martes, 8 de octubre de 2013

El status social en el changuito del super.


La constancia y la intensidad del bombardeo publicitario es tan evidente que se advierte en las conjeturas que hacemos a partir de las marcas que elegimos. Las remeras, las zapas, las galletitas, todo habla de nosotros en el universo de la publicidad. Existen, incluso, marcas que están tan vinculadas a determinadas culturas urbanas que chocan cuando no se corresponden. Algo así como ver un punk en Topper o un rollinga con Vans: no va.
Sigo con lupa en mano analizando estereotipos y no puedo hacer la vista gorda al ojo crítico que nos avasalla al momento de hacer la cola en la caja del super, mientras puteamos la lentitud del cajero o a la parejita que no para de franelearse frente a nuestro chango.
No importa cuántos artículos llevemos, con dos o tres basta para dar rienda suelta a nuestro prejuicio e imaginación y creer conocer la vida de los otros.
Mi mamá y mi hermano, dos prejuiciosos sin filtro ni escrúpulo, solían hacer comentarios por lo bajo del tipo 'dale, seguí así nomás' o 'después se preguntan por qué engordan' sobre los changuitos repletos de calorías: masitas, potes de dulce leche, paquetes de harina y postrecitos tipo shimmy.
Cuando vivimos con papá y mamá, nos adaptamos de tal forma a lo que ellos eligen o nos dejan elegir que es natural sosprendernos u horrorizarnos cuando descubrimos otras marcas en las heladeras ajenas.
En casa, la careta de mi vieja no nos dejaba comprar lácteos que no fueran La Serenísima o Sancor ni masitas de las baratas que se compran sueltas en los kioskos o galletiterías que aún sobreviven.
Cuando me fui a vivir sola, se inquietó tanto al ver mi alacena con masitas Celosas o marca Caricias y cajas de Chelita larga vida que me ofrecía compras mensuales 'de onda', con tal de evitar mi intoxicación por consumir alimentos de segunda marca.
Puede parecer extremo pero este estereotipo es más común de lo que parece. La mamá de la colo era o es aún peor.
Con Nadine amábamos ir a la casa de Stefanía porque siempre tenía cosas raras y caras de todo tipo: maquillaje, comida, tipos de queso, frutas exóticas y gran variedad de té. Desayunar o merendar en su casa implicaba inaugurar cajas de cereales caros o abrir quesos envasados con los que podíamos hacer sandwiches tan zarpados que visualmente parecían photoshopeados.
De la misma manera en que los farmacéuticos nos tildan de putas irresponsables cuando pedimos la pastilla del día después, las cajeras y los observadores prejuiciosos ditinguimos tres consumidores clásicos: los bajoneros, los careta-light y los juntada-escabio. O al menos esos son los tres que se distinguen con más facilidad.
Los primeros, mis favoritos, son muy predecibles. Suelen ir de a dos o tres y no paran de reirse o están super rígidos y perseguidos en la cola por lo fumados que están. Les cuesta calcular la cuenta o contar el vuelto porque están ansiosos por comer todo lo que compraron que, por lo general, incluye artículos variadísimos (papitas, masitas, dulce de leche, nutella o frutas) que no distinguen dulce de salado y priorizan la cantidad por si la lija aumenta más tarde.
Entre los careta-light, están los que van vestidos sport y/o con lujosas zapas para correr- o de running - y llevan en sus changuitos cajas de edulcorante, lacteos de la linea Ser y todas esas 'golosinas' aburridas que los nutricionistas suelen recomendar para matar la ansiedad: las abominables galletas de arroz que, sin dudas, son mas crujientes y ruidosas que ricas.
Nunca entendí por qué muchas de estas mujeres se maquillan para ejercitarse, ¿no se les empasta la cara entre el sudor y la base de maquillaje?. Lo dudo, la mayoría usa esas bases minerales tan zarpadas que ni se notan; esas que muchas veces fingí estar por comprar para que las chicas de Falabella las prueben en mi rostro.
Los últimos también son divertidos de analizar, sobre todo cuando los dueños de estos carritos son hombres y van a hacer las compras en grupo. Bien sabemos que tanto hombres como mujeres solemos volvernos más idiotas en manada pero entre los muchachos particularmente, se aprecia una cuestión fálica en distintas conductas que no deja de sorprenderme. Suelen flirtear con la cajera, hablar a los gritos sobre sus planes para la noche y cargar a quien se queje del precio acusándolo de rata o pobre. Dicho de otro modo, pareciera que el más macho o el de pito más grande es quien más paga, bananea con la cajera o habla de la minita de esa noche.
Sus changuitos suelen llevar cajones de cerveza y bebidas blancas marca Peters si son pibes comunes o Bacardi si son medio chetos o esa noche en particular se juntan con minitas que necesitan impresionar.
Existe, asimismo, una observación más crítica que estriba en la idea de consumo como ritual. Visto de este modo, es necesario admitir ciertas cuestiones de gran importancia: que la idea de pertenecer es una necesidad inherente al ser humano y que es mediante la repetición que nos integramos a un grupo socioeconómico determinado. La carga emocional de esta pertenencia simbólica es tal que el saberse parte de nos produce un alivio. Prueba de ello es la cara de genuina felicidad del skater cuando se le regala una remera Element o un libro de la editorial Gredos a un futuro filósofo. Los ejemplos son innumerables.


Nadie está exento de las etiquetas, pero en días como estos en que los políticos prometen y hablan tan libremente de normalidad, alterar los estándares es, sino una necesidad, una hermosa forma de pronunciarse.


martes, 1 de octubre de 2013

'Mamá, quiero ser bailarina'


Jugaba tanto a la profe de aerobics con mi peluches cuando era chica que desde entonces sentí que lo mío era la coreografía.
Convencida de ello, decidí un día enfrentar a mi madre y estaba dispuesta a acabar con su sueño de que alguno de sus hijos tuviera un bendito título que la ruborizara aún más al hablar de nosotros. No es que hablara mal pero por lo general, de mí, decía que era una santa, que nunca me peleaba con nadie, que era calladita y no molestaba. Mi mamá evidentemente festejaba la creación de una pendeja sumisa que no importaba que sufriera por entrar al salón con las trencitas del pelo desarmadas mientras regresara a casa con semáforos verdes en el margen y buenas notas en la libreta.
Yo ya estaba cansada de tener que esconderme o trabar la puerta con mis juguetes para que los entrometidos de mis padres no entraran y me descubrieran bailando; pero sucedía con frecuencia.
Tenía una cómoda blanca con espejo que se convertía en público cuando yo daba mis shows en los que era una reconocida bailarina de Aqua, Vengaboys o Flavia Palmiero y tenía un sector de la platea exclusivo para mi grupo de fans que estaba encabezado por  oso Fidel, presidente del club.
Cuando daba clases de baile, Fidel era el rubiecito lindo (era un oso blanco y albino, por eso) de la clase que cada tanto tenía que echar porque distraía a sus compañeritos. Me ponía la gorra cuando jugaba para que resultara más creíble.
Todas estas cosas pasaban puerta adentro de mi pieza o, con suerte, en el living cuando mi mamá se iba a hacer los mandados y me daba un changuí para hacer un tour con alguna de mis bandas. Esas eran las 'fechas' de tours que surgían imprevistamente.
Ni mi mamá ni mis hermanos estaban al tanto de esto; no daba. Lllevaban al menos seis años viéndome leer y escribir cuentitos que hacían llorar a las vicedirectoras cuando hablaba de Dios (colegio hiper católico, sepan entender) y no podía caer un día de la nada a decirles '¿che, saben qué?, ya fueron los libros, quiero ser bailarina'. Temía romperles el corazón o que me tomaran para la joda por no saber que pasaba horas entrenando mis pasos en la pieza. ¿Cómo les demostraba que yo era realmente buena si nunca me habían visto?
Alguna que otra vez, porque cuando se es muy chico no te dejan trabar la puerta, me han agarrado con el cuerpo en plena coreo pero al instante en que los veía asomarse, rápidamente cambiaba de posición o fingía un dolor muscular que justificara el movimiento que estaba haciendo. Un fiasco. La Pitu, mi niñera, era la única lúcida que me sacaba la ficha y sabía que bailaba y siempre que me encontraba en esos momentos, sonreía y cerraba la puerta sin hacer escándalo.Al menos tenía una testigo que les hiciera creer a mis papás que yo era re bailarina.
Finalmente me decidí a enfrentar a mi mamá y luchar por mis sueños. Ya lo había comentado en mi diario íntimo así que no podía no hacerlo.
Aproveché una noche en que comí a solas con mi mamá y mientras picaba unas verduras para preparar la cena, la encaré.
Le dije que a mi me encataba leer y escribir y hacer listas de palabras nuevas que descubría en el diccionario pero que también me gustaban otras cosas.
Le hablé tan tranquila y maduramente por tener ocho años que el estómago se me estallaba, por supuesto, la procesión siempre va por dentro. Hasta sabía fingir el dolor, ya contaba con una cualidad innata de bailarina de ballet que no muestra dolor por más que le parta una uña o le sangre un juanete.
Mi mamá reaccionó bastante bien. Siguió picando cebolla como si nada y me dijo:
-'¿Pero qué es lo que vos querés? ¿Empezar danza? Averiguá y anotate...'
Días de preparación y diálogo con mi diario íntimo para que la muy yegua respondiera con tanta tranquilidad, propia de madre que minimiza los delirios de su hija, en vez de abrazarme y correr a anotarme al Círculo, mínimo, jurándome que sería la próxima Eleonora Cassano de mi generación.
Le dí las gracias, de todos modos, y continué hablándole sobre mi pasión por la danza y los escenarios que ella desconocía. Me dolió tanto que no soltara el cuchillo por un instante para darle la atención que semejante acto de valentía ameritaba que me extendí hasta que, sutilmente, me calló mandándome a poner la mesa.

La cena fue agradable pero la comida me cayó para el orto. La previa a mi revelación había sido tan tensa que mi estómago apenas podía procesar una hoja de lechuga, pero no me importó. Me senté a comer con ella más erguida y elegante que nunca reparando incluso, en el correcto y refinado uso de los cubiertos. Desde entonces me esforcé en demostrarle que si bien era una nena estudiosa, podía llegar a ser una talentosa bailarina y no dudé en contarle todo lo que sabía de Paloma Herrero, la niña prodigio del ballet que además de abrirse de gambas y bailar los más emotivos adaggios también llevaba semáforos verdes a casa.


domingo, 29 de septiembre de 2013

Padecimiento de las clases de música: la seño Edith y mi primer trauma.

Es increíble como ciertos episodios traumáticos en la infancia pueden tener tanta repercusión en nuestra adultez. Es probable que no recordemos qué comimos ayer al mediodía pero apenas oímos la palabra traumático, nuestra jodida memoria nos bombardea con recuerdos horripilantes que se resisten al 'vaciar papelera' cerebral y parecen haber comprado un lote en nuestra cabeza.
La mayoría de estos episodios ocurren en la infancia o temprana adolescencia y nos toman tanto cariño que pueden acompañarnos de por vida.
Siguiendo la costumbre de Álvaro que hace ranking hasta con los peores garcos de su vida, podría  situar casi en el podio de mis momentos de mierda al ocurrido en la clase de música de la seño Edith.
Mi escuela se caracterizó, al menos en los 90s, por tener seños y profes de música poco pedagógicas o, si se quiere, tan preocupadas por la afinación de nuestras vocecitas que olvidaban que también éramos niñas inestables con lugar de sobra para sembrar y cultivar nuevas inseguridades.
A los ocho años es natural tener algún que otro tic nervioso o costumbre extraña que delatara nuestro prematuro desequilibrio mental. En mi curso no sólo había variedad sino que estaban las más patológicas: desde una simple onicofagia (comerse la uñas) hasta un extraño hábito que tenía una compañerita que, de la nada, se sostenía de la ingle y agachaba levemente. Era una suerte de demi-plié de danza clásica o un hipo vaginal que la obligaba acurrucarse un poco. Rarísimo, nosotras nunca salíamos de nuestro asombro y conjeturábamos sobre los posibles trastornos que Evelyn podía haber tenido.
Vanesa, la de los cumpleaños en el Duende Azul, metía la palabra 'pero' en cualquier lado desmeritando cualquier cosa que decía y provocando la risa, sólo a veces secreta, del curso entero.
Yo, más clásica pero no menos desagradable, me comía apasionadamente los mocos. El deseo era incontenible y poco me importaba si había gente alrededor, yo tenía que sacármelos y con algún que otro malabar de por medio, hacerlo llegar a mi boca.
'¡Asquerosa! ¡Con la cantidad de bichos que tienen los mocos vos te los andás comiendo!', me decían en casa cada vez que me descubrían. Pero tampoco me importaba. Si estaba en el auto, bastaba con salir del perímetro del espejo retrovisor para abstraerme de la realidad en mi salada cacería de mocos.
Mi destreza era tal que mis dedos índice y meñique parecían danzar en vez de excavar mi naricita. Por supuesto que no fue así desde un principio sino que necesité varios sangrados de nariz para darme cuenta de que las uñas, lejos de ser necesarias, eran perjudiciales y que necesitaba controlar el movimiento de mis dedos. Mi mamá, para ese entonces, creía que una terrible enfermedad me acechaba cada vez que la llamaban de la escuela para contarle que la nena estaba en sala de profesores con gasa en la nariz por una imparable hemorragia.
Como todos sabemos, la prohibición intensifica el deseo. Mis dedos se alborotaban cada vez que respiraba profundo y sentía el revoloteo de una cortinita o guirnalda de moco colgando de mis fosas nasales. La reacción era automática, si había moros en la costa huía hacia algún rinconcito o directamente al baño donde podía pasar unos buenos minutos sacando y comiéndomelos. Idealmente sucedía eso y, cuando no, me comía una cagada a pedos.
Reprimirme las ganas nunca fue fácil y, por el contrario, cuanto más me perdía en mis pensamientos más posibilidades tenía de terminar inconscientemente con el índice en la nariz. Por esto mismo, me esforzaba por prestar atención en clase y mantener mis manos ocupadas.
Las clases de la seño Edith, la bruja de música, eran peligrosísimas porque nos hacía sentar en ronda alrededor del piano desde donde tenía una panorámica de todas nosotras.
Sólo en ocasiones lográbamos romper esa ronda dispersándonos un poco y, por lo general, era cuando cantábamos canciones que ya conocíamos.
Recuerdo una clase en que Edith estaba de un rarísimo buen humor. Nos hizo sentar cerca – y no en ronda- del piano y cantamos el alegre hit de Violeta Rivas para calentar la voz y repasar las notas musicales.
A mis compañeritas les encantaba y la cantaban con tanto entusiasmo que parecíamos un coro de ángeles extasiados. A mi también me gustaba pero, si tenía que elegir, prefería abusarme del delirio que producía el hitazo para seguir comiéndome los mocos.
Apenas empezó el famoso 'Do-minemos nuestra voz', supe que era una nueva oportunidad para comenzar mi ritual.
Una vez que empezaba, nada podía detenerme y esa vez en particular me dejé llevar por el júbilo del momento que iluminaba los rostros de mis compañeritas y acrecentaba el placer de mi hazaña hasta que un súbita y violenta interrupción me hizo aterrizar a la fatal realidad:
-¡¿Vos pensás seguir sacándote los mocos hasta que termine la canción?!', me gritó la seño Edith con una fulminante mirada que hizo que el curso entero girara a mirarme.
Yo no sabía si largarme a llorar o hacerme la muertita para que la forra de la seño cargara con la culpa de mi muerte de por vida. Ambas opciones eran nefastas, yo era muy introvertida como para quebrar en llanto públicamente y muy boluda como para fingir un desmayo o paro cardíaco por lo que terminé pidiendo disculpas con tanta vergüenza y pánico que me entumecí por completo.
La seño Edith reanudó la canción y continuó con la clase. Ella como si nada, yo como si todo.
No me salía un puto sonido de la boca así que tuve que hacer la mímica hasta el final de la canción, rogando y jurando por la muerte terminal de mi mamá que nunca más me comería los mocos con tal de que al terminar el hit de Rivas, Edith no me volviera a regañar ni hiciera de mi desgracia un sermón para toda la clase.
Por suerte o gracias a algún mecanismo psíquico de defensa, bloquée por completo el desenlace de ese particular día de escuela pero aún recuerdo con la más avanzada definición de imagen y sonido la reprimenda de la seño y mi dedo índice escurriéndose entre mis cancanes azules para ocultar el pegajoso cargamento.
Desde entonces, odié las clases de música y la canción de Violeta Rivas y, ahora que lo pienso, quizás por eso Violencia sea mi personaje preferido del gran Capusotto.




sábado, 28 de septiembre de 2013

Humanidades, ¿orgullo y prejuicio o filosofía y tetas?


La facultad de Humanidades puede definirse de más maneras que el ser de Aristóteles , algunas más optimistas que otras. No voy a enumerar las negativas porque son de público conocimiento pero si diré que no siempre se refieren al edificio y las carreras que allí se estudian sino también a quienes la conformamos.
La estructura del edificio es realmente bellísima, no así su actual estado que está un adjetivo más abajo de deplorable. Como sea, he llegado a la conclusión de que uno aprende a quererla tal cual es y termina argumentando a su favor que la calidad humana de quienes la frecuentan es lo importante. Como si una facultad humilde y medio tirada nos hiciera mejores personas o, quizás, acentuando esa idea de que los 'raros' somos inofensivos y que los verdaderos garcas estudian en facultades lujosas y se visten bien. Puede sonar extremo pero si se escucha atentamente, ese es el común denominador de varios discursos que se creen optimistas.
Es natural defender lo propio, o lo que uno así considera, con los dientes y lo considero un gesto tierno. Pero debo decir que , habiendo pasado por al menos cuatro instituciones antes de ésta última, Humanidades me ha soprendido y decepcionado casi en igual medida que otras.
En la UAI, para empezar, no me dejaban entrar si no me sacaba el sombrerito. Es una boludez, lo sé, pero lidiar con boludeses como esas a diario para poder a entrar a estudiar al lugar al que les estás pagando tu título termina rompiéndole las bolas a cualquiera. Sobre todo a quien escribe, que llegaba siempre tarde y que para aligerar el 'me baño y voy', elegía el sombrero de turno que me cubriera el pelo mojado y sin peinar del viento, del frío y de la mirada ajena.
Por supuesto que todo me cerró el día en que conocimos al rector. Durante meses previo a ese acto -el tipo daba una especie de conferencia- los profesores mismos nos estuvieron preparando psiquicamente. 'Qué exagerados', pensé siempre. Pero no. El Señor rector era más facho de lo que pensábamos. No recuerdo bien cuanto duró pero al menos tres cuartos de la charla estuvo centrada en la importancia de la imagen de los estudiante de la UAI , bardeando sin pudor ciertas costumbres: piercings y tatuajes. El rector nos dijo claramente que no quería que gente de baja autoestima representara a la instutición insistiendo en que la imagen propia es lo que uno utiliza para venderse. Por suerte me había sentado lejos.
En el traductorado la cosa era distinta. El Olga Cossettini es la casa femenina de estudios de la ciudad y no quiero sonar misógina con esto pero creo que por eso duré menos que en cualquier otro lugar. No es que no haya hombres pero son los menos , más aún en el estudio de idiomas.
Para entrar se tomaban exámenes eliminatorios que, según recuerdo, he llegado a comparar con audiciones de bailarinas del Royal Ballet . La competencia es tal que al casting de bailarinas me faltaría agregarle una pizca de Detroit gangster-girls, de esas que te rebajan y miran con tanto odio que en sus pupilas se dibuja un gran Bitch en grafiti. Claro que hablo en términos generales – no todas eran tan mierda- pero me detengo en esta parte porque la recuerdo y me dan ganas de volver a anotarme para revivir esa experiecia y registrarla en video.
El examen se dividía en tres partes y si aprobabas con más de ocho, tenías el privilegio de elegir en qué turno cursar o, directamente, te mandaban a la mañana. Eso ya implicaba algo interesante: las de la noche eran la resaca.
A mi me fue bien y por el horario y 'el miedo a la zona' que tenía mi vieja, probé ir a la mañana.
Duré una semana. Ahí descubrí que los terciarios poco se distinguen de sistema escolar (toman lista y te retan o amenazan con echarte de la clase)y que mi curso poco tenía de amigable.
Al traductorado no se iba a aprender sino a demostrar lo que ya sabés y lo bien que te vestís, en pocas palabras. Yo en esa época quería ser Brody Dalle, la cantante punk de Distillers pero rescatada y antes de las drogas (si es que tuvo un antes) y nunca creí que unas tiernas bucaneras a rayas fuesen a provocar tanto revuelo. No me vestía como gato pero siempre defendí mi derecho a ponerme lo que me hiciera feliz que no era más que seguir instrucciones maternas post- pubertad forrada en Archie Reiton en la que mi mamá, con algo de culpa por haber elegido mi ropa por tanto tiempo, me obligó a rebelarme.
En fin, me quedan tres carreras abandonadas más por describir pero quiero evitar eso y pasar directamente a mi querida Humanidades (ven, ya le puse un 'mi').
Confieso que el día en que fui a anotarme sabía que estaba súper fuera de término y fue por eso que dejé en manos del destino (esta vez sin confite de por medio) la decisión final, si no había más cupos para Filosofía, me anotaba en Letras.
'No, es raro que se llene el cupo para filo. Decime, cómo es tu apellido?, me dijo el tipo de alumnado listo para anotarme, con menos de la mitad de las cosas que me pedían.
'Qué buena gente, re poco burocráticos', pensé.
Ese mismo día en el pasillo conocí a Lily, una estudiante de artes que me habló porque llevaba puesta mi remera de Dalí. Lily tenía la boca pintada de rojo intenso y hablaba con bastante soltura. Me gusta la gente que no se sorprende ni te mira mal si le hacés una pregunta para entablar una conversación.
Con el tiempo, fui reconociendo patrones que se repetían en estudiantes de una misma carrera y salían a colación siempre que nos burlábamos de los no-filósofos. Si bien todos los que estudiamos en Humanidades estamos englobados en una etiqueta común, la de jipis, algunos de nosotros nos esforzamos por esclarecer los límites entre los tipos de jipis porque odiamos que nos llamen así.
'Los de ciencias de la educación son ladrones, son esos que pueden dar clase de casi cualquier otra carrera que se dicte en la facu. Una mierda', me asesoró una compañera de Antropología cuando le pregunté qué es exactamente lo que estudian.
De eso, filtré como data importante: ciencias de la educación= ladrones.
Sobre la gente de Letras no necesité consultar demasiado. Con mirarlos a los ojos era suficiente: 'Esta gente sufre', deduje. No sé si es que el programa de la carrera es durísimo o si fingen una depresión para escribir más profundamente o venderse como gente hipersensible pero la cosa es que sus caras siempre me conmovieron.
Los de Antropología, mis favoritos, son los más reconocibles. Suelen llevar algún colgante con alguna piedra o semillita, rastas y-o algún sticker o estampa en algún lado que los muestre preocupados por la situación de los pueblos originarios. Este último punto es, estadísticamente, uno de los pocos temas sobre los que se puede ver a un futuro antropólogo erectarse en una simple charla de pasillo. Por cada diálogo relacionado al objetivo de la carrera se estiman unas tres repeticiones, como mínimo, de los términos: primitivo, originario y otredad. Se apasionan, eso me gusta.
Entre los tracks de sus gustos musicales está Tonolec o bandas latinoamericanas que hagan canciones para cachenguear un poco. Y cuidadito con confundirlo con cumbia local porque si te cruzaste con un antro extremo te comés la reseña sobre música centro y latinoamericana de tu vida.
En Bellas Artes están las chicas lindas o que más se arreglan. O al menos eso me dijo el 70% del plantel masculino de la facultad. Un chico cuya identidad no voy a revelar le dijo a modo de piropo a una amiga que era raro que estudiara filosofía ya que en nuestra carrera no hay lindas pibas. Eso me ayudó a entender más.
Artes y Filo concentran el mayor número de hipsters de Humanidades. Un gran porcentaje de las chicas de arte diseñan y-o confeccionan su propia ropa – y te lo hacen saber apenas tienen la oportunidad- o son muralistas. Éstas últimas me caen genial. El mundo del dibujo y la pintura me es tan extraño e inalcanzable que siento que quienes usan tan bien ese hemisferio cerebral tienen algo especial que me hace querer ser amiga de todas ellas.
Los futuros filósofos y filósofos wannabe no somos ni un poquito menos estereotipables.
Si bien la barba es común y afecta a la mayoría de los estudiantes de Humanidades (por suerte sólo a hombres hasta ahora), es fácil notar que en Filo este ingrediente es casi un requisito. Cúlpense a los griegos o a las estatuas que en su memoria se han erigido pero les aseguro que no se ha registrado heladera con post-it que aliste una Gillete en casa de estos muchachos. Ni siquiera una Bic, que son más baratas.
Otro dato que me es llamativo de la gente de filo es que cuanto más avanzados están en la carrera, más fobia parecen tenerle al contacto con la gente. Y aquellos que no están contemplados bajo esta característica son por demás de cerrados y discuten con vehemencia cualquier tema hasta tener la razón, cual sofista justificando sus honorarios.
La playlist de un futuro filósofo, además de rock nacional, tiene Radiohead y alguna banda poco popular y preferentemente indie que se idolatra con frecuencia. Siempre que puedan, estos especímenes desviarán cualquier conversación al camino del absurdo, perdición y fatalidad: la cuestión del ser.
Y si notan que sus planteos se van a la mierda en vuelapelos tratarán de re-encaminarlos criticando al sistema o la superficialidad de la gente. La gente que por supuesto, nunca es uno.
Respecto de la superficialidad, hay entre hombres como mujeres una suerte de acuerdo ímplicito que se vuelve reclamo si algun@ cae con ropa de marca. Estos traidores son una amenaza, perjudican la reputación de los fillósofos que se cagan en la estética y que sólo viven para cuestionarse el ser y la razón y se rehúsan a usar camperas Adidas, a menos que sean de feria o revelen años de uso con agujeros en las axilas
Tengo una compañera que va siempre divina y maquillada a clase y casi que la sentencian por esto. No importa si tiene cerebro y lo usa, el buen vestuario y el maquillaje no con correlativos con la filosofía. Esto a su vez, encubre otra convicción que opone belleza- o el verse bien según standares impuestos- con pensamiento. Como cuando tu amigo te dice que la mina que se está encarando es divina o súper inteligente y no detalla en la cuestión física. Probablemente se me tilde de sorete prejuicioso por lo que estoy diciendo pero sé que estoy siendo portavoz del lado cruel que muchos reprimen pero en el fondo existe y se alborota con esto que digo.
Hace un tiempo me fumé una descarga de ira de una chica que criticaba a una estudiante de filo que tenía las tetas hechas. Me habló pestes de ella y no paraba de cuestionarse qué hacía una plástica estudiando en Humanidades. La dejé descargarse con mi mejor cara de poker y a veces fingiendo estar de acuerdo para analizar su discurso.
De todos modos, el prejuicio no es exclusivo de los estudiantes sino que algunos profes no quieren ser menos y nadan en el mismo andaribel de prejuicio que nosotros.
Cerca de un més atrás, un profe mostró la hilacha preguntando, en tono desafiante, cuántos rugbyers o deportistas en general había en la clase. Para mala leche suya y victoria nuestra, algunos valientes levantaron la mano, en son de protesta, para contrariarlo. Si bien en el fondo podemos estar un poquito de acuerdo con él, no daba para que un profesor se sublevara públicamente con tanta comodidad . Este tipo no filtra mucho y dice cosas en clase que a lo mejor debiera guardarse para reirse luego con sus amigos. Pero a la vez, eso hace que me caiga bien.
Si leyeron atentamente , deberían haber notado que no me incluí en la descripción de los estudiantes de filosofía ni en casi ninguna crítica. Quiero aclararles, antes de que se me adelanten, que no es que me considere superior pero evaluando lo analizado, no estoy en condiciones de decir nada de lo que dije y les diré por qué. Según me han dicho, me visto como estudiante de Artes -sólo que no sé hacer mi propia ropa-, hago y disfruto hacer ejercicio, escuché Britney mucho tiempo, me encantan las fiestas electrónicas y encima tengo tetas plásticas.
Lo bueno de haber desarrollado el tema del prejuicio sin esconder el propio y admitiendo ser una anti-estereotipo que bardea pero también se rige por el convencionalismo, me vuelve una criticona un poco más honesta.
Yo no sé que carajo hago estudiando filosofía cuando todos sabemos que el diseño de moda es un terreno tanto más prometedor para una pseudo hipster con tatuajes y vestuario excéntrico como el mío.
Tendría que haber ido a la Expocarreras que se hizo ayer y replantear mi situación. Por lo pronto, hay algo de lo que estoy segura: con tetas no se puede filosofar.


miércoles, 25 de septiembre de 2013

'Dime qué haces cuando te cantan el feliz cumple y te diré quién eres'

No entiendo cómo es que la gente sufre por cumplir años. A mi me encanta cumplir años. Siempre me gustó. Sobre todo desde los 10 años en adelante, cuando ya tenía amiguitos para invitar en vez de sólo los compañeritos de curso que si o si había que invitar. Antes de esto, era tan olfa que me costaba hablar con la gente, invitar a jugar y todas esas porquerías. Yo me sentaba con Vanesa, la otra olfa del curso que era peor que yo. Salvo que ella era rubia y yo una pequeña Pocahontas, teníamos varias cosas en común: las buenas notas, los papis con plata y, por ende, nuestras madres que hacían regalos de cumpleaños copados. Yo creo que nos invitaban a los cumples sólo por eso.
Ella era ñoña por las buenas notas mientras que yo me dedicaba a la escuela porque no tenía con quien jugar; pero prefiero decir que lo hacía por amor al arte. Además era sabido que se acercaba a mi por interés o porque su mamá la obligaba.
En la primaria era algo común. Las madres te hacían la cabeza para que te juntes con las pibitas que se sacan buenas notas o directamente te obligan. Te hacìan esas comparaciones de mierda entre las nenas con las que te juntás vos y las olfas, esas que por más que te las tengas que fumar cada tanto jugando a la mamá, parecían asegurarte un Muy bueno o un Bueno + por el sòlo hecho de juntarte con ellas.
De todos modos, no me quejo. Vanesa tenía todos los colores pasteles de las biromes Signo más caras que nadie tenía. A mi también me convenía sentarme con ella.
Ella siempre festejaba los cumpleaños en el mismo salón: 'El duende rojo' o el azúl, que quedaba a unas pocas cuadras. Estaban buenos porque se morfaba rico, tenía piñatas con mercadería copada y un salón de baile con bola de colores y esas cosas. El garrón era el nombre. No daban los lugares que sonaban a infantiles pero bueno, nos hacíamos las grandes igual y en las tarjetitas se empezaba a usar la palabra 'asalto' para mostrar esa 'madurez'.
Mis cumpleaños tampoco se quedaban atrás. Tenían tanta repercusión que hubo un año en que la mamá de Nadine, mi mejor amiga que para entonces no era tan amiga, la llamó a mi vieja para pedirle que por favor no la excluyéramos a la flaca, que estaba triste porque casi todo el curso iba menos ella. A ese cumple Nadine se invitó sola.
Justo ese año había laburado un montón a mi vieja para que me dejara decidir o al menos intervenir en la organización de mi cumple. Habíamos quedado en que yo me fumaba que fueran las hijas de los socios-garcas de papá mientras yo decidiera a quien invitar del curso. Convencerla fue un logro hasta que el episodio de la flaca me hizo quedar como una hija de puta y, lo que es peor, mi mamá terminó teniendo razón.
Mis cumpleaños eran bastante a todo culo por dos cosas: un padre con plata y orgullo de que la piba siguiera saliendo abanderada.
Todavia conservo una caja gigante con vhs's de todos mis cumples, desde los 5 hasta los 15, que al día de hoy resistió 9 mudanzas sin terminar en la basura. No sé por qué pero me conmueven y cada tanto pienso en reverlos, no muy de cara y con algunas amigas. Por ahora lo sigo postergando, no sé si estoy lista. Pero no puedo culpar al filmador tampoco. Se sabe que las modas cambian rápidamente y que las payasadas ultra cursis que nos hacían hacer en los 90 hoy son el hazmereir de los chicos modernos. Nestor sólo cumplía con su trabajo. Y de hecho, lo hacía muy bien. Lo único que he notado y siempre me llamó la atención fue su fijación con Bryan Adams, el cantante de boleros más empalagoso de los 90's. No me gustaba para nada que ese boludo interpretara los soundtracks de mis fiestitas. Mi cara de culo y un tema de Bryan Adams en el video parecían ilustrar el cumpleaños más triste del mundo de una nena seguramente huérfana, adoptada o con algún familiar preso.
Nestor estaba atento a todos mis movimientos. Era como tener mi propio paparazzi, pago pero paparazzi al fin.
Su momento favorito, al igual que el de todos los filmadores, era el de la torta, obvio. Digo obvio porque a estos tipos les encanta verte incómoda o esforzándote. En ciertos momentos o, mejor dicho, rituales, no se tiene espacio ni escapatoria (o si, pero quedás como un nabo entonces mejor bancártela) y registrar eso es fascinante para ellos.
La torta frente al cumpleañero con velas encendidas, amigos y enemigos rodeándote,afinando una canción que data de hace más de dos siglos y algún que otro familiar llorisqueando de emoción. Seamos honestos, la escena además de aterradora es una mierda. Especialmente para una pibita tímida que no tolera a la gran mayoría de sus invitados.
Muchas veces me he cuestionado cuáles eran esos momentos horribles en los que uno más se expone para, a partir de ellos deducir características generales de una persona. No lo confundan como el 'dime con quién andas y te diré quién eres' porque lo odio. Mi mamá me lo decía siempre cuando me juntaba con Mayra, la 'adelantada' del curso que se afeitaba las piernas a los 12 y por tanto, era puta.
Me refiero a situaciones como por ejemplo un choque. Cómo reacciona el chocado y cómo lo toma el pelotudo que choca.
Bueno, con el momento de la torta pasa exactamente lo mismo. Yo me atrevo a postular que 'como uno se comporta en el momento de la torta, así es en la vida'.
Por supuesto que el comportamiento va cambiando. De chiquita, mi estrategia era concentrarme en un vértice de la torta y fijar la vista ahí hasta que lo peor pasara. Años más tardes miraba a la gente a mi alrededor y sonreía como agradeciendo no sé bien qué (si al fin y al cabo ellos venían a mi fiesta, se divertían y comian todo,y a veces sin hablarme).
Hasta ahora, mi táctica sigue siendo la misma. Miro a todos, uno por uno, y los obligo a cantar fuerte y afinadamente y acuso a quien no esté cantando pidiéndoles que vuelvan a empezar porque faltaba esa persona. Mi cara suele ser de felicidad plena. Aplaudo y me canto a mi misma sólo que me mantengo alerta al boludo que siempre te quiere enterrar la cara en la torta.
Supongo que finalmente encontré gente linda con quien reunirme a festejar.
Cortaría este texto acá para cerrar con un final choto y feliz pero me acabo de acordar de una anécdota que no puedo dejar de contar. Si, fue en un cumpleaños de Nadine.
Sus fiestitas fueron siempre minoritarias. Ella tampoco tenía muchas amigas en la primaria. Y al contrario de mis fiestas, ella tenía que recordarle a la gente que fuera. Hubo un cumpleaños en que sólo yo me acordé. Tuvo su lado bueno. Nos comimos todos los sandwichitos. El único garrón fue presenciar una pelea entre ella y su papá porque no le había conseguido los sandwichitos de palmito como ella quería. O algo así. Muy típico de Nadine.
Desde entonces la flaca se avivó de que los cumpleaños con poca gente eran mejores. La comida rinde más y se puede sacar mano más cómodamente. Fue así que empezamos a hacernos amigas de gente poco popular que hacía cumpleaños con rica y abundante comida. La estrategia era intensificar la amistad llegada la fecha y caer siempre antes que todos.
Eramos bastante mierda pero la vida nos hizo así.

Al final, creo que esta última confesión dice mucho más de nosotras que  lo que podamos actuar durante el momento de la torta y el cantito de cumpleaños. Somos unas mierdas pero es por otra cosa, nos cuesta recibir amor.

martes, 24 de septiembre de 2013

Paja e indecisión: cuando el destino está en el color de los confites.

En días como hoy no puedo hacer ni decidir nada. Me dejo manejar por una lista mental de cosas por hacer que, con algo de impuntualidad, trato de ir cumpliendo.
Voy hasta al kiosko y en la fila me encuentro al vecino que hace unos meses atrás llamó a la grúa para que se llevaran mi auto que con tanta puntería había estacionado en la puerta de su garage. Un divino. Ese fue nuestro primer diálogo, así nos conocimos.
Llega mi turno y el kiosquero, con su usual mala onda, me apura a decidirme. Olvido por completo a qué corno vine al kiosko, esto claramente no estaba en mi lista de cosas que hacer, y por azar y presión de estos dos sujetos me compro un paquete de Rocklets.
'Rocklets?, cualquiera!' Bastó con entrar al pasillo para recordar que, en verdad, había ido al kiosko en busca de sanas municiones para mi rato libre de malta y escritura. Y de repente estoy acá, con mi malta endulzada con azúcar integral y un paquete de confites artificiales y por demás de adictivos.
Decido alejar el paquete de la mesa para no tentarme y lo guardo en la alacena. Como si acaso el hambre y la ansiedad no tuvieran la fuerza necesaria como para hacerme levantar e ir a buscarlo.
Abro el paquete y además de confites se me aparecen miles de recuerdos de mis tardes de minimarket, excesiva glucosa y caries. Hermosas épocas. Por aquel entonces, el destino estaba en los confites. Las grandes decisiones se tomaban con un paquete de Rocklets en mano. Incluso las respuestas más difíciles se respondían y correspondían al color de un confite en particular, ese confite que salía sorteado del paquete decidido a cantarte la posta.
'Qué pelotuda que era', pienso por dentro. Y queriendo engañar a mi voz interna, tan crítica de mi pubertad, me pongo a jugar sin que ella se dé cuenta.
Doblemente pelotuda. Además de pajera e indecisa pretendo engañarme a mi misma.
'Y si funciona posta?', vuelvo a preguntarme, con algo de miedo de que mi voz vuelva a ponerse la gorra.
Layla dice que hay que dejar de lado la razón y creer más en la magia.
Suspiro e invoco a no sé qué, pero lo invoco intensamente, como psicochamana que quisiera ser una próxima vida.
'Si sale rojo es porque la ropa que tendí hace un rato ya se secó'. Sale un rojo.
Despacito y haciéndome la que no me importa demasiado subo la terraza.
De lejos parece seca. No quiero perder la fé en estas giladas así que me acerco y las toco. Están duras de lo secas que están. Sonrío y bajo al comedor.
De a poco crece mi esperanza en este método.
'Pruebo una más  y si se cumple posta, voy a hacer de ésto un hábito', me propongo y convenzo.
'Si sale amarillo es porque hay suficiente agua en el tanque como para bañarme antes de ir al laburo por más de que no haya prendido la bomba hasta ahora'. Sale un amarillo.
Entusiasmada, voy al baño quitándome y tirando la ropa en el camino.
La ducha me escupe dos chorros de agua sucia y con un ruido a cañería seca y game over, se me caga de risa.
Casi en tetas, vuelvo al comedor con la cabeza gacha.
Mi voz interna me recuerda lo triplemente pelotuda que soy por haber confiado en estas giladas y en las ocurrencias de Layla que todo el mundo dice que está loca.
Es casi la hora. Con mal humor y descreencia total en estos confites de mierda me voy sucia al trabajo.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

El verbo encarnado: el oficio de la depilación


No recuerdo cómo pero un día decidimos que el mejor negocio sería poner una spa urbano. Mi mamá estuvo de acuerdo desde el principio. No sé si para ahorrar el tercio de sueldo que deja en manicuría, depilación, podología y cama solar o porque tenía la esperanza de yo, su hija, dejara de ser una 'andrajosa', según sus textuales palabras, y me volviera más femenina. Creo que fue una mezcla de las dos.
Contratamos una manicura y una cosmetóloga y masajista que resultó ser una conchuda, pero eso es un tema aparte. En otras palabras, contratamos gente que supíera hacer lo que nosotras no sabíamos: nada, excepto depilar. No, no había hecho cursos pero me depilo desde los 13 años después del incidente que relaté hace varios posts atrás así que me sentí lo capacitada como para lucrar con pelos ajenos.
Al principio, como sucede con todo nuevo emprendimiento, nos costó un huevo juntar clientas pero, volanteada de por medio y con publicidad de Jorgito el potro, que era nuestro vecino, nos hicimos una pequeña pero fiel clientela. Por lo general, las chicas venían por las promos y yo, la depiladora, de inmediato empecé a frecuentar arbustos femeninos.
Rápidamente deduje tres cosas, tres patrones que se repetían con frecuencia: que las señoritas de la zona esperaban al jueves para despejar el área, que el área a despejar era siempre el púbico y que ninguna usaba esponjita para refregarse. Éstos, entonces, se volvieron mis consejos de depiladora.
El único método que usé fue el tradicional. No porque guardara cariño por el clásico sistema español sino porque la vez que probé en mi misma el novedoso e higiénico método descartable preferí haber seguido peluda. Ciertos avances de la tecnología aplicada a la estética se cagan tanto en el cuidado de la piel y priorizan tanto la extinción de los pelos que te los quitan con piel incluída o te dejan, a modo de trueque, un ardiente sarpullido que nada tiene de hot. Por eso, cada vez que alguna posmoderna venía a nuestro spa solicitando esa basura me encargaba de explicarle que ese método era un one-way ticket al cáncer de piel, como mínimo.
No es por agrandarme pero era muy buena en mi oficio y no hubo muchacha que partiera con un pelo. Por supuesto que mitad del mérito era de la cera y los materiales que usaba. A veces es preferible ganar unos mangos menos pero asegurar el peludo regreso de la clienta. Tenía un hermoso hornito con colador que aún conservo y la mejor cera del mercado.
En verano la actividad aumentaba notablemente y, como sucede en los negocios pequeños surgen complicaciones.
Hubo una vez en que la mejor cera del mercado se vio consumida en una ardua y tupida tarde de trabajo por lo que tuve que usar una de esas que te venden en 'Diferent' o 'Soy lola'   para atender a la última clienta del día, casi noche.
'Por una vez que uses la Depimiel no pasa nada', me dijeron. Y yo confié. No tuve opción.
No recuerdo con exactitud el nombre de esta señora pero por el bien de este relato y la no reiteración de 'esta señora' vamos a llamarla Raquel. Recuerdo su cuerpo y este nombre le queda muy bien.
Traté de derretir el bloque de depimiel antes de su llegada pero no sucedió. Raquel tuvo que esperarme unos 15 minutos.
La invitamos con café y una agradable charla de sala de espera de spa que mi mamá tan bien ofrecía mientras yo, detrás de escena, luchaba por derretir el bloque cual dealer de faso cortando pedazos con un tramontina desafilado.
'Ya estamos Raquel, pasá por acá'. Raquel ya se veía algo impaciente. Aparentemente la charla de spa no había sido lo suficientemente grata como para contrarrestar nuestra impuntualidad.
Se desvistió casi de inmediato y una vez sentada, casi en bolas, en la camilla empezó a delimitar con sus dedos el perímetro que quería alisar.
'Perfecto, Raquel. Hoy te vas de acá hecha una estrella porno', le dije para romper la tensión que irradiaba su cara de ojete. Cada tanto tiraba esas frases boludas que a las cuarentonas tanto les gusta escuchar.
Raquel quería irse con un cavado de bebé y a mi me caían bien las mujeres jugadas sólo que no tenía la confianza necesaria en la cera de turno como para cumplir con esta misión.
Empecé por las piernas, como para testear la elasticidad de la cera. He aquí uno de los principales requisitos con el que nuestra materia primera debe contar.
'Estoy hasta el ojete', pensé por dentro. La depimiel resultó ser más poronga de lo que pensaba y tenía que pasársela casi hirviendo para lograr la maleabilidad que me permitiera acortar la tortura. La fórmula es sencilla: más flexible es la cera, menos pasadas, menos tirones y, por ende, menos sufrimiento.
Por supuesto que una profesional jamás admitiría estar usando una berreteada de productos por lo que le pasé la bola a Raquel insinuándole cuán arraigados estaban sus vellos y lo pronto que había decidido venir a depilarse.
'Hace como 20 días que no me depilo' , me dijo la muy yegua.
'Qué raro!', le dije yo, haciéndome la sorprendida y haciéndole creer que era afortunada por tener un crecimiento tan lento.
Lo que normalmente hubiera logrado en unos cinco tirones, en Raquel me llevó unos diez. Y lo peor aún estaba por llegar: el cavado.
Le levanté y até la bombacha a lo Moria Casán para ver que con qué me enfrentaría a continuación.
Raquel era un claro especimen de las mujeres que no usan esponjita para desencarnar los pelos. De treinta y cinco pelitos, al menos veinte estaban encarnados.
'Raquel, vos te pasás esponjita en la bañera?', le pregunté, sumándole traumas a la pobre cuarentona.
' Tengo una guante exfoliante en la ducha', me respondió. La piel de Raquel evidentamente era una mierda o me estaba mintiendo grandiosamente.
Le dije que haría lo mejor y que para ello tendría que usar más la pincita que la cera.
Me miró cual radical enterándose de la reelección de la presidenta así que rápidamente le dije que, de todos modos, haríamos unas pasaditas de cera para que aflojaran un poco.
Raquel se tensionó aún más. Ni hablar de sus pelos. Los muy hijos de puta parecían escuchar todo lo que hablábamos y se aferraron a la piel de su propietaria con más fuerza.
Cuando uno se tensa de esta forma, el sudor es inevitable. La pelvis de Raquel para ese momento ya estaba húmeda. Probé unos tirones y decidí usar talco para secar un poco el área.
Los pedazos de cera que arrancaba de ella se me cagaban de risa. Con suerte salían tres pelos locos por tirón. Ella se sujetaba la bombacha con fuerza y apretaba los deditos del pie para comunicarme su sufrimiento.
Aproveché que ya la zona estaba medio curtida y empecé a usar la pincita como chinita comiendo arroz con palitos a toda velocidad. Por suerte y por experiencia, uso la pincita como un lápiz y pude acelerar muchísimo el proceso.
Cada tanto, Raquel se levantaba a espiar como iba la cosa. Cada vez que lo hacía le recordaba la importancia de la esponjita. Ya no sabía qué más decirle.
Para empeorar las cosas, mi vieja golpeó la puerta preguntando cómo iba todo. La odié. Me acerqué hasta ella y, por lo bajo, le dije que la depimiel era una mierda y que la vieja era una conchuda. Más tarde le dije que nunca más volviera a golpear para no preocupar a las clientas ni hacerlas sentir Chewbacca.
Gracias a todas las estatuas de Buddha que tenía en el spa, la misión se cumplió casi a la perfección. Pero el casi no era menor. Raquel había quedado divina. Sin un pelo. Pero con un lindo eccema de recuerdo. La chochis de la cuarentona no dudó en expresar su rechazo al calor de la cera y los apretones de pincita por lo que parecía una frutilla vista de cerca, bien roja y granulosa.
Rogué que la reacción alérgica se fuera mágicamente y para darle tiempo, la soborné con unos masajes con crema en las piernas que, si bien estaban hirviendo, no parecían frutillas.
Los masajes funcionaban siempre. Logré que Raquel se relajara un poco pero a los minutitos empezó a inquietar los dedos de sus pies como apurándome a terminar.
'Bueno, ya estamos', le dije. Raquel se acarició la frutilla y, preocupada, me preguntó por qué le había quedado así. Por tercera vez le insistí con el verso de la esponjita con tanta elocuencia y suerte que la convencí y procedió a cambiarse.
'La próxima voy a esperar un poco más así no te la complico tanto ni sufro yo', me dijo con una sonrisita irónica.
Le agradecí haber venido y le recordé lo que le dije en un principio:
'Te dije que de acá te ibas como una porn star, Raquel, sin un pelo. Y,sobre todo, ardiente...', y me reí, con un poco de miedo.
Se rió y casi rengueando fue a pagar a la caja, osea, a mi mamá.
Nunca más supe de Raquel y mucho menos de su frutilla.