viernes, 13 de mayo de 2011

 Volvió la chiquita esta que escribe en el blogsito

 Sobre mi regreso, el ácido lisérgico, los falsetes y el abuso de diminutivos.



Con algún que otro grano en el cutis, nuevo contrato de locación y adopciones caninas de por medio me propuse hoy actualizar mi catártico blog.

El tiempo sin frecuentar el escenario virtual que, para mí, representa este espacio fue testigo de grandes cambios en todos los ámbitos de mi vida. Gracias al universo, la tiniebla que devino de mi relación con mi ex concubina, irónicamente llamada Clara, terminó y el imperio molimuno re-brotó de los escombros luego de un turbulento ataque verbal que me tuvo de blanco. No pretendo con esto que vos, chusma que estás ahora mismo pensando en ir a contarle a Clara, hacer ningún cuelgue de trapitos al sol (de eso bien se ha encargado mi oscura ex concubina) sino describir mi actual contexto del cual surgirán propuestas a polemizar, debatir y, por qué no, burlar. Esas cosas que pasan a muy a menudo y que están tan asentadas en la vida diaria que a veces resulta difícil resaltar sino es con una lupa crítica y una mirada de reojo.

Lo que propongo es una re-lectura del alrededor, no de un modo filosófico sino de uno más bien cómico-irónico, que para problematizar asuntos están las cátedras que curso en Filosofía.

Bienvenidos.

Me gustaría entonces tirar la primer piedra. Hace unas largas semanas atrás, deambulando por el paraíso de Videoteca y habiéndome prometido no tardar más de 40 minutos en mi elección para no impacientar a Nico (nico es mi novio, por supuesto que les hablaré de él en alguna publicación más adelante, en lo posible sin que se entere) me llevé de forma casi azarosa (soy de esas imbéciles que en todo lo que hacen desafían el azar y la causalidad, aún con los colores de los Rocklets) “The acid house” y otra gran película cuyo nombre no recuerdo ni nos importa en este momento.

No sé si la habrán visto pero la peli cuenta diferentes experiencias de personas que viven al límite, por así decirlo, y en gran medida debido a las drogas. Uno de los casos que expone es el de un chico (que van a reconocer de inmediato porque actuó también en Trainspotting) que en un viaje lisérgico (que les juro que ustedes mismo parecen protagonizar por la buena construcción visual) termina atrapado en el cuerpo de un bebé conservando su mentalidad y, por lo tanto, el bebé queda encerrado dentro del cuerpo del protagonista del trip, por supuesto que con su cabeza y forma de pensar.

Partiendo de ese desplazamiento entre el muchachito y el bebé, la película se encarga de mostrar escenas de la vida de cada uno de ellos y el modo en que se comportan que, como podrán imaginar, resulta absurdo e incluso patético. El bebé, en tanto se encuentra bajo el mando de Coco, un yonkie bastante peculiar, disfruta más que nadie la hora en que es amamantado mientras que el cuerpo de Coco, en cambio, maniobrado por el bebé responde y se comporta tal como un bebé.
Hay una escena en particular de Coco tomando la teta que ilustra una fantasía que siempre tuve en mente (mal pensados abstenerse) que es la de estar en el cuerpo de un bebé y responder cuando algún adulto me hablara como quien se dirige a un osito de peluche que habla: con un desafinado falsete y un acentuado acercamiento físico, como si el bebé además de estúpido fuese corto de vista.

Así como Capusotto bien representó en uno de sus capítulos (‘la visión de la mujer’: http://www.youtube.com/watch?v=JhLO0ST3Kpc ) el mayor grado de idiotez masculina cuando pretende llamar la atención de la mujer (quien, él cree, está en celo y muere por él) el ‘primer plano’ que registra el otro sobre uno mismo no es el más favorable. Por el contrario, además de re-afirmar un gran esfuerzo por agradar al otro, nos hace ver increíblemente patéticos.

Lo mismo, creo yo, debe suceder cuando somos bebé, sólo que después al crecer no lo recordamos y luego no sabemos cómo describirlo por ende pasa al olvido. Sé que mi teoría es nada realista pero es una premisa que tengo siempre a mano y aparece cual molesto pop-up de página porno cuando voy a hablarle a un bebé.

Aún así, reflexionando sobre esta tendencia, puedo dar una explicación algo más freudiana si se quiere.
Resulta que en la timidez (por no decir autismo) de mi niñez –entre mis 3 y 5 años- fui motivo de burla de toda la salita Roja luego de que una malintencionada mesa decidió llevarme por delante.
Al grito de “Seño, buba!, seño, buba!” el resto del grupo, creyéndose expertos locutores, se rieron de mi, incluso sabiendo, por mi indisimulable cara de culo, cuánto me molestaban las burlas.
“Se dice lastimadura!” me dijeron un par de mi mesita. Pero mi lema, que desde siempre fue la ignorancia ante la crueldad del otro, fue no darles pelota.
Unas horas más tarde, posterior al incidente, esperé a que mi mamá llegara a casa para recriminarle cómo pudo haberme mentido todo ese tiempo haciéndome creer que el término buba existía y significaba lastimadura y contarle, con alguna que otra exageración para hacerla sentir mal, lo trágica que fue mi primer humillación lingüística (aclaro lingüística, tuve otras grandes humillaciones como enterarme sobre el mito de Papa Noel y no saber disimular que no lo sabía, en público, pese al dolor que me produjo).
Entiendo que las madres y todos, en general, recurramos al falsete para expresar ternura con los hijos (comprendiendo como hijos no sólo seres humanos sino también plantas y mascotas) pero si hay algo que jamás entenderé y mucho menos justificaré es el uso y abuso de diminutivos.

El diminutivo existe, exclusivamente, para designar un valor de menor tamaño o importancia de algo.
Ahora bien, tomando como base mis “Nico podés lavar los platitos que dejaste ahí tiraditos en la cocina?”, creo que hay ciertas cuestiones que debo aclarar.

Nico es un chico poco ordenado pero muy colaborador por lo que no duda en ayudarte a limpiar cuando lo pedís pero es su dificultad mantener el orden natural de los objetos y es ahí cuando mi abuso de diminutivos alcanza su máximo esplendor y mi tiranía suavizada con un dulce falsete evidencian mi frágil tolerancia (nótese con claridad en el transcurso de mis periodos).
Por ende el fin del diminutivo  aquí es el reemplazo de un insulto y, mediante su empleo, mantener la armonía de mi hogar (recuerden que tengo dos hijos caninos y perciben las discusiones a menos que se amortigüen con un dulce falsete)
“Flaqui- flaquita- gordi- negri, chiquita”. Nunca te lo dijeron y te brotó un instinto asesino? Si tu respuesta es negativa no sigas leyendo, no te quiero por acá, mentiroso/a.

No soporto que me hablen en diminutivo. Considérenlo un trauma o una susceptibilidad de sentirse inferior, me da igual. El diminutivo hace ver diminuta la capacidad intelectual del otro, por ende su uso (a menos que se limite a describir el tamaño de algo) es ofensivo.
Vayan a hablarle a un hombre de su pitito y cuéntenme cómo les va.

Hasta la próxima.