrió tanto sus ojos que sus pestañas hicieron un loop y le tocaron los párpados. No eran tan verdes al final, tenían matices grises también. Eso hacía que me gustara más.O no. Cuando se gusta de alguien, ese alguien no tiene defectos sino detalles distintivos que lo vuelven aún más gustable.
Le pedí perdón y me levanté enseguida sosteniéndome de una de las barandas. Me alejé al menos tres asientos. En el Ludo hubiera retrocedido al primer casillero. Desde ese día, decidí empezar a unirme a las protestas de todas las señoras- siempre que estuviéramos a más de 3 personas de él- y practiqué muecas con fuertes caras de culo en el espejo que bancaran el reclamo.
Nadine de seguro lo recuerda riéndose al día de hoy. Yo, de a poco, empecé a encontrar excusas para tomar el 134 por Sarmiento. 
Por suerte para nosotras, las jovencitas timidonas, en aquel entonces comenzaba el apogeo de las salas virtuales de chat como Via Rosario y  Mirc que descartaban la posibilidad de desplomarte sobre el chico que te gusta. Además, podías pensar tu respuesta y gritar después de darle enter a un mensaje super jugado como 'hola, como estás?'. Por esos días, divertirse con amigas significaba abrir la ventana de chat del chico que a alguna le gustaba y escribir 'te amo' o 'a dónde vas esta noche?' y amenazarla con apretar enter si no hacía lo que le pedías. Funcionaba siempre.
Al principio no teníamos internet en casa así que ibamos al Shopping del Siglo a conectarnos, cuando acceder a la red era un lujo burgués. Y más aún si conseguíamos compus una al lado de la otra para chusmear lo que la otra hacía o pescar a algún pajero viendo porno y contárselo a alguna amiga por chat mientras le relojeábamos con carpa el bulto para ver cómo carajo era una erección en vivo y en directo.
Con Nadine, el plan era siempre el mismo. Encontrarnos en San Martin y Córdoba, ver los perritos en adopción y empezar a caminar riéndonos de todos. Ella era puntual, y lo sigue siendo. Yo no y ni siquiera me esforcé por corregirlo. Ella padeció mi impuntualidad que llegó a marcar un récord de hora y media de espera.
Desde ahí nos ibamos al shopping y nos parábamos en algún Royal a buscar golosinas, cuando comprar ahí era realmente más barato. Algo parecido a lo que pasó con los chinos que ahora se avivaron y te cobran más o igual.
La misión del chat era conseguir números de teléfono o concretar citas. Por supuesto que siempre decidíamos lugares públicos o el mismo shopping, por precaución más que nada ; y, en parte, porque compensaba la culpa de no contarle a nuestras mamás que hacíamos semejantes cosas.
El colectivo que me llevaba a las 'citas', en el lugar del centro que fuese, seguía siendo el 112 y aunque ya no volví a gustar de chicos en mi cole, disfrutaba el viaje y aprovechaba a sentarme en el fondo para arreglarme los invisibles, porque claro, ya no usaba inmaduras hebillitas. Ya no me preocupaba el vuelo del uniforme al bajar sino que el tiro bajo de la época no pusiera en evidencia mis bombachas coloridas al agacharme.
El timbre que más disfrutaba era el que me dejaba en Mitre y Córdoba dónde empezaba el autoboicot con preguntas como 'a dónde me escapo si no me gusta?', 'cómo le hago saber que no transo en la primer cita?' y el temido 'qué hago si me secuestra y mi mamá se entera de que en realidad no me tomé el 112 para ir a lo de Nadine?'.









sábado, 14 de septiembre de 2013

Lo fatal y lo fetal.

Me levanté tan bien que sentí que tenía que batir alguna para equilibrar el optimismo. Así es como me surgió esta idea de vicenticar obras. Si, eso mismo que hace Vicentico cagando canciones quise hacer hoy con grandes poemas. 
Leo poca poesía, de resentida más que nada, porque yo no sé escribir poemas entonces digo que no me gusta. Pero la verdad es que algunos me gustan y, a modo de ejercitación, elegí mi poema favorito y lo reversioné (=cagué) para ver qué onda esto de escribir en verso.
Les comparto primero el original para que se deleiten y después mi versión, para que se rían.




LO FATAL
Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida, por la sombra y por
lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!...
(Este es Rubén) 


LO FETAL

Desgraciados los robots que no disfrutan la placenta, 
y más aún los adultos porque éstos ya no sienten,
pues no hay garrón más grande que no tener título ni paper,
ni mayor pesadumbre que ser hipster sin lentes.
'Ser' para no engordar y 'Knorr' sin sabor verdadero,
y el temor de haber sido cornudo y ser un futuro infiel...
y el espanto de no salir un finde,
y sufrir por el 'visto' sin respuesta.
A los que no conocemos e igualmente queremos impresionar,
y las ondas rusas que tientan con sus resultados,
y la tumba que aguarda con sus lucecitas led,

¡y no saber adónde vamos,

pero recordar que de un feto venimos!...

(Esta fui yo, perdón Rubén!)



viernes, 13 de septiembre de 2013

Culpa y SPM (síndrome pre-menstrual)

Cuando se está al pedo se piensa demasiado. Y demasiado nunca es bueno. Pienso en pelotudeces asegurándome de no pensar en cosas que realmente merecen mi atención, como para no ponerme la gorra contra mi misma en mi tarde libre.
La ansiedad es fuerte y mi resistencia a limpiar pese al desastre que hay en mi casa me hace sentir un poco culpable. Empiezo a pensar en la culpa y sus diferentes categorías.
De pronto, me invento y auto-dedico una nueva culpa que decido llamar 'sentite culpable por no sentir culpa, forra'. El forra del final es crucial, fija e intensifica la magnitud del agravio.
Pienso y me esfuerzo en recordar cuando fue la última vez que lloré y la culpa aumenta aún más. Pienso en la gente que no tiene para comer, me diseño un inventario de todas las cosas riquísimas que estuve comiendo y autorizo el advenimiento de mis nuevos rollos que, para el momento, parecen encaminarse a una merecida obesidad.
Me recrimino no agradecer al universo o algún Dios copado el hecho de estar viva como debiera hacer a diario en el zafu que, de buena fe, me prestó mi psicólogo trascendental para meditar más cómoda y que está ahora juntando polvo en mi placard. Pienso también en el próximo renglón pero al revisar este último me siento careta por haber usado el término trascendental, por más que Iván lo merezca, porque quizás nunca haya trascendido y porque puede que lo que creí 'ver' meditando hayan sido vocecitas internas que me agarraban para la joda. Me reprocho, también, la posibilidad de haber chamuyado a mi propio psicólogo.
Sigo recapacitando y me doy cuenta de que la mitad de las cosas que vengo pensando son, en verdad, propias del discurso de mi vieja y entonces me acuerdo de Jodorowsky y la apropiación del discurso materno-paterno y sumo a mi ranking de culpas el no haber matado a ninguno de mis padres. Con esto lloro el doble y con lágrimas más saladas.
Pienso, por último y entre mocos, en el síndrome de Sjöbren y en la gente que no puede llorar y me siento más mierda aún. Investigo más sobre la enfermedad y me entero de que, además de no poder llorar, esta gente no puede salivar ni lubricarse. Osea, no se les hace agüita la boca ni pueden coger sin la ayuda de liquiditos por lo que se pierden de dos de las tres fuentes 'C' de placer: cagar- comer- coger.
De la nada, un timbrazo me interrumpe la tarde culpógena. Raro. La gente que me visita suele consultarme antes. Trago saliva (aún pensando en los enfermos de Sjöbren) y atiendo el portero. Un señor de acento extraño me ofrece escobas. Me enternezco y salgo a la puerta con mis lentes puestos para taparme la cara de llanto.
Me muestra las escobas y escobillones que vende y que, seguramente, viene cargando hace kilómetros en su espalda. La culpa vuelve a invadirme y me obliga a comprarle una.
'Me gusta ésta, cuánto está?', le pregunto fingiendo interés sólo para hacerlo sentir bien.
'Esa está $40, nena'. Sin dudarlo y sintiendo compasión por su cara de cansancio y el estado de su calzado, le compro la escoba.
Vuelvo a entrar a casa y dejando, de a poco, enfriar mi sentimiento de culpa, me doy cuenta de que fui culiada por un vendedor que me encajó una escoba de mierda a $40.
La bronca rápidamente se vuelve alegría. Con todo lo que lloré y con lo que gasté por ayudar a un estafador ambulante tiro para largo rato más sin culpa por no sentir culpa.

Las hormonas no me dejan medir con claridad la llorabilidad de las situaciones, pero según cómo las administre, me pueden ayudar a sentirme menos mierda.

viernes, 12 de julio de 2013

El ocaso de las salidas


Desde la puerta ya se percibía una brisa más densa de lo normal, por la concentración de perfumes vanidosos, que se convertía en vendaval llegando al hall.
El lugar, lejos de parecerse al prototipo de bar 'acá si que no se coge' de Capusotto, gritaba en silencio '¡por favor queremos coger!'.
Ellos, los carilindos, parecían haber comprado un gran retazo de tela a cuadros al por mayor, del cual, seguramente, habrían fragmentado sus camisas. Eran todas iguales, sin embargo, bastaba con acercarte a sus pequeñas manadas para oír cómo entre ellos se  halagaban los distintos grosores de las rayas o, quizás, la graduación o matices de colores.
Quise irme desde que entré. Pero prometí ser flexible y adaptarme a este tipo de salidas así que, con mi mejor cara de fundamentalista del sushi orgánico, acepté saludar gente que me odia y odio pero que, de noche, parece excitarse por la vibra del momento. Si, la vibra. Como si pudiera hablarse de vibra en un desfile de zombies en el que lo único que vibran son los celulares  y los consoladores que algunas parecieran tener insertos para hablar tan exaltada 
y puntiagudamente.
Es fácil predecir cuáles son las estrellas de las manadas y quienes vinieron a orinar los perímetros de sus presas.
Lo difícil de encarar, mientras observo estas conductas, es que una de esas manadas, uniformada con las cruces  y calaveras de moda, se acerca hacia mí y pronuncian, a los gritos, ese apodo  horrible, con el que por suerte, ya nadie me llama. 
Las veo acercarse, temo por mi integridad. Noto que el grupo de chicos más lindos de todo el lugar está muy cerca mío. Entiendo todo. 
Corren hasta mí (pero,obviamente, no por mí) y me rodean. Son ellas, mis compañeras de la primaria. La mitad de ellas me odió toda la vida pero eso nunca importa. El show garpa y los chicos lindos lo compran. 
El operativo fue éxito. Yo me cuestiono por qué existen.




miércoles, 10 de julio de 2013

Certificado médico, jodido objeto de deseo.


Entro de incógnita. Me hago pasar por secretaria amagando a golpear la puerta del doctor -o umbral del trono- y fingiendo haber olvidado algo, bajo las escaleras exagerando el ruido de mis tacos, como toda buena secretaria que orina el perímetro de su médico.
Tengo casi todo calculado. Conté al menos diez pacientes, de los cuales cuatro eran niños. Me veo obligada a perfeccionar mi próximo movimiento. Los niños siempre complican las cosas.
Tengo dos horas para efectuar el operativo. Corro las dos cuadras a casa. Si, descalza, odio los tacos.
Convenzo al vecino de que pasearé a su hijo. El pibe, feliz de que alguien lo saque a pasear, acepta. El padre, me lo agradece.
Le explico al niño, cual sinopsis de película de acción, nuestra próxima misión y abusándome de su fervor por esas pelis, lo soborno con una salida al cine.
Le pongo algo de rubor en las mejillas para colorear la fiebre, lo visto bien y le doy un barquito de papel para que sostenga mientras esperamos en la sala. Yo me visto de madre posmoderna con una peluca envidiable y un bolso enorme del que se asoman muchos papeles de trabajo. Cuanto más grande y más papeles asomen, más trabajodora me veré.
La entrada es clave pero el pibe ama actuar y todo sale de maravilla. Entramos. Él lloriqueando, yo sosteniendo un trapo humedecido sobre su frente. El perfume de nene, las zapatillitas con luces y el barquito de papel, todo está a nuestro favor. Él insiste en jugar en el suelo con su barquito. Yo lo abrazo y le digo que no puede hacerlo porque señora fiebre aún sigue coloreando sus cachetes (personificar los objetos y las enfermedades al hablar con niños siempre enternece al público).
Finalmente, el niño se larga a llorar y su sollozo es tan convincente que logra conmover a la sala de espera logrando que la próxima paciente, cuyo hijo apenas tosía entre risas, se ofrezca a cedernos el turno.
Los demás nos miran con recelo pero fingen asentir con la cabeza. Ninguna se atrevería a negarle el turno a un niño que vuela de fiebre y, además de hermoso y coqueto, se divierte con juguetes de papel y tiene una mamá súper trabajadora.
Al menos tres madres están planeando entrenar a sus hijos para la próxima vez que vengan al pediatra que, casualmente, también es mi clínico.
El doctor se asoma y entramos de inmediato. El operativo es un éxito. Me saluda y le presento al niño que, para entonces, ya no vuela de fiebre sino entre la balanza y camilla del consultorio reclamando a gritos la peli en el cine. Pendejo interesado.
Le invento una diarrea imparable que, de pedo, me dejó llegar al consultorio.
Me banco el inyectable- más viscoso que nunca- sus consejos boludos y el pendejo exaltado hasta que, por fin, firma un papel- que visto desde mi lado es un bosquejo de jeroglíficos- y con un encantador 'clack' de su fálico sello, legaliza mi libertad provisional de siete hermosos días.

martes, 9 de julio de 2013

Nostalgia de los abrigos holgados

Mueren de celos. Pasan más de la mitad del año encerrados y apilados en ese rincón del placard que rara vez o rara búsqueda de objetos perdidos frecuentamos.
Más de doscientos días viendo, de reojo y con angustia, cómo maldecís vaginas familiares por no encontrar esa musculosa cuyo escote te distingue del resto, cual oración clave de un texto subrayada en flúo, o ese short que tan bien logra callar las habladurías de tu cadera.
Pero como si eso fuera poco, acercándose el clima casi ideal para que los pobrecitos vuelvan a ser protagonistas, vos decidís, sin reparo ni compasión, que es hora de renovar esa pila aburrida de sweaters que, para entonces, ya tienen pelotitas y mal olor. No cumplen ya con tus cambiantes expectativas y se ven avasallados por el grito de una nueva moda de abrigos que no abrigan pero realzan tus curvas a costa de hacer de tu cuerpo un archivo .rar.
La única forma que los pobrecitos tienen de expresar su enfado es provocando, al quitártelos, esas pequeñas descargas eléctricas que tanto incomodan al saludar o tocar a alguien, o llenando de frizz tu melena recién planchada. Algunos, también, intentan encogerse después del lavado pero fracasan al no poder quebrantar la moral de la buena lana.

La próxima vez que deambules entre vidrieras de abrigos mentirosos, acordate de las tardes y noches que esos viejos pulóveres estuvieron ahí para abrazarte, abrigarte y dejarte repetir segundos platos porque ellos siempre te cubrieron y demostraron que no te quieren por tu curvatura sino por dejarlos hospedarse en tu piel.



domingo, 7 de julio de 2013

Mal visto, mal bicho.

Se encomendaron al azar que, para suerte, desgracia o lección los hizo aterrizar en la ciudad.
Miraron alrededor con entusiasmo y un dejo de desconfianza  . Eran conscientes de su aspecto poco amigable, e incluso antropomorfo, por lo que, por unos días, se mantuvieron alejados de la muchedumbre.
Se alegraron al notar que, a grandes rasgos, entendían la lengua y festejaban cada diálogo que interpretaban casi completamente. Desconocían que sólo contaban con un diccionario programado en sus memorias y que, por ello, quizás nunca habrían podido entender el sentido de algún discurso sino el significado 'enciclopédico' de cada palabra que poco podía aportarles.
Pasaban sus días trepados en árboles de plazas poco habitadas juntando coraje para algún día, bajar a la sociedad.
Temían provocar un escándalo y que se los juzgara por su singular aspecto hasta que un día, uno de ellos decidió dar un primer paso hablando con un perro que, a comparación de los humanos, se veía más amigable.
Asomándose desde una robusta rama del árbol, imitó la voz de su amo que - notó- se agudizaba al hablar con el animal mientras éste otro se distraía hablando con otros amos y, para su sorpresa, el perro no le ladró  sino que le empezó a llorar bamboleando la cola como pidiéndole que bajara.
Extrañado y dejándose llevar por su entusiasmo, se tiró del árbol y fue agasajado con al menos dos incesantes minutos de lengüetazos que derramaban cariño en su más húmedo, baboso y puro estado.
Su amo, al advertir la escena, se acercó inmediatamente hasta su perro que, para entonces, continuaba su empalagosa misión y alcanzó con un metro de distancia para reparar en lo que su mascota había hallado. El hombre, que venía de un fin de semana con exceso de alucinógenos, se vio acorralado por un porfiado e intenso sentimiento de culpa que lo convenció de que la criatura que tenía ante sus ojos no era más que un fantasma recreado por su mente que él mismo inventaba para auto-infligirse por su perturbado estilo de vida. Tomó a su mascota por el collar y corrió desesperadamente hasta su casa y llamó: a su madre para recordarle cuanto le amaba, a su psiquiatra para pedirle un turno y a sus camaradas para comprobar si era el único que había alcanzado ese nivel de alucinación.
El otro, el que había quedado en el árbol, se tiró para proteger a su compañero que, creía, podía haberse contagiado de alguna peste al verlo empapado y corrió, ya sin miedo de ser descubierto sino  de perder a su amigo hasta divisar un hombre con una campera con una estampa que decía 'seguridad' en letras gigantes que sin duda podría ayudarlo.
La pobre criatura no había notado que el guardia de seguridad custodiaba un importante depósito de dinero- si es que acaso sabía de qué se trataba el operativo- y confiando en que un hombre vestido de seguridad no haría más que ayudar y protegerlo, corrió y se acercó tanto como la bala que impactó en su vientre lo permitió.
El guardia, que se encontraba alerta a cualquier movimiento extraño no dudó en gatillar al ver una pequeña bestia de menos de un metro de altura y dudosa procedencia que, sin duda alguna, atentaría contra el operativo llevándose todo el dinero, quitándole la portación de armas y, con ella, el orgullo de su familia.
El cadáver de la criatura fue incautado por personal policial calificado (por no se sabe quién ni cómo) y está aún en espera de ser analizado por especialistas.
Pocos medios le dieron relevancia al hecho por una ola de delitos contra bellas jovencitas que acechaba a la ciudad en ese momento y que por tratarse de hijas de sujetos de jodido peso social vendían mucho más que el episodio de la pequeña bestia que, incluso, generaría pánico del que aún no se sabe cómo apaciguar (no se cuenta con brigada anti-bestias ni división a cargo de esas extrañezas).
La otra criatura, por otro lado, sigue aún trepado en los árboles, perfeccionándose en el idioma, reconociendo drogadictos culpógenos a quienes asustar y esperando el momento indicado para bajar a la ciudad, vengar la muerte de su compañero acosando guardias hasta la demencia y posterior suicidio y  liberar a los perros de la imbecilidad de sus amos.