jueves, 13 de noviembre de 2014

De runner humillada a atleta consagrada (o viceversa )

Yo soy extremista, en casi todo lo que hago. Odio admitirlo pero es cierto, tengo etapas para todo. Tuve una etapa de vegana nivel Peta, de hip hopera de departamento, de cinéfila nivel encierro y la más interesante: de justiciera. De esta última pocos se enteraron -fue poco después de que nos robaran y encerraran con mamá en el baño de casa- porque temía que me denunciaran. Durante al menos un mes salí con un tramontina en el bolsillo a todos lados (incluso a Jorgito el potro, que estaba al lado de casa) y miraba a todos con desconfianza. Gracias a Buda nunca siquiera amagué a usarlo.
Dos semanas atrás regresé a mi intermitente etapa de atleta, esta vez con partner: Matías. Matt, como se hace llamar, me cruzó una vez en Scalabrini y después de burlarse de la marcha noventosa en mis auriculares y lo horrible que corría, me enseñó a trotar de verdad.  Esa tarde comprobé que el pibe era más que un buen recomendador de películas y peculiar standapero por lo que formalizamos como running couple. Gracias a él ahora resisto mucho más sin perder pulmones en el camino. Nos cebamos rápidamente y bastaron dos salidas para redoblar la apuesta: para la próxima vez corriríamos desde el Gigante hasta el Indepencia.
Como toda exagerada, comí proteínas como para todo un mes y unas pastillas de ginseng, té rojo y otros yuyos que ingeridas después de las siete son un ticket de ida al insomnio.
‘Te espero en Génova y Avellaneda’, me escribió y para sacarme la duda le pregunté si el 153 que pasa por Pellegrini me dejaba. ‘Sí, el que va para el lado de Corrientes’, agregó. Qué boludo, pensé. Era obvio que tenía que tomar el que va y no el que vuelve, por Pellegrini.
Salí media hora antes para llegar puntual porque Matías tiene la maldita costumbre de salir sin celular por lo que si no lo encontraba al llegar no era desorbitado temer lo peor -o mejor, es un pibe de gustos raros-.
Tal como le había prometido, me había vestido como para correr por Oroño: calza corta Adidas para sentir que ‘imposible is nothing’, chaleco con bolsillo para los indispensables (llave, plata, teléfono y tarjeta de bondi) porque el corpiño tiene sus límites y las zapas chetas para running, tan cómodas como horribles. Es increíble como cierto calzado permite saborear la ilusión de una espalda recta y rótulas alineadas y balanceadas por unas horas.
El sol rajaba el pavimento y derretía el colectivo. Mi bozo sudaba como en el peor de los eneros y le hablaba a todos de mi fuerza de voluntad y pasión por las pistas. Mi expresión era la de un atleta consagrado en gigantografía de Nike. Era la única runner del 153; el resto, unos tristes mortales.
Sin desatender mi fantasía, noté que seguíamos por Pellegrini y que ya habíamos pasado Avellaneda, hacía rato. Entrábamos súbitamente a un barrio que desconocía, de calles sin nombre y jaurías -por alguna razón- enojadas con nuestra llegada. El contingente de pasajeros se había reducido a seis personas: cinco claramente locales y una runner extranjera que ya no publicitaba para Nike y, en cambio, chequeaba el saldo de su teléfono.
El colectivo detuvo su marcha y refunfuñó como perro agitado en señal de cansancio. Mi arritmia nerviosa ya era un hecho.
Me paré y exagerando un protagónico de huérfana al mejor estilo Cris Morena intenté conmover al chofer con mi desventura (los tatuajes poco ayudan cuando se intenta enternecer).
‘Tu amigo te mandó para cualquier lado’, me dijo prendiéndose un cigarro con una sonrisa que invitaba al diálogo. Me aliviaba saber que no estaría sola en pleno Bronx al bajar del bondi. ‘Si querés quedate sentada acá, yo me tomo algo y en veinte vuelvo a salir’, me sugirió. Supuse que habría notado la contracción de mis glúteos -claramente nerviosa- y acepté con falsa despreocupación: ‘Bueno, dale. Todo bien igual, eh’.
¿Tanto semáforo y hostal boliviano de mala muerte para asustarme por un barrio de pinta fulera? No era tanto el prejuicio del lugar sino mi look runner, cheta y regalada como pocas veces, lo que más me comprometía. Recordé la charla Ted sobre expresión corporal y me acomodé descomprimiendo glúteos y hombros, con un pie contra el respaldo de otro asiento y la frente en alto, tan gangster como mi imaginación lo aprobaba. De afuera debí haberme visto como un caniche gruñón ladrando desde un auto, como un típico macho beta que grita ‘soltame que lo mato’ cuando nadie lo detiene, pero bastó para aliviar mi inseguridad.
A los veinte minutos clavados, el chofer volvió a subir. Yo salí del papel de negra del Bronx y volví a mi realidad de runner humillada. Para ese entonces eran pasadas las siete y el hijo de puta de Matt ni un mensaje me había mandado. Me bajé cerca del Independencia y corrí sola. Pensar las puteadas para Matías me motivó muchísimo y  batí mi propio record de seis vueltas sin parar. Me volví a casa victoriosa, con la remera empapada y las piernas de hierro. Matt ya me chupaba un huevo, había vuelto a la publicidad de Nike.




martes, 4 de noviembre de 2014

A las putas, Dios no nos habla.


Madre Cabrini, como toda escuela católica, ofrecía a sus alumnas una misa semanal en su capilla con un previo o miércoles detox en los que nos invitaban a pasar factura de nuestras travesuras con un señor de blanco que, a través de una ventanita de madera agujereada a lo mosquitero, nos perdonaba todo. Las chicas decían que los agujeritos servían para que el tipo no nos fichara pero yo nunca entendí por qué nos hubiera juzgado si era tan bueno como todos decían. Para mí, los agujeros eran para que el pobre tipo no se contagiara de nuestros pecados, era una suerte de protección; un profiláctico espiritual.
En mi curso, durante unos años, fuimos veinticuatro. Casi que podría enumerar los apellidos y nombres de cada una en el orden alfabético de la lista. De las veinticuatro, yo era la número trece (dejo a mano este dato por si más adelante quieren sacar conclusiones) y la única con baja señal para hablar con Dios.
Los cuadernillos que armaban las catequistas, además de arcas de noé para colorear y morbosos lyrics que repetíamos por inercia, tenían actividades re difíciles que incluían, entre otras, charlas con Dios o alguno de allá del cielo. Por lo general, esta tarea se hacía en casa; no es fácil concentrarse en clase ni es justo para el pobre Dios tener que estar en línea con veinticuatro chicas a la vez.
Si bien mi ñoñez me obligaba a participar siempre en clase -actitud que ofendía a las celosas y aliviaba a las irresponsables-, mi mano se escondía cuando la catequista pedía testimonios de nuestros diálogos con diosito. Nunca entendí bien por qué todas querían participar pero me servían para disimular mi silencio. Y no es que yo no hiciera mi tarea, es que por más duro que trataba, a mí Dios no me hablaba. La seño decía que sabríamos cuando Él nos estuviera hablando porque lo sentiríamos en el cuerpo, seguramente cerca del órgano cardíaco. A lo mejor mi cuerpo me hacía trampa o el exceso de Touched by Angel -la serie religiosa de la Warner-  me estaba afectando pero lo cierto es que pensar fuerte me daba mucho hambre o el diablo se burlaba de mí invadiendome con imágenes de cosas obscenas que de haberse enterado, Dios se hubiera enojado muchísimo.
Yo que quería ser monja y rezaba en todos los recreos largos -porque hasta tercer grado no tuve amiguitas- no podía estar más preocupada por los inodoros, penes y malas palabras proyectándose dentro mío cada vez que me concentraba tratando de llamar a Dios. ¿Por qué a mis compañeras les hablaba y a mí no? ¿Por qué concentrarme para invocarlo implicaba revivir la escena del día en que abrí apurada la puerta del baño y ví el pene de papá?
Por mucho tiempo pensé que Dios me hacía revivirla a modo de amenaza y que por haber visto un pene a tan temprana edad sufriría el castigo de no poder hablarle. Sabía que si la seño me hacía compartir mi testimonio no podía inventar una historia porque habría estado mintiendo pero, a su vez, contar la verdad me hubiera condenado de por vida y quizás me hubieran apedreado como a María Magdalena, la puta de la Biblia (en un sueño recuerdo haber idealizado el vestuario para el día de mi condena).

De todos modos, escuchar los testimonios de mis compañeras me hizo dar cuenta de un par de cosas. Primero que todo, que Dios usaba la misma grabación para todas -o que la mayoría necesitaba oír lo mismo-  porque a cada una de ellas les repetía que se portaran bien, que Él las amaba y que las cuidaba en todo momento. Lo segundo que descubrí se desencadena de lo anterior: si es cierto que fui de las últimas en hacerse una paja sin culpa, entonces mis compañeras son unas morbosas. Si tanto les recalcó que Él las cuidaba todo el tiempo, de seguro se pajearon muchísimas veces con Dios en línea. Me pregunto que castigo les habrá tocado a ellas.





miércoles, 10 de septiembre de 2014

Sumisión en la peatonal

Me equivoqué de bondi, otra vez. Cada vez que me pasa siento que es el 112 mostrándome sus celos -y cada vez que lo pienso me siento una boluda. Me bajo apenas me doy cuenta y, sin planearlo, me encuentro otra vez caminando por la odiada peatonal, la pasarela por la que desfila toda la gente que vos no querés ver. Empiezo a caminar cada vez más rápido, elijo las canciones que quiero escuchar hoy -día nublado post lluvia y limpieza- y al ritmo de Rancid camino imaginando que lidero una patota de punkrockers dispuestos a romper vidrieras y, otra vez, quiero jugar a que soy el tipo del video Bittersweet Simphony. Me corro para el lado que más gente pasa y me propongo mirar a quien venga caminando frente a mí con tal fuerza que logre hacerlo correr, la meta es que sea el otro quien se corra y yo pase victoriosa. Empiezo con una señora que viene retando a su -quizás- hija, no me importa, no me dejo conmover, nos acercamos cada vez más hasta que un hombrazo más tarde nos chocamos. Ella me mira y parece saber todo, enseguida me disculpo, con cara de cachorra arrepentida, y culpa. Ahora además de frustrada me siento forra, justo vengo a jugar al ‘correte vos’ con una señora que va ocupada con su hija -que seguro es un demonio que la hace renegar- pensando en cosas seguramente más importantes que las mías. En eso, siento que la patota de punkrockers me deja, que se va con una líder menos sumisa que no se deja conmover por una señora que seguramente se preocupa por mantener ocupada a su hija para poder ir a la manicura y seducir a su jefe para ascender en la oficina. Vuelvo a jugar, ahora con un grupo de chicos carilindos. Imagino, prejuiciosamente, que hablan del finde y de las fotos del boliche y de la ph forra que los escrachó en una foto horrorosa. Es una presa ideal, el desafío es muy grande y están cada vez más cerca. Me miro fuerte con unos de ellos con mi mejor cara de orto y cuando nos estamos por chocar, se corre; gané. Ahora suena NOFX y al ritmo de Don’t call me white pateo saboreando mi victoria. A la distancia diviso un grupo de púberes conflictivos: nuevo reto. Al acercarnos unos metros detecto un grado de descaro en ellos con el que no creo poder lidiar. Seguro son los que hacen bullying en el curso, lo sé. Veo el asco con  que miran a la gente pasar y la fuerza e intensidad de sus miradas me hace sentir Eminem en medio de raperos negros de la vieja escuela, Ale Sergi en Valentín Alsina un Miércoles de madrugada, Iggy Azalea en una riña de gallos de negras. Aborto la misión, esta vez con una serie de argumentos a mi favor: que conocer las limitaciones de una misma no es ser cagona sino inteligente y que -en todo caso- es preferible salir herido en defensa de otro o por una causa real, que valga la bajada de comedor. Toda la cuadra siguiente pienso en empezar un arte marcial pero termino resignándome, pienso que -de hacerlo- estaría atrayendo situaciones violentas a mi vida.

Ahora escucho Libertines, ‘Don’t look back into the sun’, de repente pienso en lo feliz que soy, incluso en mi sumisión. Juego a no pisar los bordes de las baldosas.


lunes, 1 de septiembre de 2014

La niña tímida y los adultos-reflectores

 A veces pienso que los padres mandan  a sus hijos a aprender diferentes actividades para luego exponerlos en alguna reunión familiar o, lo que es peor, de mujeres que venden Tupperware, Essen o Mary Kay. De hecho, he llegado a pensar que la venta por catálogo y las -en su momento- populares limpiezas de cutis que organizaba la revendedora en su casa eran una trampa siniestra para traumar niños. La hija o hijo de la revendedora por lo general padecía estas juntadas por lo que, en ocasiones, ha llegado a inventar  enfermedades o huir con algún amigo invisible a otra parte, a otro mundo.
Nunca faltaba en estas mesas un triángulo maldito de mujeres compuesto por alguna de risa estrafalaria -que generaba una mezcla de pánico y vergüenza ajena, o ambas- alguna otra que no opinaba sobre nada sino que resaltaba la opinión ajena y , las más temida de todas: la humilladora. Por supuesto que el triángulo maldito actuaba con total permiso de la madre quien, cuando se trataba de festejar a la nena, experimentaba un significativo agrandamiento de busto, una manifestación física del orgullo materno producto de la concepción de la criatura como una prolongación de su propio ser. Algo similar, o quizás el equivalente, a lo que algunos hombres sienten en su miembro cuando su preciado vehículo es venerado.
Los niños más afectados eran aquellos que para llegar al baño tenían que atravesar el living o comedor donde se llevaban a cabo dichas reuniones. No me sorprendería enterarme de que alguno meara en la abandonada pelela o, en casos extremos, se hiciera encima con tal de esquivar la incomodidad.
La escena solía comenzar con algún diálogo de esta naturaleza:
- Vení, mi amor, mostrale a las ‘chicas’ lo que aprendiste en danza
- Pero mami, hace dos clases empecé.
- Ay dale, no seas tímida, mostrales la palomita esa que me hiciste el otro día.
- Es un arabesque pero no me sale.
- Bueno dale, algo que te salga
- No mami, basta, sé hacer un demi plié, nomás.
- Hacelo, dale a ver. Miren, mirenla que divina cómo le sale.
Las ‘chicas’ amigas festejaban cualquier cosa con tal de acotar una apreciación  generando un paréntesis en el tiempo -y luego en la vida de la niña- saturado de exageraciones que lejos de motivar, promovían ideas suicidas. 
- No, no te puedo creer, es divina. Mirá cómo  pone el bracito
- Ay esta chica nació para esto, aparte es delgadita así cualquiera. ¿Te imaginás nosotras ahora haciendo un 'semi pliegue' o eso que hace? (no importa cuán sencillo fuese el nombre del paso, el adulto adulador siempre lo decía mal)
- Ja ja, ¡qué plato! Y qué dulce ella, es la próxima bailarina del Colón, la próxima, ¿cómo se llama la nena esta que baila tan lindo?
- ¡La Paloma!
- Ay, si. La Paloma, ¡qué rica chica!
El diálogo podía volverse eterno por lo que era conveniente no acotar más que un suspiro para no alimentar el fuego. Cabe aclarar, además, que la escena sucedía y se prolongaba en presencia y en la cara de la niña que, por larguísimos minutos, veía en primer plano -y cual reflectores- dentaduras, arrugas, entrecejos y cejas agrandarse sin control para acentuar un presunto asombro.
Las niñas que disfrutaban de la adulación de los adultos reflectores son, en su gran mayoría, las que en su adolescencia temprana asistieron a cual casting existiera y soñaban con ser reina de Colectividades o alguna de esas fiestas de las que los Cualca tan bien se burlan.
El resto, por el contrario, formó parte de los grupos de niños problemáticos de cada curso y en camino a su adultez desarrolló un fuerte interés por todo aquello que, en su momento, no fue socialmente aceptado: piercings, tatuajes, drogas, destrucción esporádica de vajillas varias y, en los peores casos, autoflagelo.




domingo, 31 de agosto de 2014

Pencils gonna hate

Un día, cansada de su trazo se pasó a la tinta. Los lápices se juntaron a sacarse punta y, cual reunión en peluquería de humanos, hablaron pestes de ella toda la tarde. ‘Es una careta, seguro que ahora duerme en cartuchera cara’. Los lápices, ahora unidos por un odio y enemigo común, tramaron un plan siniestro contra las biromes y se jactaban cada vez más de habitar lugares recónditos como cajones olvidados u orejas de carpinteros. ‘Dejala, seguro ahora se junta con las sharpies y sale a escritorios de diseñadores’, gruñían entre sí.
Ella, que apenas empezaba a testear un nuevo trazo, temía tanto que manchaba sus garabatos, no lograba controlar sus líneas. Otras veces, directamente, se paralizaba.
‘Carpetario es una porquería, yo me quiero mudar a Nuevas Hojas, ahí tengo plumas amigas que no se comen el viaje ni te tildan de ‘parker’ si querés cambiar’, se repetía una y otra vez.
Los  nuevos escritorios la asustaban muchísimo. El abandono de sus amigos la obligó a empezar de cero y se encontró, de pronto, garabateando con fibrones. Sí, con los más cabeza de todos, esos de los que su madre le rogaba cuidarse. Fueron tan buenos con ella que, de a poco, fue desmintiendo todos sus prejuicios hasta juntarse, incluso, con los resaltadores flúo, los más delirantes de todos. ‘A la gilada ni cabida, nosotros los pasamos por encima’, exclamaban los flúo en medio de carcajadas que, de tan fuertes, machucaban sus puntas. Sus nuevos compañeros le brindaron todo el apoyo que sus ex-amigos lápices le negaron.
Con tiempo y dedicación, logró perfeccionar su trazo y comenzó a compartir cartucheras con resaltadores, fibrones, crayones y gomas- porque gomas nunca faltan. Convivía en perfecta armonía intercambiando trucos con sus colegas y complementándose con otros trazos amigos.
Una tarde, jugando con los flúo, notó que uno de ellos -aparentemente nuevo en la manada- se mantenía lejos de la hoja. Se acercó a conocerlo y notando su resistencia a quitarse el capuchón, lo amenazó con mancharlo en tinta. El tímido flúo, finalmente, se quitó el capuchón dejándola totalmente shockeada. Era él, uno de los lápices que tanto la había difamado por haberse vuelto birome. ‘Perdón, te bardée por envidioso, por cómo te decidiste a probar la tinta. Yo siempre quise ser flúo’. Ella, conmovida, entendió que le hablaba desde lo más profundo de su mina, ahora refill, y le agradeció la disculpa.


Desde entonces, hacen de las suyas en todos los escritorios: motivan a los jóvenes lápices a probar nuevas tintas y frenan a los fibrones inconformistas que bardean a todos: a los no-fibrones por no ser como ellos  y a los que quieren serlo, por querer ser como ellos. En cada hoja que encuentran cerca de los lapicitos escriben un mensaje que escandaliza a las castas de lápices y portaminas más conservadoras: ‘Escribí en la tinta que quieras, que mientras las ganas sean genuinas, no hay fibrón cabeza que pueda tacharte’.


miércoles, 20 de agosto de 2014

Bye-bye Wonder

De las casi ninguna bici que tuve, la Wonder fue la que mejor me quedaba. Azul con un 'wonder' en rojo, a lo mujer maravilla, como lo que queda de mi bolsito Vespa. Asiento incómodo, pintura algo gastada, ruedas intactas, cambios duros pero aún obedientes. La vi con un cartelito de 'se vende' en la puerta de una zapatería: '900 pe', presumía; arreglamos por 700. Éramos la una para la otra, o eso me gustaba creer.
Una tarde fui al departamento de mi única amiga colorada y la dupla Wonder & Moli se acabó. Ella me esperaba atada a un cartel de parquímetro sin saber que más tarde un atrevido le cortaría su collar plateado y la llevaría lejos de mí y mis besitos de 'esperame acá'. Pobrecita, la imagino resistiéndose y me lleno de impotencia. Yo sé que luchaste por quedarte y como dice el Ricky: aún yo te recuerdo.
La sorpresa vino primero, la incertidumbre después, por último el dolor. Stefanía bajó a despedirme y un beso y portazo más tarde, me acerqué al cartel y quedé paralizada.
Qué boluda, otra vez me olvido de dónde dejo la ...No, no pará. Yo la dejé acá. No te puedo creer,  me robaron. ¿Y ahora? En la vereda de enfrente había una obra, los obreros me miraban, por la vereda circulaba gente apurada, todos sonreían, algunos caminaban wasapeando, quizás organizando una pedaleada vespertina. En ese momento todos tenían bicis y eran felices, todos menos yo, la robada.
De inmediato saqué el celular del bolso, fingí buscar un número mientras calculaba mi próximo movimiento. Mirar y no mirar el celular es mi standby más efectivo, el margen donde pienso, decido, tomo carrera; funciona siempre.
¿Qué se hace cuando te roban así, a tus espaldas? Porque claro, de haberla tenido puesta -andando- hubiese, cuanto menos, gritado. Pero ahora nadie sabe de mi desgracia y si bien tengo el celular en mano y no paro de comerme la uña del anular -la más curtida-, mis ojos están en el cartel, revisando la escena del crimen sin encontrar una puta evidencia.
¿Llamo a alguien? ¿Lo tuiteo? La policía acá no aplica, ¿no? No, casi nunca lo hace. ¿Le cuento a mamá? Es la hora de la siesta. Pero bueno esto es un robo, amerita una interrupción. Primero camino y salgo de acá, que seguro ya todos me están viendo la cara de robada. Ya sé, voy al kiosko, tengo que cargar la tarjeta del bondi. Mierda, me robaron. Sigo cayendo, ya empiezo a sufrir.
Le mandé un mensaje a Stefanía para contarle y, como era de suponer, me llamó. 'Ay manita no sé que decirte, me siento re mal'. Su vocecita de muñeca ahora cargaba una culpa absurda. 'Vos no me la robaste boluda, todo bien, te contaba nomás'. Igual la entiendo, yo también me hubiera sentido mal, en nombre de su barrio que no es barrio. En el centro no se habla de barrios sino de zonas. Su zona la hacía quedar mal, de ahí la culpa, supongo.
Caminé a la parada de mi querido 112. Demoró más que nunca, supuse que era su forma de celarme. Cuando por fin llegó -obviamente sin asiento libre- me subí y agarré fuerte de su baranda, caño, como mejor suene. Apretaba con fuerza, me atreví a imaginar que lo masturbaba y por mi cabeza pasaron Franco, Juan, Hernán y todos los chicos lindos y desconocidos que el 112 me prestaba por unas cuadras. La fantasía duró poco, mi represora interna remarcó lo bizarro de la escena '¿posta pajeás un bondi?'. Asiento libre, al fin; me senté, chau masturbación y catequistas enojadas.
Sentada junto a la ventana, encendí la super ocho mental de relaciones y reflexiones: 'wonder' significa maravillarse, preguntarse, asombro; 'one hit wonder' es un hit que la pega un día y luego desaparece. Si, puede tener que ver. Soy tan buena relacionando y buscando casualidades que de a ratos la Tana Ferro me cachetea y me doy asco. Jodorowsky y la boluda de Conny Mendez dicen que el robo no existe, que si lo roban no fue tuyo o fue un préstamo. Me prestaron las preguntas, el asombro, la duda, pero ahora ya está. Adiós a todo eso, supongo que llegó o está por llegar la acción.
Ahora que tipeo y sigo pensando, enumero todas las cosas buenas que pasaron después del 'robo'. No sé si el wondering terminó, pero el 'win some lose some' aplica a la perfección. A veces soy tan optimista que me doy miedo.








lunes, 14 de julio de 2014

Reseñas de diálogos eternos, Parte I (el eterno soliloquio)


Te miro hablar, ya no te escucho. Tus palabras atolondradas entorpecen el camino, se empujan, arman un pogo, hacen slam, se golpean fuerte entre sí. Te sigo mirando, me detengo un rato en tus ojos. Pienso en contar las pestañas, en calcular la curvatura de tus cejas. Estaciono después en tu boca, la imagino maquillada, con un bigote surrealista, con más y menos grietas en los labios. Me pregunto qué guardan tus grietas, por qué están ahí y cuántos besos bastarían para borrarlas. La imagino al revés y veo tu mentón como la frente de una pequeña y extraña criatura; me río. Ahora estás convencida de que mi risa fue una aprobación, de que pienso igual que vos acerca de vaya saber uno qué cosa. Y seguís hablando. De a poco y con esfuerzo, mi cámara lenta te sigue mirando y esboza, sin permiso, un paisaje a tu alrededor. Son montañas, de a ratos rusas. Suben y bajan bruscamente, tus ojos y tus manos acompañan, siguen el frenesí. Mozart pinta la música de la escena, cada vez más dramática, cada más Requiem. Pronostico un portazo o un grito o una carcajada; no sé qué nos trajo hasta el estribillo, cómo saldremos, ni qué estarás diciendo. Me cuelgo en tu bufanda, no puedo irme de allí. Me parece la más hermosa que he visto en mucho tiempo, no entiendo cómo no la note antes. Quisiera preguntarte por ella pero no me animo a volver. Ya no recuerdo por qué estoy a tu lado ni qué desgracia propició esta charla devenida soliloquio. Veo en tu bufanda una catarata furiosa por la que deseo te sumerjas hasta desaparecer. Lo imagino con tanta fuerza que por un instante lo creo posible y cierro los ojos, tentando a la magia, invitándola a sorpredenderme. Vuelvo a abrirlos y seguís ahí, sólo que ahora furiosa -como la catarata que no fue . Un apagón desdibuja el paisaje, me sacude y entonces me dibujás un estrado, me acercás un micrófono. Estoy por mentirte, otra vez.