domingo, 16 de octubre de 2011



El eterno resplandor de una persiana con agujeros


Luego de una larga y riquísima jornada intelectual que terminó por dejar mi cerebro en corto, decidí que no habría mejor plan para mi viernes de jubilada que dormir y, en lo posible, no soñar con cuestiones universitarias.
Fue así que con una larguísima lista de canciones que incluía desde Joy Division hasta Sumo y temas sueltos de mi playlist quinceañera titulada “para el suicidio” (cuyas canciones mejor no detallar) me fui a acostar.
Con el play presionado, el volumen cuidadosamente testeado y mis hijos perros ya purgados, por decirlo de alguna manera, me perdí en el placer puro de mis veneradas sábanas de seda (una de las inversiones más inteligentes que pude haber hecho) que responden perfectamente a mi inestabilidad emocional: no me asfixian ni me abandonan, solamente me acarician.
Por más sueño que tuve no pude escaparle a las diapositivas que por mi cabeza se cruzan, a modo reflexivo, sobre las escenas relevantes del día y sobre aquellas que termino por imaginar porque nunca se concretaron.
Y bien, introspección finiquitada, posición ideal encontrada, sólo quedaba por esperar que vos, sueño, pasaras a buscarme y me llevaras bien lejos, idealmente, a un cuadro de Dalí o algún que otro surrealista.
Minutos posteriores, en esos en que te preguntas ‘qué pasa que el tren onírico no pasa? piquete en la fase rem?’, me vi en unas de las mejores posiciones para dormir de toda mi vida. La almohada en un admirable abrazo con mis codos y a una altura súper confortable para mi problemático cuello. Las sábanas, como nunca, perfectamente estiradas y ajustadas al colchón y el acolchado más suave que nunca y con una riquísima fragancia a recién lavado.
Conforme y alegremente sorprendida ante tanta perfección consideré, por un momento, sacar una instantánea mental de tan perfecto momento para recordar detalladamente la posición de cada cosa, incluso la mía.
Inmediatamente supe que tanta información no entraría en mi cabeza por lo que descarté la idea y hundiendo un poco más mi cabeza en la almohada, cerré mis ojos planeando no volverlos a abrir hasta próxima alarma botona de mi celular.
Y fue ahí. Fue en esa última y trágica decisión en que la escena perfecta, que por un instante consideré memorizar, encontró su final.
Cómo pudo un leve movimiento de cuello sobre la almohada aniquilar tan hermoso momento de afinidad entre cuerpo y cama?
Y no fue, déjenme aclarar, la nueva posición de mi cabeza la causante de semejante injuria sino un rayo inmundo de luz proveniente de calle que, sin piedad alguna, me apuntaba hasta dejarme no sólo ciega, sino también desquiciada.
Podrán decir que exagero y que bien podría haber movido mi cabeza  sólo unos centímetros para evitar el rayo que se colaba por uno de los tantos e inútiles orificios de las persianas, pero puedo asegurarles que existía entre mi cuello y mis brazos una congruencia tan precisa que resultaba imposible de igualar (especialmente si tenemos en cuenta que una alteración en la posición me hubiera unido directamente a la pared, si, la fría y dura pared)
Mil suposiciones pasaron por mi cabeza y el sermón maternal no fue la excepción. Hace desde que me mudé, unos 4 meses, que mi madre me insiste incansablemente en ‘cortinar’ toda la casa y no dejar ni una ventana sin vestidito. Todo se volvía en mi contra. Sospeché, incluso una conspiración entre la E.P.E y los fabricantes de persianas .Me propuse realizar cálculos numerológicos sobre la cantidad de agujeros de la persiana por hilera para descartar cualquier mala jugada del destino. Pero la rabia y mis problemitas de visión me obligaron a abortar, por suerte, tal estúpida misión.
Totalmente frustrada y despabilada ante tal incidente, me decidí a relatar este hecho y fotografiar el maldito rayo de luz de la persiana con agujeros, para que ustedes, queridos lectores, nunca atraviesen esta situación o bien, no sientan pudor en admitir que alguna vez se sintieron así de indignados por una situación tan patéticamente semejante. 




* (Esta foto no es de mi persiana pero ilustra a la perfeción mi situación. Mi cámara de fotos está en lo de Choy y  aún no fui a buscarla)