martes, 29 de junio de 2010

Lo embarazoso de los malos entendidos

Sobre las variedades musicales, las cejas de Julieta Venegas y las alucinaciones en la calle.



Clarita volvió a casa al fin. Si, ya sé que dos días no son nada pero que tu concubina te deje justo para un partido de Argentina y durante el mundial, es un gol en contra, especialmente si es fin de semana y hay movimiento social de por medio. En fin volvió y a casa y es mía y solo mía otra vez.

Las cosas siguen su curso natural, cosa que mi metabolismo no ha estado cumpliendo al pie de la letra dado que, hace apenas unos días atrás, JUSTO cando vino el hermanito de Clari a casa, adivinen quien reapareció? ...Sí, Arturo! (pareciera que Arturo aparece solo con público en la casa) Al parecer estuvimos abusando nuevamente de las pastas, arroces e hidratos de carbono en general y mi digestión no tarda en reaccionar. Pero por suerte fue una visita corta, nada que unos reiterados y violentos spashes y glup glups no hayan podido derrotar (para más información escatológica referirse al artículo “El trágico final del rey Arturo”).

Estos días sin Clarita fueron de gran asimilación musical. Durante su ausencia me apoderé de su biblioteca virtual de Windows media y recorrí los centenares de cds y discografías que tiene haciendo hincapié en alguno que otro como los Stooges, la Bléfari y otras bandas que hacía rato les debía una recorrida auditiva.

Desde luego que después fui mezclando músicas mías y no sé cómo pero terminé escuchando un disco que encontré que tenía escrito con birome Bic trazo fino: “mane” (imposible no reconocer el trazo de Bic). Por lo general cuando etiqueto un cd con ese título es porque las canciones varían tan trágicamente (no sólo de género sino también de intérpretes) que resulta imposible titularlo con una definición más abarcativa que mi propio apodo. Para ser más precisa, este disco tenía temas de Dos minutos intercalados con Coldplay, System of a Down, Fun People, Millencolin y Julieta Venegas. Bien, creo que ahora se aclaró la cuestión de variedad musical.

La cuestión es que de alguna manera terminé cantando cada tema al mejor estilo catártico (frente al espejo, actuando y haciéndome la que, de pronto, sabía tocar la guitarra) Y fue tan intensa la interpretación de cada artista que decidí, paralelamente, ir viendo los videos de cada tema en youtube para ir perfeccionando mis performances.

Llegando ya al final, me tocó una canción de esta jovencita, Julieta Venegas, que por más que no sea de mi mayor agrado, tiene la capacidad de pegarme sus musiquitas en la cabeza al punto en que termino tarareándolas todo la tarde (peculiaridad también de Lilly Allen…que ni siquiera se quién es pero escucho algo de ella y me mente se estupidiza).

En fin, viendo uno de sus videos recordé una época en la que me decían que me parecía a ella y mi autoestima automáticamente caía en un pozo ciego. No es mi intención criticar a esta jovencita porque, de hecho, me parece bonita. Lo que a mí me dolía de la comparación era la mezcla de género. Para el momento en el que me decían ser parecida a ella yo transitaba mi etapa post-mehagolapankita y para ser más clara en esto, es como si a un ‘punk cabeza’ lo comparan con un cantante de reggaetón….hiere, o no? Bueno así me sentía yo (y llegué incluso a asesinar el ancho de mis cejas pues temía que lo parecido entre nosotras fuera una cuestión de vellosidad, un horror por cierto, me quedaron ultrafinas y con una delgada línea verde que deschababa el verdadero ancho de mis cejas) “Las comparaciones son odiosas” siempre dice mi mamá y en esto sí que tiene razón. Y les cuento la raíz de esta afirmación.

Siendo muy pequeña, alrededor de los 8 añitos, quien les escribe, volvía con su familia de un camping, de vaya a saber uno qué pueblo, cuando de pronto mi madre tuvo la excelente idea de comprar unas ricas facturas en un supermercado. Estacionamos y bajamos a comprar. Llegando a la puerta mi mamá me advierte que esperara afuera ya que, pequeña Mane, vestía una remera empapada con un shortsito que funcionaba de esténcil de mi culito por lo mojado que estaba. Imagínense, entonces, que si volvía de una pileta, mi look era caótico, estaba bien quemadita por el sol y mi pelo era un chorizo que chorreaba agua. Por tal motivo, decidí quedarme sentada en el cordoncito de la entrada al súper mientras mi madre hacía las compras y mi padre esperaba en el auto (seguramente largando alguna que otra queja).

En ese momento, otra familia, en situación similar a la nuestra, estacionó y se dirigió hacia la puerta, donde estaba yo sentada. Entraron los hijitos (los muy desgraciados con sus ropitas secas) y detrás de ellos los padres, quienes al verme, hicieron comentarios por lo bajo y se detuvieron a mirarme. Yo, quietita como una roca, (mi mama se encargó de grabarme el sermón “no hables con extraños” durante toda mi infancia…luego se preguntan por qué fui tan ‘autista’) los miré con mi mejor cara de inocente, por si pretendían raptarme, y ellos, inclinándose hacia mí, me tiraron unas monedas…

(…) Más puntos suspensivos.

Consternada por la situación, me tomé 5 minutos para recapacitar sobre lo que había sucedido. Por un lado, la idea de generar lástima despertó un interés lucrativo en mí y, por otro lado-fíjense aquí la influencia televisiva- me había gustado la idea de parecer pobrecita para verme como una de las niñas de “Rincón de Luz” (mirá lo que generaste, Cris Morena) pero en el fondo sabía que, viéndolo fríamente, debía sentirme avergonzada por lo acontecido.

Al ratito en que mi cabecita procesó todo eso, apareció mi madre con las facturas y algún que otro producto de más que las madres siempre compran ‘para tener’. Luego de una conmovedora carita, le extendí mi brazo y lentamente, para generar suspenso, abrí mi mano hasta descubrir las moneditas.

Mi madre, con su forma tan directa de decir las cosas, me miró de pies a cabezas y, luego de entender lo que había sucedido, quiso restarle importancia diciéndome:

Madre empática:- Aaaaawww , claro…. mi vida! Mira lo que parecés… jajaja, parecés una negrita que pide!… jaja… (y en idioma ‘bebé’ o ‘perro’, como cuando se pretende expresar ternura hablando en tono agudo o como pelotud@- pobres mascotas y bebes que sufren esto a diario- prosiguió.. ) po-be-tita eza(ella) padeze (parece) vi-ze-riiii-taa (villerita) oohh ...

Y torturándome con comentarios burlones en ese peculiar tono de voz, me llevó hasta el auto; elevando cada vez más el volumen de sus cargadas para informar también a mi padre sobre lo acontecido y hablar de ello las 30 cuadras que faltaban para llegar a casa.

Esta anécdota sí que ha sido tópico de conversación en reiteradas reuniones familiares o con amigos y por lo general termina coronándome como el hazme reír de la reunión. Qué curioso.

Y si, es feo que te comparen. Pero si hay otra cosa que también es incómoda, es confundir a una persona en plena vía pública. En un primer momento, esto le había sucedido a Clarita un día en que se retiró de su trabajo por desvariar psico-emocionalmente.

Sucedió hace poco, caminando a la vuelta de Teletech, mi quería concubina, víctima del stress propio del trabajo de call center, alucinó y creyó haber visto una vieja compañera de trabajo. El detalle a tener cuenta es que la joven ya no vive aquí sino que se mudó a España lo cual imposibilitaba alguna coincidencia. Mi querida Clarita, totalmente convencida, saludó a esta muchacha desde en frente de la otra cuadra y se decidió a cruzar directamente hacia ella para saludarla. Al aproximarse y dejando solo unos pasos de distancia, mi bichi, finalmente dio de cuenta que esta señorita no era quien ella creía y, al mejor estilo mehagolaboluda, siguió caminando como si nada hubiera pasado…

Por supuesto que esta señorita no tardó en largar su mayor carcajada al notar al papelón de mi Bichi.

Suele suceder. Y lo reafirmo porque la semana pasada me pasó a mí. Salí feliz de mi facultad y caminando sóla por Pellegrini, vi que unos chicos que caminaban delante mío, me hacían señas para que me apurara. Yo, segurísima de que era Cairo con otros chicos (unos compañeros de la facultad), lo miro y haciendo una cara graciosa, no sólo me apresuré en mi caminata sino que corrí hacia ellos. Si, corrí. Pensé, igualmente, “qué raro…estos chicos nunca caminan para este lado”.

Y fue recién cuando estuve por chocarme con ellos que verifiqué que no era Cairo ni ninguno de los chicos que yo creía por lo que desvié mi trote hacia la esquina de Corrientes y Pellegrini haciéndome la que corría un taxi. Patético. Las risas no sólo fueron explosivas sino que también estuvieron acompañadas de burlonas señaladas con el dedo.

Por lo citado anteriormente, si te cruzo por la calle, no llevo puestos mis lentes y tardo en reconocerte o, directamente no te hablo, tené en cuenta que acarreo importantes traumas en lo que a reconocimiento de gente se refiere. Gracias.