miércoles, 10 de septiembre de 2014

Sumisión en la peatonal

Me equivoqué de bondi, otra vez. Cada vez que me pasa siento que es el 112 mostrándome sus celos -y cada vez que lo pienso me siento una boluda. Me bajo apenas me doy cuenta y, sin planearlo, me encuentro otra vez caminando por la odiada peatonal, la pasarela por la que desfila toda la gente que vos no querés ver. Empiezo a caminar cada vez más rápido, elijo las canciones que quiero escuchar hoy -día nublado post lluvia y limpieza- y al ritmo de Rancid camino imaginando que lidero una patota de punkrockers dispuestos a romper vidrieras y, otra vez, quiero jugar a que soy el tipo del video Bittersweet Simphony. Me corro para el lado que más gente pasa y me propongo mirar a quien venga caminando frente a mí con tal fuerza que logre hacerlo correr, la meta es que sea el otro quien se corra y yo pase victoriosa. Empiezo con una señora que viene retando a su -quizás- hija, no me importa, no me dejo conmover, nos acercamos cada vez más hasta que un hombrazo más tarde nos chocamos. Ella me mira y parece saber todo, enseguida me disculpo, con cara de cachorra arrepentida, y culpa. Ahora además de frustrada me siento forra, justo vengo a jugar al ‘correte vos’ con una señora que va ocupada con su hija -que seguro es un demonio que la hace renegar- pensando en cosas seguramente más importantes que las mías. En eso, siento que la patota de punkrockers me deja, que se va con una líder menos sumisa que no se deja conmover por una señora que seguramente se preocupa por mantener ocupada a su hija para poder ir a la manicura y seducir a su jefe para ascender en la oficina. Vuelvo a jugar, ahora con un grupo de chicos carilindos. Imagino, prejuiciosamente, que hablan del finde y de las fotos del boliche y de la ph forra que los escrachó en una foto horrorosa. Es una presa ideal, el desafío es muy grande y están cada vez más cerca. Me miro fuerte con unos de ellos con mi mejor cara de orto y cuando nos estamos por chocar, se corre; gané. Ahora suena NOFX y al ritmo de Don’t call me white pateo saboreando mi victoria. A la distancia diviso un grupo de púberes conflictivos: nuevo reto. Al acercarnos unos metros detecto un grado de descaro en ellos con el que no creo poder lidiar. Seguro son los que hacen bullying en el curso, lo sé. Veo el asco con  que miran a la gente pasar y la fuerza e intensidad de sus miradas me hace sentir Eminem en medio de raperos negros de la vieja escuela, Ale Sergi en Valentín Alsina un Miércoles de madrugada, Iggy Azalea en una riña de gallos de negras. Aborto la misión, esta vez con una serie de argumentos a mi favor: que conocer las limitaciones de una misma no es ser cagona sino inteligente y que -en todo caso- es preferible salir herido en defensa de otro o por una causa real, que valga la bajada de comedor. Toda la cuadra siguiente pienso en empezar un arte marcial pero termino resignándome, pienso que -de hacerlo- estaría atrayendo situaciones violentas a mi vida.

Ahora escucho Libertines, ‘Don’t look back into the sun’, de repente pienso en lo feliz que soy, incluso en mi sumisión. Juego a no pisar los bordes de las baldosas.


lunes, 1 de septiembre de 2014

La niña tímida y los adultos-reflectores

 A veces pienso que los padres mandan  a sus hijos a aprender diferentes actividades para luego exponerlos en alguna reunión familiar o, lo que es peor, de mujeres que venden Tupperware, Essen o Mary Kay. De hecho, he llegado a pensar que la venta por catálogo y las -en su momento- populares limpiezas de cutis que organizaba la revendedora en su casa eran una trampa siniestra para traumar niños. La hija o hijo de la revendedora por lo general padecía estas juntadas por lo que, en ocasiones, ha llegado a inventar  enfermedades o huir con algún amigo invisible a otra parte, a otro mundo.
Nunca faltaba en estas mesas un triángulo maldito de mujeres compuesto por alguna de risa estrafalaria -que generaba una mezcla de pánico y vergüenza ajena, o ambas- alguna otra que no opinaba sobre nada sino que resaltaba la opinión ajena y , las más temida de todas: la humilladora. Por supuesto que el triángulo maldito actuaba con total permiso de la madre quien, cuando se trataba de festejar a la nena, experimentaba un significativo agrandamiento de busto, una manifestación física del orgullo materno producto de la concepción de la criatura como una prolongación de su propio ser. Algo similar, o quizás el equivalente, a lo que algunos hombres sienten en su miembro cuando su preciado vehículo es venerado.
Los niños más afectados eran aquellos que para llegar al baño tenían que atravesar el living o comedor donde se llevaban a cabo dichas reuniones. No me sorprendería enterarme de que alguno meara en la abandonada pelela o, en casos extremos, se hiciera encima con tal de esquivar la incomodidad.
La escena solía comenzar con algún diálogo de esta naturaleza:
- Vení, mi amor, mostrale a las ‘chicas’ lo que aprendiste en danza
- Pero mami, hace dos clases empecé.
- Ay dale, no seas tímida, mostrales la palomita esa que me hiciste el otro día.
- Es un arabesque pero no me sale.
- Bueno dale, algo que te salga
- No mami, basta, sé hacer un demi plié, nomás.
- Hacelo, dale a ver. Miren, mirenla que divina cómo le sale.
Las ‘chicas’ amigas festejaban cualquier cosa con tal de acotar una apreciación  generando un paréntesis en el tiempo -y luego en la vida de la niña- saturado de exageraciones que lejos de motivar, promovían ideas suicidas. 
- No, no te puedo creer, es divina. Mirá cómo  pone el bracito
- Ay esta chica nació para esto, aparte es delgadita así cualquiera. ¿Te imaginás nosotras ahora haciendo un 'semi pliegue' o eso que hace? (no importa cuán sencillo fuese el nombre del paso, el adulto adulador siempre lo decía mal)
- Ja ja, ¡qué plato! Y qué dulce ella, es la próxima bailarina del Colón, la próxima, ¿cómo se llama la nena esta que baila tan lindo?
- ¡La Paloma!
- Ay, si. La Paloma, ¡qué rica chica!
El diálogo podía volverse eterno por lo que era conveniente no acotar más que un suspiro para no alimentar el fuego. Cabe aclarar, además, que la escena sucedía y se prolongaba en presencia y en la cara de la niña que, por larguísimos minutos, veía en primer plano -y cual reflectores- dentaduras, arrugas, entrecejos y cejas agrandarse sin control para acentuar un presunto asombro.
Las niñas que disfrutaban de la adulación de los adultos reflectores son, en su gran mayoría, las que en su adolescencia temprana asistieron a cual casting existiera y soñaban con ser reina de Colectividades o alguna de esas fiestas de las que los Cualca tan bien se burlan.
El resto, por el contrario, formó parte de los grupos de niños problemáticos de cada curso y en camino a su adultez desarrolló un fuerte interés por todo aquello que, en su momento, no fue socialmente aceptado: piercings, tatuajes, drogas, destrucción esporádica de vajillas varias y, en los peores casos, autoflagelo.




domingo, 31 de agosto de 2014

Pencils gonna hate

Un día, cansada de su trazo se pasó a la tinta. Los lápices se juntaron a sacarse punta y, cual reunión en peluquería de humanos, hablaron pestes de ella toda la tarde. ‘Es una careta, seguro que ahora duerme en cartuchera cara’. Los lápices, ahora unidos por un odio y enemigo común, tramaron un plan siniestro contra las biromes y se jactaban cada vez más de habitar lugares recónditos como cajones olvidados u orejas de carpinteros. ‘Dejala, seguro ahora se junta con las sharpies y sale a escritorios de diseñadores’, gruñían entre sí.
Ella, que apenas empezaba a testear un nuevo trazo, temía tanto que manchaba sus garabatos, no lograba controlar sus líneas. Otras veces, directamente, se paralizaba.
‘Carpetario es una porquería, yo me quiero mudar a Nuevas Hojas, ahí tengo plumas amigas que no se comen el viaje ni te tildan de ‘parker’ si querés cambiar’, se repetía una y otra vez.
Los  nuevos escritorios la asustaban muchísimo. El abandono de sus amigos la obligó a empezar de cero y se encontró, de pronto, garabateando con fibrones. Sí, con los más cabeza de todos, esos de los que su madre le rogaba cuidarse. Fueron tan buenos con ella que, de a poco, fue desmintiendo todos sus prejuicios hasta juntarse, incluso, con los resaltadores flúo, los más delirantes de todos. ‘A la gilada ni cabida, nosotros los pasamos por encima’, exclamaban los flúo en medio de carcajadas que, de tan fuertes, machucaban sus puntas. Sus nuevos compañeros le brindaron todo el apoyo que sus ex-amigos lápices le negaron.
Con tiempo y dedicación, logró perfeccionar su trazo y comenzó a compartir cartucheras con resaltadores, fibrones, crayones y gomas- porque gomas nunca faltan. Convivía en perfecta armonía intercambiando trucos con sus colegas y complementándose con otros trazos amigos.
Una tarde, jugando con los flúo, notó que uno de ellos -aparentemente nuevo en la manada- se mantenía lejos de la hoja. Se acercó a conocerlo y notando su resistencia a quitarse el capuchón, lo amenazó con mancharlo en tinta. El tímido flúo, finalmente, se quitó el capuchón dejándola totalmente shockeada. Era él, uno de los lápices que tanto la había difamado por haberse vuelto birome. ‘Perdón, te bardée por envidioso, por cómo te decidiste a probar la tinta. Yo siempre quise ser flúo’. Ella, conmovida, entendió que le hablaba desde lo más profundo de su mina, ahora refill, y le agradeció la disculpa.


Desde entonces, hacen de las suyas en todos los escritorios: motivan a los jóvenes lápices a probar nuevas tintas y frenan a los fibrones inconformistas que bardean a todos: a los no-fibrones por no ser como ellos  y a los que quieren serlo, por querer ser como ellos. En cada hoja que encuentran cerca de los lapicitos escriben un mensaje que escandaliza a las castas de lápices y portaminas más conservadoras: ‘Escribí en la tinta que quieras, que mientras las ganas sean genuinas, no hay fibrón cabeza que pueda tacharte’.


miércoles, 20 de agosto de 2014

Bye-bye Wonder

De las casi ninguna bici que tuve, la Wonder fue la que mejor me quedaba. Azul con un 'wonder' en rojo, a lo mujer maravilla, como lo que queda de mi bolsito Vespa. Asiento incómodo, pintura algo gastada, ruedas intactas, cambios duros pero aún obedientes. La vi con un cartelito de 'se vende' en la puerta de una zapatería: '900 pe', presumía; arreglamos por 700. Éramos la una para la otra, o eso me gustaba creer.
Una tarde fui al departamento de mi única amiga colorada y la dupla Wonder & Moli se acabó. Ella me esperaba atada a un cartel de parquímetro sin saber que más tarde un atrevido le cortaría su collar plateado y la llevaría lejos de mí y mis besitos de 'esperame acá'. Pobrecita, la imagino resistiéndose y me lleno de impotencia. Yo sé que luchaste por quedarte y como dice el Ricky: aún yo te recuerdo.
La sorpresa vino primero, la incertidumbre después, por último el dolor. Stefanía bajó a despedirme y un beso y portazo más tarde, me acerqué al cartel y quedé paralizada.
Qué boluda, otra vez me olvido de dónde dejo la ...No, no pará. Yo la dejé acá. No te puedo creer,  me robaron. ¿Y ahora? En la vereda de enfrente había una obra, los obreros me miraban, por la vereda circulaba gente apurada, todos sonreían, algunos caminaban wasapeando, quizás organizando una pedaleada vespertina. En ese momento todos tenían bicis y eran felices, todos menos yo, la robada.
De inmediato saqué el celular del bolso, fingí buscar un número mientras calculaba mi próximo movimiento. Mirar y no mirar el celular es mi standby más efectivo, el margen donde pienso, decido, tomo carrera; funciona siempre.
¿Qué se hace cuando te roban así, a tus espaldas? Porque claro, de haberla tenido puesta -andando- hubiese, cuanto menos, gritado. Pero ahora nadie sabe de mi desgracia y si bien tengo el celular en mano y no paro de comerme la uña del anular -la más curtida-, mis ojos están en el cartel, revisando la escena del crimen sin encontrar una puta evidencia.
¿Llamo a alguien? ¿Lo tuiteo? La policía acá no aplica, ¿no? No, casi nunca lo hace. ¿Le cuento a mamá? Es la hora de la siesta. Pero bueno esto es un robo, amerita una interrupción. Primero camino y salgo de acá, que seguro ya todos me están viendo la cara de robada. Ya sé, voy al kiosko, tengo que cargar la tarjeta del bondi. Mierda, me robaron. Sigo cayendo, ya empiezo a sufrir.
Le mandé un mensaje a Stefanía para contarle y, como era de suponer, me llamó. 'Ay manita no sé que decirte, me siento re mal'. Su vocecita de muñeca ahora cargaba una culpa absurda. 'Vos no me la robaste boluda, todo bien, te contaba nomás'. Igual la entiendo, yo también me hubiera sentido mal, en nombre de su barrio que no es barrio. En el centro no se habla de barrios sino de zonas. Su zona la hacía quedar mal, de ahí la culpa, supongo.
Caminé a la parada de mi querido 112. Demoró más que nunca, supuse que era su forma de celarme. Cuando por fin llegó -obviamente sin asiento libre- me subí y agarré fuerte de su baranda, caño, como mejor suene. Apretaba con fuerza, me atreví a imaginar que lo masturbaba y por mi cabeza pasaron Franco, Juan, Hernán y todos los chicos lindos y desconocidos que el 112 me prestaba por unas cuadras. La fantasía duró poco, mi represora interna remarcó lo bizarro de la escena '¿posta pajeás un bondi?'. Asiento libre, al fin; me senté, chau masturbación y catequistas enojadas.
Sentada junto a la ventana, encendí la super ocho mental de relaciones y reflexiones: 'wonder' significa maravillarse, preguntarse, asombro; 'one hit wonder' es un hit que la pega un día y luego desaparece. Si, puede tener que ver. Soy tan buena relacionando y buscando casualidades que de a ratos la Tana Ferro me cachetea y me doy asco. Jodorowsky y la boluda de Conny Mendez dicen que el robo no existe, que si lo roban no fue tuyo o fue un préstamo. Me prestaron las preguntas, el asombro, la duda, pero ahora ya está. Adiós a todo eso, supongo que llegó o está por llegar la acción.
Ahora que tipeo y sigo pensando, enumero todas las cosas buenas que pasaron después del 'robo'. No sé si el wondering terminó, pero el 'win some lose some' aplica a la perfección. A veces soy tan optimista que me doy miedo.








lunes, 14 de julio de 2014

Reseñas de diálogos eternos, Parte I (el eterno soliloquio)


Te miro hablar, ya no te escucho. Tus palabras atolondradas entorpecen el camino, se empujan, arman un pogo, hacen slam, se golpean fuerte entre sí. Te sigo mirando, me detengo un rato en tus ojos. Pienso en contar las pestañas, en calcular la curvatura de tus cejas. Estaciono después en tu boca, la imagino maquillada, con un bigote surrealista, con más y menos grietas en los labios. Me pregunto qué guardan tus grietas, por qué están ahí y cuántos besos bastarían para borrarlas. La imagino al revés y veo tu mentón como la frente de una pequeña y extraña criatura; me río. Ahora estás convencida de que mi risa fue una aprobación, de que pienso igual que vos acerca de vaya saber uno qué cosa. Y seguís hablando. De a poco y con esfuerzo, mi cámara lenta te sigue mirando y esboza, sin permiso, un paisaje a tu alrededor. Son montañas, de a ratos rusas. Suben y bajan bruscamente, tus ojos y tus manos acompañan, siguen el frenesí. Mozart pinta la música de la escena, cada vez más dramática, cada más Requiem. Pronostico un portazo o un grito o una carcajada; no sé qué nos trajo hasta el estribillo, cómo saldremos, ni qué estarás diciendo. Me cuelgo en tu bufanda, no puedo irme de allí. Me parece la más hermosa que he visto en mucho tiempo, no entiendo cómo no la note antes. Quisiera preguntarte por ella pero no me animo a volver. Ya no recuerdo por qué estoy a tu lado ni qué desgracia propició esta charla devenida soliloquio. Veo en tu bufanda una catarata furiosa por la que deseo te sumerjas hasta desaparecer. Lo imagino con tanta fuerza que por un instante lo creo posible y cierro los ojos, tentando a la magia, invitándola a sorpredenderme. Vuelvo a abrirlos y seguís ahí, sólo que ahora furiosa -como la catarata que no fue . Un apagón desdibuja el paisaje, me sacude y entonces me dibujás un estrado, me acercás un micrófono. Estoy por mentirte, otra vez.



jueves, 3 de julio de 2014

Infortunios de probador (sobre la adulación de las vendedoras y los encuentros de mierda)

Todas disfrutamos ir de compras, incluso las anti-sistema, las que sólo compran en ferias, las under y las que se jactan de la misma remera que las obliga a esconder sus placeres prohibidos.
Fue entonces que liberando por completo mi cromosoma consumista me convencí, con admirable facilidad, de que ya era hora, de que merecía una remerita nueva. Hice, de todos modos, lo que toda culpógena pelotuda hace para justificar un gasto innecesario: revisar la parte pobre del placard y señalar las prendas más abatidas para convencer a un otro presente, o a una misma, de que no se trata de un capricho sino de una  necesidad. Con la misma seriedad y dramatismo con el que reclamaríamos un subsidio del estado.
Como es habitual, me caminé todo el centro; de San Luis a San Lorenzo, incluyendo los lugares caros. Esos lugares donde sabés que no vas a llevar nada -más que, con suerte, el saludo de la vendedora- pero igual disfrutás jugar con la susceptibilidad de las comerciantes fingiendo estar por comprar algo carísimo cuando no te alcanza ni para el tacho a casa.
Fui a mi local de siempre. Uno que tranquilamente pasa por local de San Luis pero está en  una galería chetita. Las vendedoras de Suitcat, al igual que las de la galería Cassini, sueltan halagos que de tan exacerbados pecan de sarcásticos. Me probé una blusa que claramente no era mi talla pero me exigí encajarme. En tanto que luchaba por desprendérmela sin que ningún 'crack' de la costura que me condenara, percibí una voz por de más de conocida. Era él, el que alguna vez había sido 'el chico lindo de facebook', ahora muy bien acompañado por una minita cuya cintura, más sinuosa que la de una guitarra, intimidaba a toda la peatonal.
- ¡Mirá vos! Este gil anda con la reina de la crema....¡¿Y ésta que se hace la A.Y Not Dead se viste en mi local mersa?!. La curiosidad me acorralaba y el rincón extremadamente reducido que mal llaman probador no me dejaba mover y sufría el golpe constante de mis brazadas. Espiaba desde un agujerito que había improvisado estirando la cortina y asomando un dedo. Era tan obvio que hasta la boluda de la vendedora 
seguro lo habría notado. Y pareció corroborarlo cuando por desgracia intervino:
- ¿Y Negri? ¿Cómo quedó esa blusita fucsia? ¿Puedo abrir?
Le acepté el negri, dejé pasar la data de mi prenda pero ¿la intromisión?
- No, no pará. Todavía me estoy cambiando.
- Bueno, pero ¿te quedó bien? Porque encontré un 'l' que capaz te entra mejor.
Por fortuna soy oscurita -rara vez me ruborizo- y las cortinas seguían cerradas. Con la poca dignidad que me quedaba le agradecí y expliqué que no quería nada, siempre desde adentro.
La forra pasaba perchas cual inspectora, igual que yo. Lo que me hizo pensar que seguramente sentía mi mismo dolor de bicep capitalista, tal como apodé una tarde luego de revisar al menos cien percheros.
Él, el que estaba bueno pero nunca me había dado bola ni supo que había sido mi chongo imaginario, parado a su lado. Faldero como jamás lo hubiera imaginado. Firme, mostrándose atento e interesado y asintiendo a sus preferencias. En mi cabeza resonaban las voces viriles de mi familia, mi cuñado, sobre todo, mi papá más cercano: 'Es puto, si mira tanto la ropa es puto'. Pero no, no era puto. Está bueno y anda con la cream queen, como una prompt queen pero con años de caravana encima.
Esperé hasta que por fin se fueron, con las manos vacías, para salir de la jaula.
- Dejá, yo la doblo. Me dijo la halagadora. Y mientras me acomodaba la pila de abrigos que vestía insistió:
-Ah, por las dudas, este modelito que miró la chica recién es parecido al que te probaste por si lo querés medir. Tengo tu talle.
La miré con el mismo odio que miraba a los carnívoros cuando hacían chistes anti vegetarianos y le contesté:
- No, nada que ver. No somos, emm, digo, no son parecidos.
Me fui cargando un enojo tan patético que de haber habido puerta le hubiera dado un portazo.



martes, 1 de julio de 2014

Teacher pero eterna recursante


Junio me regaló la más valiosa de las oportunidades : la de trabajar con niños, o niña en mi caso. Se llama Morena y tiene apenas seis años. Nos conocimos con la excusa de una sesión de fotos pero afianzamos una amistad cuando llegaron las clases de inglés y pasé a ser su teacher. Tenía prueba de inglés y su mamá quería que la ayudara a repasar colores, números hasta el cinco y algunos adjetivos. Hasta entonces mis alumnitos más chicos habían sido de diez años por lo que Morena representaba un desafío, no sólo por su edad sino también su personalidad. Ella tiene el grandioso don de pasar de un musical de Violetta a una conferencia en la que, cual miembro de la Rae, conceptualiza términos que ni yo tengo aún definidos. La semana pasada, por ejemplo, me dijo que 'la adolescencia es cuando tenés infancia pero podés tener novio porque estás en la secundaria'. Yo sigo dudando si alguna vez fui adolescente, esta nena me hace replantear demasiadas cosas. Ahora bien, la verdadera dificultad a la hora de enseñarle era la escritura, ¿cómo le explico a una nena que recién aprendió a escribir su nombre que las palabras en inglés se escriben de una forma y se dicen de otra? Por suerte no es la ortografía ni el deletreo lo que primero atienden las teachers sino la asociación, lo que happy significa, por más 'p' que falte o 'y' devenida 'i'. Siguiendo esta idea, empezamos por dibujar el clima para terminar pintando animales de diferentes colores, según un número asignado. Ella lo entendió de inmediato y desde entonces me pide ese ejercicio porque dice que así aprende más. Naturalmente, lo que mayor creatividad me demandaba y sigue demandando, es llamar su atención. Mantenerla en la clase sin por eso cortar su imaginación o aburrirla. Una vez le corregí cómo había deletreado 'green' y mirándome con absoluta seguridad me dijo: 'Ya sé Moli, pasa que lo escribí como lo escribimos en mi pueblo'. Me contó que ella en verdad es de Morenalandia y que allí se escribe 'gri'. Por supuesto que me interesé en su pueblo y sus palabras y le prometí que luego de enseñarle cómo se habla en este otro lugar, en el que sólo hay inglés, podríamos ir al suyo. Seguimos repasando otros colores pero cada cinco minutos miraba un reloj y me avisaba que en Morenalandia ya estaba oscureciendo, y que si nos tardábamos mucho tendríamos que ir dando saltos porque después de cierta hora aparecían hormigas y bichos que nos obligarían a saltar. Le dije que no tenía problemas en saltar mientras repasáramos un poco más. Eventualmente terminé a los saltos. Cruzamos toda la cocina en una pata hasta llegar a su habitación: Morenalandia. 'Acá escuchamos Violetta', me dijo mientras ponía el cd en su equipo de música. Me las hacía escuchar y tanteaba mi reacción anticipando lo que se vendría. Yo también fui nena y sé lo necesario que es sentirse en confianza con alguien más grande para compartir un mismo código. Fue así que empecé a bailar libremente sin mirarla, invitándola a seguirme. De a poquito el tarareo tímido desde el borde de su cama fue creciendo y desinhibiéndose hasta volverse una coreografía con canto incluído. Cantaba a los gritos paseándose por todo su pueblo, destellaba alegría. Intuyo que hubo instantes en los que olvidó que yo estaba ahí, a su lado. Yo no me sabía las letras por lo que me perdonó el playback pero me costaba seguirle el paso. La miraba y si me detenía me retaba, me apuraba. Se movía de a ratos frenéticamente y actuaba cada verso, interpretando las palabras y exagerando gestos hasta reírse de ella misma si tropezaba o no le salían las piruetas en la cama. Supe entonces que era muy poco lo que podía enseñarle. Ella ya sabía interpretar las palabras, y lo hacía tan bien porque mientras jugaba estaba en su mayor esplendor, porque cada verso además de cantado era sentido. Yo tardaba en pensar las caras, los gestos y me estancaba en una mímica barata y predecible. Ella  lo veía pero aún así me alentaba.  La que tiene que seguir aprendiendo soy yo.