jueves, 17 de octubre de 2013

Mi amigo Bruno

 Mi mejor amigo se está volviendo libro. Es una hermosa persona que ha dedicado estos últimos años de su vida a leer casi tan compulsivamente como yo a tomar infusiones y abandonar carreras. Nos vemos poco porque él trabaja y lee mucho y yo boludeo, leo poco y escribo mucho pero cuando lo hacemos notamos que la poca periodicidad no nos afecta en lo más mínimo. Cada tanto discutimos un poco porque yo lo acuso de opinar desde sus lecturas y porque suele clasificar y comparar las pelotudeces que digo y hago con grandes conceptos de reconocidos pensadores que él leyó y que a mi, como estudiante de filosofía, debieran al menos 'sonarme de algún lado'; pero nunca pasa.
Él es muy groso pero me asusta que pierda su cuota de sinsentido y lo trague la racionalidad. Me tranquiliza bastante saber que su mejor amigo, Martin, el tincho, si bien es tan nerdo como él, sabe compaginar la insensatez y la vulgaridad con, quizás, una obra de Shakespeare. Me cae bien por eso y porque se encarga de agarrarlo a Bruno de sus largas patas para que no se nos eleve al mundo de las ideas. O al menos no se vaya del todo.
Bruno es de esas personas que te habla del ser y el logos cuando lo visitás a las 2 am con tanta naturalidad y a la vez preocupación que te dan ganas de abrarazarlo y de tomar apuntes de lo que dice. Yo, últimamente, hago las dos cosas y me reservo la parte final de nuestros encuentros para hablar de citas, chicas, amor y todas esas porquerías de las que siempre reniega y señala de incomprensibles. Porque Bruno es así, puede explicarte una teoría que cualquiera usaría como tesis doctoral pero tiene dificultades para comunicarse efectivamente con el sexo opuesto. Lo que yo insisto en remarcarle es que, por fin y por suerte, hay actualmente una reivindicación de los nerds. Hoy ser nerd es cool, como decían los chicos de Radio Gonzo anoche en el programa. Y si es por esto, él tiene todo para ganar. Es muy lindo chico, pese a su insistencia a negarlo (que suele violentarme) y en el fondo, mientras no le hables de pseudociencias y rituales mágicos sin argumento científico que tanto lo irritan, es fácil ver que es un adorable bípedo que atrás de su imagen de pibe intelectual -0 snob y 100% real- lo que más desea es compartir una comida con alguien que le de el mismo amor que él da.


“No tengo autoría sobre mi mismo, al menos no en tanto que no me decidí en el mundo, por tanto podés escribir sobre mi con la misma libertad que sobre un árbol, un país o lo que sea que, como yo, sea parte del mundo que experimentamos. Osea, si gorda obvio. Te quiero. “


Esto último me respondió cuando le pregunté vía sms si podía escribir sobre él. Poquito lo conozco, eh?




domingo, 13 de octubre de 2013

'Me puse lo primero que encontré': la posta sobre las careteadas.


La contradicción y la careteada son parte de nuestras vidas y están más presente de lo que creemos o desearíamos. Guardar coherencia entre lo que decimos y hacemos no es tan fácil como parece pero hacernos los boludos y dejar pasar las giladas que decimos si lo es. El garrón es cuando los demás lo notan:
-'Pará, no era que odiabas los lentes de mierda que usan los hipsters'?. Y ahí cagaste. Pocas cosas nos tiran tan abajo como el escrache público que nos hace quedar como mentirosos o contradictorios y que luego es imposible de remontar por el abucheo que nos hacen mientras intentamos dar explicaciones. Es casi una fórmula: a mayor explicación, mayor abucheo.
Hace unos años salí con un chico que siempre criticaba a las mujeres que se maquillaban y compartía esa falsa y barata idea de que no hay rostro más bonito que el de la mujer a cara lavada.
Confiada de esto, evitaba maquillarme cuando estaba con él hasta que un día lo crucé yendo a una entrevista laboral y me halagó tanto que casi me hizo llegar tarde.
-' ¿Me estás jodiendo? Estoy vestida como siempre nada más que me maquillé', le dije. De inmediato intentó restarle protagonismo al make-up remarcando estupideces como la combinación del vestuario, que nunca fue mi fuerte, y la forma en que llevaba la cartera con tal de no admitir que una grandiosa base Lancome había hecho magia en mi cutis.
No sé si es por miedo a hacernos sentir feas si no estamos pintadas o si no quieren vernos tan producidas por cagazo a que los dejemos pero son pocos los hombres que admiten preferir a la mujer maquillada.
Algo parecido sucede con la panza o pancita. Los hombres acostumbran a criticar y tildar de huecas a las mujeres que se cuidan mucho con la comida y elogian a las que no tienen problema en sentarse en el cordón a morfar chatarra de un carrito pero basta con que pase un yeguón anoréxico para que se atraganten con el chori que el minón jamás comería. Nunca lo admitirían pero realmente sucede.
Asimismo, existe una nueva generación de hombres liberales y un toque metro que abusándose de una rara confianza con sus parejas, les hacen notar cada leve defecto que va apareciendo. Observaciones como : 'Mirá te salieron granitos' o 'Tenés como pancita, puede ser?' se están volviendo preguntas de rutina entre los hombres perfeccionistas que quieren que sus minas sean unas 24-hour godess para volverse el macho alfa entre sus secuaces. Por supuesto que no les recrimino la frivolidad a ellos (únicamente) sino el sometimiento a las boludas que les dan pelota.
Alejándonos un poco de los extremos, también nos encontramos con otra realidad: las mujeres nos esforzamos por hacer que todo parezca casual.
Es muy poco probable que una mina haga público, incluso entre sus amigas, que está en una estrictísima dieta sea por 2 rollitos de mierda o 5 kilos de celulitis. Y la explicación es lógica, las mujeres solemos ser tan basura que nos reimos de la preocupación de la otra y, lejos de ayudarla, la tentamos con calóricas ofertas así nos cueste un grano en la frente o un día de isla entrando panza.
Estar lista en cinco minutos habla de lo hermosas que somos y el poco retoque que necesitamos para salir y los hombres, aunque lo nieguen, compran esa farsa. La posta es que son muy pocas las que cumplen ésto y muchas las que caemos en frecuentes crisis de vestuario. El look dice tanto de nosotras que tiene el poder de hacernos sentir espléndidas o para el orto si nos sentimos fuera de contexto, como cuando dormimos en casa ajena luego de una salida y tenemos que enfrentar el sol de la mañana y las miradas difamatorias al día siguiente vestidas como gatos.
Retomando la idea, la negación de la dieta también ha inaugurado una nueva generación de pseudo veganas y celíacas que lejos de preocuparse por los animalitos y las desventajas del .t.a.c.c, priorizan lo más importante: estar flacas sin la espada de la dieta sino por enfermedad o ideología. Puede hasta sonar conmovedor, 'pobrecita, no puede comer harinas'.
En una cena en pareja, los platos hablan por si sólos. El vacío suele ser el del hombre y el que deja los adornitos y algún que otro raviol de la vergüenza, el de la mujer. En mi caso esto es al revés. Alvaro come como pajarito cuando sale a comer conmigo mientras que yo limpio el plato con pan o rasqueteando con el cuchillo hasta arrasar con los adornos. Lo divertido es que cuando salimos con sus amigos casualmente tiene más de hambre que de costumbre y trata de seguirles el ritmo hasta no poder más. Igual no lo juzgo, una cena con sus amigos basta para saber que ser el pajariito de la crew o el que tiene que ir al cajero a buscar plata es condición suficiente para una cargada colectiva de larga duración. Yo, mientras pueda,me voy a tirar siempre para el lado de ellos, verlo a Alvaro indefenso y pensando su coartada me resulta gracioso y tierno a la vez. Sobre todo cuando repiten las historias para volver a gastarlo un rato y se rebela el espíritu Martinelli que rápidamente se contagia: seguir bardeando para ser felices. Son un amor.
Sin duda prefiero el bombardeo en tono afectivo del grupo de muchachos que pelean el podio de la virilidad al grupo de señoritas que se tira flores pero tirotea por detrás. No digo que en las mujeres esto sea siempre así pero a menos que se tengan amigas sin filtro como Nadine, es más frecuente de lo que desearíamos.
Todos somos caretas y  esa idea de 'me puse lo primero que encontré' es totalmente falsa. Lo que debiera erradicarse, a mi parecer, es esa otra idea que subestima el 'ponerse lindo'. Ya sea que nos vistamos horrible o sofisticadamente, la preparación siempre viene bien. Nos bombardean con ofertas y giladas de cosmética que si bien consumidas compulsivamente pueden crear dependencias y obsesiones, ¿por qué no hacer uso de ellas si nos hacen sentir bien un rato?, ¿por qué criticar a la rellenita que clavó un mini short o a la lunga que se zarpa en brillos y transparencias si a ella la hace feliz?. Para mi está claro. No es tanto la ropa lo que se critica sino la actitud, porque yeguones sobran pero son pocas las que se despojan de sus represiones y se ponen eso que tantas ganas tienen de vestir. Y con esto no me refiero a prendas hot. De hecho, cualquier galería vende mini shorts, polleritas y demás prendas que, cual uniformes, el ejército de yeguas luce creyéndose original. Las vidrieras son imposiciones y los looks están tan bien pensados y nosotros tan manipulados que no me sorprendería ser hombre y erectarme con un maniquí. La verdadera actitud, al menos para mi, es escandalizar un poco las vidrieras y combinar incluso esas mismas ropitas de otra forma o con ropa 'de todos los días' y salir con la misma actitud a toda hora. Aparentemente, a la noche la líbido recibe una credencial para batir cualquiera que hace que varias jovencitas terminen gritando orgásmicamente para detener un taxi o por el cambio de color del semáforo. Eso, no es actitud.
Hubo una época en la que ninguna propuesta nocturna de salida me convencía y con mis amigas hacíamos una previa de make up y ropa hot sin salir a ningún lado. Nos conformábamos con tomar tragos baratos home-made y boludear en casa vestidas como diosas para después quedarla o salir a dar vueltas en auto cantando canciones bizarras y volver a dormir.

'Dos días en la vida nunca vienen nada mal' y cinco minutos más de espera que luego se retrucan con un vestuario super estiloso nunca han matado a nadie.




sábado, 12 de octubre de 2013

"¡No te juntes con los piojosos!"

Así como 'Ala' dice que para ser niño hay que mancharse, yo pienso que la pediculosis infantil es la prueba fehaciente del paso por la primaria.
No importaba cuánto 'Mujercitas ' o 'Coquetería' se pusieran, el olor a vinagre 'Fischer'  envolvía a las piojosas de tal forma que les perforaba el aura y las acompañaba a donde fueran. Por desgracia, ese no fue mi caso. Digo desgracia y no suerte porque en casa pediculosis era mala palabra y el vinagre o los productos para combatir los piojos hubieran sido una mejor elección. Mi mamá renegaba tanto de mis piojos que se enojaba conmigo por tenerlos y de castigo me ponía alcohol etílico. El pelo, por supuesto, me quedaba hecho una paja por días y me hacía sentir horrible y, para colmo de males, tenía que cuidarme de no acercarme demasiado a las pocas amiguitas que tenía en el curso para que no me contagiaran y así evitarle disgustos a mamá.
Quienes afirman que los niños son crueles claramente nunca fueron a una reunión de madres. Mi mamá las odiaba y yo mucho más. Las cenas post-reunión suponían un listado de cosas que tenía que corregir o evitar. Si bien yo me portaba bien y mamá se agrandaba con los halagos que por mi recibía, en las reuniones paraba la oreja para detectar quienes eran las nenas de las que yo tenía que alejarme para que no me corrompieran. O al menos eso parecía.
Los intentos de las seños por señalar con criterio y sutileza los defectos de algunas niñas claramente fallaban o las madres eran tan básicas y prejuiciosas que los resumían en tres: putitas, burras o sucias-piojosas.
En mi curso había de todo un poco y yo, para variar, me juntaba con nenas de algunas o todas esas horrorosas clasificaciones.
La opinión de las madres tenía un peso tan grande en nosotras que sobre el discurso materno se promulgaban leyes de convivencia en el salón. Yo, en ese sentido, fui una transgresora: me juntaba con las más sucias y piojosas y me dejaba influenciar por las putitas que me incentivaban a acortar el jumper.
Mi entonces gran amiga Romina, distinguida por su uniforme siempre sucio y desarreglado y cortina de liendres en lugar de flequillo, era uno de los ejemplares que todas las madres querían evitar y que mi mamá terminó aceptando en casa. Romina era súper divertida y juntas la pasábamos genial. Venía a casa todos los fines de semana y lejos de acomplejarnos por sus piojos y los míos, algo más escondidos y atontados por el alcohol, hacíamos torneos de piojos sobre toallas blancas. El juego consistía en bañarnos y sobre una mesa con toallones blancos pasarnos el peine fino hasta recolectar la mayor cantidad de piojos y liendres posible durante un tiempo determinado. Mas allá de quien ganara, la mejor parte era el final: reventarlos uno por uno. Nos gustaba tanto el chasquido de la explosión que cuando terminábamos ese juego y mi mamá no nos veía, le sacábamos las pulgas a mis perros. En esos días sí que la pasábamos bomba.
Por supuesto que Romina y yo no éramos las únicas piojosas del curso sino que la mayoría lo era, sólo que se esforzaban en disimularlo. Los piojos, la desprolijidad y la falta de higiene parecían ir de la mano pero había ciertas salvedades que te eximían de ser una 'romina'.
Teníamos una compañerita que era tan piojosa que podíamos ver el recorrido de las liendres por sus trencitas desde el pupitre de atrás, pero estaba lejos de volverse una de las nenas con las que no tenías que juntarte. A diferencia de Romina, María era de una familia religiosa de padres casados que con ejemplares empleos mantenían una hermosa casa en el centro de la ciudad. Mi gran amiga, en cambio, vivía casi en la periferia y mamá escondía la cartera bajo el asiento cada vez que entrábamos a su barrio. Su casa era bastante más humilde que la de casi todas las nenas del curso y vivía sólo con su mamá que se esforzaba por pagarle la cuota aún estando becada.  
Mientras la pequeña María tenía piojos por tener muchos hermanitos, Romina era una piojosa que se contagiaba constantemente por los villeros de su barrio y su mamá, seguramente por ser soltera, no le dedicaba tiempo a combatírselos. Claro que nadie veía ni hubiera admitido el grado de violencia en este tipo de suposiciones pero en la escuela eran moneda corriente.
El plantel docente y en especial las catequistas sí lo notaban, pero sus propuestas de integración eran aún más siniestras Se predicaba el compañerismo tan ligera y livianamente que bastaba con jugar un recreo con alguna 'romina' para ganar la aprobación de las seños que nos premiaban con semáforos verdes, cual cachorro estimulado con huesitos.
La conclusión puede sonar algo trillada pero lo cierto y lamentable es que esos discursos que se instauran en el salón y se estimulan en casa tienden a seguir gobernando nuestra percepción a lo largo de nuestra adultez.
Hace unos días, en el TEDxRosario se presentó como orador un gran sujeto que, vestido como linyera se escabulló entre los asistentes hasta subir al escenario para contar su emocionante historia de vida. Pachi Tamer, el sujeto en cuestión, nos demostró que el prejuicio sigue primando y que esos mismos diesciocho minutos que dedicamos a escucharlo son tan válidos para él como para cualquier otro 'pachi' que esté dando vueltas por nuestras plazas y quizás nunca llegue a un escenario para obligarnos a prestarle atención.

Es cierto que ser padre o madre nos cambia la perspectiva y que, en ocasiones, el temor que infunden y de la cual viven los medios puede hacernos caer en el frecuente 'no hables con extraños' o las típicas agarradas bruscas de cartera cuando vemos gente 'sospechosa'. Del mismo modo, es comprensible que en una sociedad regida por lo visual las primeras impresiones no sólo sean inevitables sino necesarias para construir nuestra idea sobre el otro. Todos vivimos del prejuicio y es sano reconocerlo y poder reírnos de ello pero sí creo imperioso destacar que el acto de conocer al otro debe ser un proceso y que la primera impresión nunca debería ser la definitiva.

¡Gracias Pachi!





* Para más sobre Pachi Tamer:

Y la magnífica web que le creó a su hija:

martes, 8 de octubre de 2013

El status social en el changuito del super.


La constancia y la intensidad del bombardeo publicitario es tan evidente que se advierte en las conjeturas que hacemos a partir de las marcas que elegimos. Las remeras, las zapas, las galletitas, todo habla de nosotros en el universo de la publicidad. Existen, incluso, marcas que están tan vinculadas a determinadas culturas urbanas que chocan cuando no se corresponden. Algo así como ver un punk en Topper o un rollinga con Vans: no va.
Sigo con lupa en mano analizando estereotipos y no puedo hacer la vista gorda al ojo crítico que nos avasalla al momento de hacer la cola en la caja del super, mientras puteamos la lentitud del cajero o a la parejita que no para de franelearse frente a nuestro chango.
No importa cuántos artículos llevemos, con dos o tres basta para dar rienda suelta a nuestro prejuicio e imaginación y creer conocer la vida de los otros.
Mi mamá y mi hermano, dos prejuiciosos sin filtro ni escrúpulo, solían hacer comentarios por lo bajo del tipo 'dale, seguí así nomás' o 'después se preguntan por qué engordan' sobre los changuitos repletos de calorías: masitas, potes de dulce leche, paquetes de harina y postrecitos tipo shimmy.
Cuando vivimos con papá y mamá, nos adaptamos de tal forma a lo que ellos eligen o nos dejan elegir que es natural sosprendernos u horrorizarnos cuando descubrimos otras marcas en las heladeras ajenas.
En casa, la careta de mi vieja no nos dejaba comprar lácteos que no fueran La Serenísima o Sancor ni masitas de las baratas que se compran sueltas en los kioskos o galletiterías que aún sobreviven.
Cuando me fui a vivir sola, se inquietó tanto al ver mi alacena con masitas Celosas o marca Caricias y cajas de Chelita larga vida que me ofrecía compras mensuales 'de onda', con tal de evitar mi intoxicación por consumir alimentos de segunda marca.
Puede parecer extremo pero este estereotipo es más común de lo que parece. La mamá de la colo era o es aún peor.
Con Nadine amábamos ir a la casa de Stefanía porque siempre tenía cosas raras y caras de todo tipo: maquillaje, comida, tipos de queso, frutas exóticas y gran variedad de té. Desayunar o merendar en su casa implicaba inaugurar cajas de cereales caros o abrir quesos envasados con los que podíamos hacer sandwiches tan zarpados que visualmente parecían photoshopeados.
De la misma manera en que los farmacéuticos nos tildan de putas irresponsables cuando pedimos la pastilla del día después, las cajeras y los observadores prejuiciosos ditinguimos tres consumidores clásicos: los bajoneros, los careta-light y los juntada-escabio. O al menos esos son los tres que se distinguen con más facilidad.
Los primeros, mis favoritos, son muy predecibles. Suelen ir de a dos o tres y no paran de reirse o están super rígidos y perseguidos en la cola por lo fumados que están. Les cuesta calcular la cuenta o contar el vuelto porque están ansiosos por comer todo lo que compraron que, por lo general, incluye artículos variadísimos (papitas, masitas, dulce de leche, nutella o frutas) que no distinguen dulce de salado y priorizan la cantidad por si la lija aumenta más tarde.
Entre los careta-light, están los que van vestidos sport y/o con lujosas zapas para correr- o de running - y llevan en sus changuitos cajas de edulcorante, lacteos de la linea Ser y todas esas 'golosinas' aburridas que los nutricionistas suelen recomendar para matar la ansiedad: las abominables galletas de arroz que, sin dudas, son mas crujientes y ruidosas que ricas.
Nunca entendí por qué muchas de estas mujeres se maquillan para ejercitarse, ¿no se les empasta la cara entre el sudor y la base de maquillaje?. Lo dudo, la mayoría usa esas bases minerales tan zarpadas que ni se notan; esas que muchas veces fingí estar por comprar para que las chicas de Falabella las prueben en mi rostro.
Los últimos también son divertidos de analizar, sobre todo cuando los dueños de estos carritos son hombres y van a hacer las compras en grupo. Bien sabemos que tanto hombres como mujeres solemos volvernos más idiotas en manada pero entre los muchachos particularmente, se aprecia una cuestión fálica en distintas conductas que no deja de sorprenderme. Suelen flirtear con la cajera, hablar a los gritos sobre sus planes para la noche y cargar a quien se queje del precio acusándolo de rata o pobre. Dicho de otro modo, pareciera que el más macho o el de pito más grande es quien más paga, bananea con la cajera o habla de la minita de esa noche.
Sus changuitos suelen llevar cajones de cerveza y bebidas blancas marca Peters si son pibes comunes o Bacardi si son medio chetos o esa noche en particular se juntan con minitas que necesitan impresionar.
Existe, asimismo, una observación más crítica que estriba en la idea de consumo como ritual. Visto de este modo, es necesario admitir ciertas cuestiones de gran importancia: que la idea de pertenecer es una necesidad inherente al ser humano y que es mediante la repetición que nos integramos a un grupo socioeconómico determinado. La carga emocional de esta pertenencia simbólica es tal que el saberse parte de nos produce un alivio. Prueba de ello es la cara de genuina felicidad del skater cuando se le regala una remera Element o un libro de la editorial Gredos a un futuro filósofo. Los ejemplos son innumerables.


Nadie está exento de las etiquetas, pero en días como estos en que los políticos prometen y hablan tan libremente de normalidad, alterar los estándares es, sino una necesidad, una hermosa forma de pronunciarse.


martes, 1 de octubre de 2013

'Mamá, quiero ser bailarina'


Jugaba tanto a la profe de aerobics con mi peluches cuando era chica que desde entonces sentí que lo mío era la coreografía.
Convencida de ello, decidí un día enfrentar a mi madre y estaba dispuesta a acabar con su sueño de que alguno de sus hijos tuviera un bendito título que la ruborizara aún más al hablar de nosotros. No es que hablara mal pero por lo general, de mí, decía que era una santa, que nunca me peleaba con nadie, que era calladita y no molestaba. Mi mamá evidentemente festejaba la creación de una pendeja sumisa que no importaba que sufriera por entrar al salón con las trencitas del pelo desarmadas mientras regresara a casa con semáforos verdes en el margen y buenas notas en la libreta.
Yo ya estaba cansada de tener que esconderme o trabar la puerta con mis juguetes para que los entrometidos de mis padres no entraran y me descubrieran bailando; pero sucedía con frecuencia.
Tenía una cómoda blanca con espejo que se convertía en público cuando yo daba mis shows en los que era una reconocida bailarina de Aqua, Vengaboys o Flavia Palmiero y tenía un sector de la platea exclusivo para mi grupo de fans que estaba encabezado por  oso Fidel, presidente del club.
Cuando daba clases de baile, Fidel era el rubiecito lindo (era un oso blanco y albino, por eso) de la clase que cada tanto tenía que echar porque distraía a sus compañeritos. Me ponía la gorra cuando jugaba para que resultara más creíble.
Todas estas cosas pasaban puerta adentro de mi pieza o, con suerte, en el living cuando mi mamá se iba a hacer los mandados y me daba un changuí para hacer un tour con alguna de mis bandas. Esas eran las 'fechas' de tours que surgían imprevistamente.
Ni mi mamá ni mis hermanos estaban al tanto de esto; no daba. Lllevaban al menos seis años viéndome leer y escribir cuentitos que hacían llorar a las vicedirectoras cuando hablaba de Dios (colegio hiper católico, sepan entender) y no podía caer un día de la nada a decirles '¿che, saben qué?, ya fueron los libros, quiero ser bailarina'. Temía romperles el corazón o que me tomaran para la joda por no saber que pasaba horas entrenando mis pasos en la pieza. ¿Cómo les demostraba que yo era realmente buena si nunca me habían visto?
Alguna que otra vez, porque cuando se es muy chico no te dejan trabar la puerta, me han agarrado con el cuerpo en plena coreo pero al instante en que los veía asomarse, rápidamente cambiaba de posición o fingía un dolor muscular que justificara el movimiento que estaba haciendo. Un fiasco. La Pitu, mi niñera, era la única lúcida que me sacaba la ficha y sabía que bailaba y siempre que me encontraba en esos momentos, sonreía y cerraba la puerta sin hacer escándalo.Al menos tenía una testigo que les hiciera creer a mis papás que yo era re bailarina.
Finalmente me decidí a enfrentar a mi mamá y luchar por mis sueños. Ya lo había comentado en mi diario íntimo así que no podía no hacerlo.
Aproveché una noche en que comí a solas con mi mamá y mientras picaba unas verduras para preparar la cena, la encaré.
Le dije que a mi me encataba leer y escribir y hacer listas de palabras nuevas que descubría en el diccionario pero que también me gustaban otras cosas.
Le hablé tan tranquila y maduramente por tener ocho años que el estómago se me estallaba, por supuesto, la procesión siempre va por dentro. Hasta sabía fingir el dolor, ya contaba con una cualidad innata de bailarina de ballet que no muestra dolor por más que le parta una uña o le sangre un juanete.
Mi mamá reaccionó bastante bien. Siguió picando cebolla como si nada y me dijo:
-'¿Pero qué es lo que vos querés? ¿Empezar danza? Averiguá y anotate...'
Días de preparación y diálogo con mi diario íntimo para que la muy yegua respondiera con tanta tranquilidad, propia de madre que minimiza los delirios de su hija, en vez de abrazarme y correr a anotarme al Círculo, mínimo, jurándome que sería la próxima Eleonora Cassano de mi generación.
Le dí las gracias, de todos modos, y continué hablándole sobre mi pasión por la danza y los escenarios que ella desconocía. Me dolió tanto que no soltara el cuchillo por un instante para darle la atención que semejante acto de valentía ameritaba que me extendí hasta que, sutilmente, me calló mandándome a poner la mesa.

La cena fue agradable pero la comida me cayó para el orto. La previa a mi revelación había sido tan tensa que mi estómago apenas podía procesar una hoja de lechuga, pero no me importó. Me senté a comer con ella más erguida y elegante que nunca reparando incluso, en el correcto y refinado uso de los cubiertos. Desde entonces me esforcé en demostrarle que si bien era una nena estudiosa, podía llegar a ser una talentosa bailarina y no dudé en contarle todo lo que sabía de Paloma Herrero, la niña prodigio del ballet que además de abrirse de gambas y bailar los más emotivos adaggios también llevaba semáforos verdes a casa.


domingo, 29 de septiembre de 2013

Padecimiento de las clases de música: la seño Edith y mi primer trauma.

Es increíble como ciertos episodios traumáticos en la infancia pueden tener tanta repercusión en nuestra adultez. Es probable que no recordemos qué comimos ayer al mediodía pero apenas oímos la palabra traumático, nuestra jodida memoria nos bombardea con recuerdos horripilantes que se resisten al 'vaciar papelera' cerebral y parecen haber comprado un lote en nuestra cabeza.
La mayoría de estos episodios ocurren en la infancia o temprana adolescencia y nos toman tanto cariño que pueden acompañarnos de por vida.
Siguiendo la costumbre de Álvaro que hace ranking hasta con los peores garcos de su vida, podría  situar casi en el podio de mis momentos de mierda al ocurrido en la clase de música de la seño Edith.
Mi escuela se caracterizó, al menos en los 90s, por tener seños y profes de música poco pedagógicas o, si se quiere, tan preocupadas por la afinación de nuestras vocecitas que olvidaban que también éramos niñas inestables con lugar de sobra para sembrar y cultivar nuevas inseguridades.
A los ocho años es natural tener algún que otro tic nervioso o costumbre extraña que delatara nuestro prematuro desequilibrio mental. En mi curso no sólo había variedad sino que estaban las más patológicas: desde una simple onicofagia (comerse la uñas) hasta un extraño hábito que tenía una compañerita que, de la nada, se sostenía de la ingle y agachaba levemente. Era una suerte de demi-plié de danza clásica o un hipo vaginal que la obligaba acurrucarse un poco. Rarísimo, nosotras nunca salíamos de nuestro asombro y conjeturábamos sobre los posibles trastornos que Evelyn podía haber tenido.
Vanesa, la de los cumpleaños en el Duende Azul, metía la palabra 'pero' en cualquier lado desmeritando cualquier cosa que decía y provocando la risa, sólo a veces secreta, del curso entero.
Yo, más clásica pero no menos desagradable, me comía apasionadamente los mocos. El deseo era incontenible y poco me importaba si había gente alrededor, yo tenía que sacármelos y con algún que otro malabar de por medio, hacerlo llegar a mi boca.
'¡Asquerosa! ¡Con la cantidad de bichos que tienen los mocos vos te los andás comiendo!', me decían en casa cada vez que me descubrían. Pero tampoco me importaba. Si estaba en el auto, bastaba con salir del perímetro del espejo retrovisor para abstraerme de la realidad en mi salada cacería de mocos.
Mi destreza era tal que mis dedos índice y meñique parecían danzar en vez de excavar mi naricita. Por supuesto que no fue así desde un principio sino que necesité varios sangrados de nariz para darme cuenta de que las uñas, lejos de ser necesarias, eran perjudiciales y que necesitaba controlar el movimiento de mis dedos. Mi mamá, para ese entonces, creía que una terrible enfermedad me acechaba cada vez que la llamaban de la escuela para contarle que la nena estaba en sala de profesores con gasa en la nariz por una imparable hemorragia.
Como todos sabemos, la prohibición intensifica el deseo. Mis dedos se alborotaban cada vez que respiraba profundo y sentía el revoloteo de una cortinita o guirnalda de moco colgando de mis fosas nasales. La reacción era automática, si había moros en la costa huía hacia algún rinconcito o directamente al baño donde podía pasar unos buenos minutos sacando y comiéndomelos. Idealmente sucedía eso y, cuando no, me comía una cagada a pedos.
Reprimirme las ganas nunca fue fácil y, por el contrario, cuanto más me perdía en mis pensamientos más posibilidades tenía de terminar inconscientemente con el índice en la nariz. Por esto mismo, me esforzaba por prestar atención en clase y mantener mis manos ocupadas.
Las clases de la seño Edith, la bruja de música, eran peligrosísimas porque nos hacía sentar en ronda alrededor del piano desde donde tenía una panorámica de todas nosotras.
Sólo en ocasiones lográbamos romper esa ronda dispersándonos un poco y, por lo general, era cuando cantábamos canciones que ya conocíamos.
Recuerdo una clase en que Edith estaba de un rarísimo buen humor. Nos hizo sentar cerca – y no en ronda- del piano y cantamos el alegre hit de Violeta Rivas para calentar la voz y repasar las notas musicales.
A mis compañeritas les encantaba y la cantaban con tanto entusiasmo que parecíamos un coro de ángeles extasiados. A mi también me gustaba pero, si tenía que elegir, prefería abusarme del delirio que producía el hitazo para seguir comiéndome los mocos.
Apenas empezó el famoso 'Do-minemos nuestra voz', supe que era una nueva oportunidad para comenzar mi ritual.
Una vez que empezaba, nada podía detenerme y esa vez en particular me dejé llevar por el júbilo del momento que iluminaba los rostros de mis compañeritas y acrecentaba el placer de mi hazaña hasta que un súbita y violenta interrupción me hizo aterrizar a la fatal realidad:
-¡¿Vos pensás seguir sacándote los mocos hasta que termine la canción?!', me gritó la seño Edith con una fulminante mirada que hizo que el curso entero girara a mirarme.
Yo no sabía si largarme a llorar o hacerme la muertita para que la forra de la seño cargara con la culpa de mi muerte de por vida. Ambas opciones eran nefastas, yo era muy introvertida como para quebrar en llanto públicamente y muy boluda como para fingir un desmayo o paro cardíaco por lo que terminé pidiendo disculpas con tanta vergüenza y pánico que me entumecí por completo.
La seño Edith reanudó la canción y continuó con la clase. Ella como si nada, yo como si todo.
No me salía un puto sonido de la boca así que tuve que hacer la mímica hasta el final de la canción, rogando y jurando por la muerte terminal de mi mamá que nunca más me comería los mocos con tal de que al terminar el hit de Rivas, Edith no me volviera a regañar ni hiciera de mi desgracia un sermón para toda la clase.
Por suerte o gracias a algún mecanismo psíquico de defensa, bloquée por completo el desenlace de ese particular día de escuela pero aún recuerdo con la más avanzada definición de imagen y sonido la reprimenda de la seño y mi dedo índice escurriéndose entre mis cancanes azules para ocultar el pegajoso cargamento.
Desde entonces, odié las clases de música y la canción de Violeta Rivas y, ahora que lo pienso, quizás por eso Violencia sea mi personaje preferido del gran Capusotto.




sábado, 28 de septiembre de 2013

Humanidades, ¿orgullo y prejuicio o filosofía y tetas?


La facultad de Humanidades puede definirse de más maneras que el ser de Aristóteles , algunas más optimistas que otras. No voy a enumerar las negativas porque son de público conocimiento pero si diré que no siempre se refieren al edificio y las carreras que allí se estudian sino también a quienes la conformamos.
La estructura del edificio es realmente bellísima, no así su actual estado que está un adjetivo más abajo de deplorable. Como sea, he llegado a la conclusión de que uno aprende a quererla tal cual es y termina argumentando a su favor que la calidad humana de quienes la frecuentan es lo importante. Como si una facultad humilde y medio tirada nos hiciera mejores personas o, quizás, acentuando esa idea de que los 'raros' somos inofensivos y que los verdaderos garcas estudian en facultades lujosas y se visten bien. Puede sonar extremo pero si se escucha atentamente, ese es el común denominador de varios discursos que se creen optimistas.
Es natural defender lo propio, o lo que uno así considera, con los dientes y lo considero un gesto tierno. Pero debo decir que , habiendo pasado por al menos cuatro instituciones antes de ésta última, Humanidades me ha soprendido y decepcionado casi en igual medida que otras.
En la UAI, para empezar, no me dejaban entrar si no me sacaba el sombrerito. Es una boludez, lo sé, pero lidiar con boludeses como esas a diario para poder a entrar a estudiar al lugar al que les estás pagando tu título termina rompiéndole las bolas a cualquiera. Sobre todo a quien escribe, que llegaba siempre tarde y que para aligerar el 'me baño y voy', elegía el sombrero de turno que me cubriera el pelo mojado y sin peinar del viento, del frío y de la mirada ajena.
Por supuesto que todo me cerró el día en que conocimos al rector. Durante meses previo a ese acto -el tipo daba una especie de conferencia- los profesores mismos nos estuvieron preparando psiquicamente. 'Qué exagerados', pensé siempre. Pero no. El Señor rector era más facho de lo que pensábamos. No recuerdo bien cuanto duró pero al menos tres cuartos de la charla estuvo centrada en la importancia de la imagen de los estudiante de la UAI , bardeando sin pudor ciertas costumbres: piercings y tatuajes. El rector nos dijo claramente que no quería que gente de baja autoestima representara a la instutición insistiendo en que la imagen propia es lo que uno utiliza para venderse. Por suerte me había sentado lejos.
En el traductorado la cosa era distinta. El Olga Cossettini es la casa femenina de estudios de la ciudad y no quiero sonar misógina con esto pero creo que por eso duré menos que en cualquier otro lugar. No es que no haya hombres pero son los menos , más aún en el estudio de idiomas.
Para entrar se tomaban exámenes eliminatorios que, según recuerdo, he llegado a comparar con audiciones de bailarinas del Royal Ballet . La competencia es tal que al casting de bailarinas me faltaría agregarle una pizca de Detroit gangster-girls, de esas que te rebajan y miran con tanto odio que en sus pupilas se dibuja un gran Bitch en grafiti. Claro que hablo en términos generales – no todas eran tan mierda- pero me detengo en esta parte porque la recuerdo y me dan ganas de volver a anotarme para revivir esa experiecia y registrarla en video.
El examen se dividía en tres partes y si aprobabas con más de ocho, tenías el privilegio de elegir en qué turno cursar o, directamente, te mandaban a la mañana. Eso ya implicaba algo interesante: las de la noche eran la resaca.
A mi me fue bien y por el horario y 'el miedo a la zona' que tenía mi vieja, probé ir a la mañana.
Duré una semana. Ahí descubrí que los terciarios poco se distinguen de sistema escolar (toman lista y te retan o amenazan con echarte de la clase)y que mi curso poco tenía de amigable.
Al traductorado no se iba a aprender sino a demostrar lo que ya sabés y lo bien que te vestís, en pocas palabras. Yo en esa época quería ser Brody Dalle, la cantante punk de Distillers pero rescatada y antes de las drogas (si es que tuvo un antes) y nunca creí que unas tiernas bucaneras a rayas fuesen a provocar tanto revuelo. No me vestía como gato pero siempre defendí mi derecho a ponerme lo que me hiciera feliz que no era más que seguir instrucciones maternas post- pubertad forrada en Archie Reiton en la que mi mamá, con algo de culpa por haber elegido mi ropa por tanto tiempo, me obligó a rebelarme.
En fin, me quedan tres carreras abandonadas más por describir pero quiero evitar eso y pasar directamente a mi querida Humanidades (ven, ya le puse un 'mi').
Confieso que el día en que fui a anotarme sabía que estaba súper fuera de término y fue por eso que dejé en manos del destino (esta vez sin confite de por medio) la decisión final, si no había más cupos para Filosofía, me anotaba en Letras.
'No, es raro que se llene el cupo para filo. Decime, cómo es tu apellido?, me dijo el tipo de alumnado listo para anotarme, con menos de la mitad de las cosas que me pedían.
'Qué buena gente, re poco burocráticos', pensé.
Ese mismo día en el pasillo conocí a Lily, una estudiante de artes que me habló porque llevaba puesta mi remera de Dalí. Lily tenía la boca pintada de rojo intenso y hablaba con bastante soltura. Me gusta la gente que no se sorprende ni te mira mal si le hacés una pregunta para entablar una conversación.
Con el tiempo, fui reconociendo patrones que se repetían en estudiantes de una misma carrera y salían a colación siempre que nos burlábamos de los no-filósofos. Si bien todos los que estudiamos en Humanidades estamos englobados en una etiqueta común, la de jipis, algunos de nosotros nos esforzamos por esclarecer los límites entre los tipos de jipis porque odiamos que nos llamen así.
'Los de ciencias de la educación son ladrones, son esos que pueden dar clase de casi cualquier otra carrera que se dicte en la facu. Una mierda', me asesoró una compañera de Antropología cuando le pregunté qué es exactamente lo que estudian.
De eso, filtré como data importante: ciencias de la educación= ladrones.
Sobre la gente de Letras no necesité consultar demasiado. Con mirarlos a los ojos era suficiente: 'Esta gente sufre', deduje. No sé si es que el programa de la carrera es durísimo o si fingen una depresión para escribir más profundamente o venderse como gente hipersensible pero la cosa es que sus caras siempre me conmovieron.
Los de Antropología, mis favoritos, son los más reconocibles. Suelen llevar algún colgante con alguna piedra o semillita, rastas y-o algún sticker o estampa en algún lado que los muestre preocupados por la situación de los pueblos originarios. Este último punto es, estadísticamente, uno de los pocos temas sobre los que se puede ver a un futuro antropólogo erectarse en una simple charla de pasillo. Por cada diálogo relacionado al objetivo de la carrera se estiman unas tres repeticiones, como mínimo, de los términos: primitivo, originario y otredad. Se apasionan, eso me gusta.
Entre los tracks de sus gustos musicales está Tonolec o bandas latinoamericanas que hagan canciones para cachenguear un poco. Y cuidadito con confundirlo con cumbia local porque si te cruzaste con un antro extremo te comés la reseña sobre música centro y latinoamericana de tu vida.
En Bellas Artes están las chicas lindas o que más se arreglan. O al menos eso me dijo el 70% del plantel masculino de la facultad. Un chico cuya identidad no voy a revelar le dijo a modo de piropo a una amiga que era raro que estudiara filosofía ya que en nuestra carrera no hay lindas pibas. Eso me ayudó a entender más.
Artes y Filo concentran el mayor número de hipsters de Humanidades. Un gran porcentaje de las chicas de arte diseñan y-o confeccionan su propia ropa – y te lo hacen saber apenas tienen la oportunidad- o son muralistas. Éstas últimas me caen genial. El mundo del dibujo y la pintura me es tan extraño e inalcanzable que siento que quienes usan tan bien ese hemisferio cerebral tienen algo especial que me hace querer ser amiga de todas ellas.
Los futuros filósofos y filósofos wannabe no somos ni un poquito menos estereotipables.
Si bien la barba es común y afecta a la mayoría de los estudiantes de Humanidades (por suerte sólo a hombres hasta ahora), es fácil notar que en Filo este ingrediente es casi un requisito. Cúlpense a los griegos o a las estatuas que en su memoria se han erigido pero les aseguro que no se ha registrado heladera con post-it que aliste una Gillete en casa de estos muchachos. Ni siquiera una Bic, que son más baratas.
Otro dato que me es llamativo de la gente de filo es que cuanto más avanzados están en la carrera, más fobia parecen tenerle al contacto con la gente. Y aquellos que no están contemplados bajo esta característica son por demás de cerrados y discuten con vehemencia cualquier tema hasta tener la razón, cual sofista justificando sus honorarios.
La playlist de un futuro filósofo, además de rock nacional, tiene Radiohead y alguna banda poco popular y preferentemente indie que se idolatra con frecuencia. Siempre que puedan, estos especímenes desviarán cualquier conversación al camino del absurdo, perdición y fatalidad: la cuestión del ser.
Y si notan que sus planteos se van a la mierda en vuelapelos tratarán de re-encaminarlos criticando al sistema o la superficialidad de la gente. La gente que por supuesto, nunca es uno.
Respecto de la superficialidad, hay entre hombres como mujeres una suerte de acuerdo ímplicito que se vuelve reclamo si algun@ cae con ropa de marca. Estos traidores son una amenaza, perjudican la reputación de los fillósofos que se cagan en la estética y que sólo viven para cuestionarse el ser y la razón y se rehúsan a usar camperas Adidas, a menos que sean de feria o revelen años de uso con agujeros en las axilas
Tengo una compañera que va siempre divina y maquillada a clase y casi que la sentencian por esto. No importa si tiene cerebro y lo usa, el buen vestuario y el maquillaje no con correlativos con la filosofía. Esto a su vez, encubre otra convicción que opone belleza- o el verse bien según standares impuestos- con pensamiento. Como cuando tu amigo te dice que la mina que se está encarando es divina o súper inteligente y no detalla en la cuestión física. Probablemente se me tilde de sorete prejuicioso por lo que estoy diciendo pero sé que estoy siendo portavoz del lado cruel que muchos reprimen pero en el fondo existe y se alborota con esto que digo.
Hace un tiempo me fumé una descarga de ira de una chica que criticaba a una estudiante de filo que tenía las tetas hechas. Me habló pestes de ella y no paraba de cuestionarse qué hacía una plástica estudiando en Humanidades. La dejé descargarse con mi mejor cara de poker y a veces fingiendo estar de acuerdo para analizar su discurso.
De todos modos, el prejuicio no es exclusivo de los estudiantes sino que algunos profes no quieren ser menos y nadan en el mismo andaribel de prejuicio que nosotros.
Cerca de un més atrás, un profe mostró la hilacha preguntando, en tono desafiante, cuántos rugbyers o deportistas en general había en la clase. Para mala leche suya y victoria nuestra, algunos valientes levantaron la mano, en son de protesta, para contrariarlo. Si bien en el fondo podemos estar un poquito de acuerdo con él, no daba para que un profesor se sublevara públicamente con tanta comodidad . Este tipo no filtra mucho y dice cosas en clase que a lo mejor debiera guardarse para reirse luego con sus amigos. Pero a la vez, eso hace que me caiga bien.
Si leyeron atentamente , deberían haber notado que no me incluí en la descripción de los estudiantes de filosofía ni en casi ninguna crítica. Quiero aclararles, antes de que se me adelanten, que no es que me considere superior pero evaluando lo analizado, no estoy en condiciones de decir nada de lo que dije y les diré por qué. Según me han dicho, me visto como estudiante de Artes -sólo que no sé hacer mi propia ropa-, hago y disfruto hacer ejercicio, escuché Britney mucho tiempo, me encantan las fiestas electrónicas y encima tengo tetas plásticas.
Lo bueno de haber desarrollado el tema del prejuicio sin esconder el propio y admitiendo ser una anti-estereotipo que bardea pero también se rige por el convencionalismo, me vuelve una criticona un poco más honesta.
Yo no sé que carajo hago estudiando filosofía cuando todos sabemos que el diseño de moda es un terreno tanto más prometedor para una pseudo hipster con tatuajes y vestuario excéntrico como el mío.
Tendría que haber ido a la Expocarreras que se hizo ayer y replantear mi situación. Por lo pronto, hay algo de lo que estoy segura: con tetas no se puede filosofar.