martes, 3 de diciembre de 2013

Mesa para tres personas y un oso, por favor

'Cambiá  la nena que vamos a comer', gritaba mi papá y mi mamá corría a vestirme interrumpiendo la coreo o cuentito que estuviera inventando. No porque le llevara mucho tiempo decidir qué ponerme sino porque tenía una obsesión con hacerme trencitas y tardaba en trazar esa raya al medio rectilinea que me atravesaba el cráneo.
Al menos un día del fin de semana, con mis viejos se salía a comer afuera. No importaba si habían discutido minutos antes o si yo inventaba exámenes al día siguiente para no ir y quedarme estudiando, el plan se concretaba siempre.
Mi mamá me vestía con alguno de los vestiditos floreados que saturaban mi placard y me ponía los zapatitos o guillerminas con medias de boladitos blancas; 'las que tienen pollerita', decía yo.
La elección del lugar dependía del día y del nivel de impaciencia de mi padre para esperar una mesa. Los viernes comíamos pizza o comida rápida y los sábados pasta o asado, pero por lo general disputábamos entre 'Mengano' o 'La Huella'. A mi me daba igual, me comía todo donde fuera que me llevaran. 'Es de buen comer', decían en mi familia. Lo cierto es que de chiquita, cuando mi mamá se iba a trabajar, yo visitaba a Mario, el vecino de la fábrica de al lado y le decía que no me habían dado de comer. Mi actuación era tan brillante que, al tiempo, el vecino citó a mi mamá para preguntarle si necesitaba plata o prefería que él me diera de comer porque 'no podés dejar la nena sin almorzar, Cristina'. Por supuesto que le explicó que era una farsante y que le decía eso para comer dos veces porque era una gorda. Mario le creyó y hasta le causó gracia mi gula así que volví a la aburrida rutina de un almuerzo por día.
Cuando salíamos los tres, las cenas eran súper aburridas. Mis papás hablaban sobre cosas de viejos o muy difíciles de seguir por lo que un día comencé a llevar a mis hijos. Los iba turnando para que todos conocieran la ciudad pero lo cierto es que los elegía según el lugar al que decidíamos ir y por cómo se venían portando: Luli y Fidel eran los más afortunados. Luli era una muñeca de trapo bastante vieja que sobrevivía al calvario del lavarropas al que la obsesiva de mi mamá la sometía y Fidel era un oso blanco muy simpático y popular entre sus compañeros de curso que, por su albinismo, también cumplía la condena del lavado.
Como toda madre, siempre busqué el bienestar de mis hijos, sólo que pocos podían apreciarlo. Mi mamá me entendió desde la primera vez, mi papá creyó que ambas éramos unas ridículas y le sonreía al mozo como certificando nuestra locura. A mí, poco me importaba; jamás sentí pudor en reclamar una silla de bebé para ellos. Para que podamos comer tranquilas y cuidar a nuestros pequeños, un ingenioso creó esta maravilla, ¿por qué no utilizarla?.
Algunos me respondían creyéndome cachorra o bebé recién nacida, como si exagerando los agudos y pronunciando mal a propósito me fuesen a caer mejor. Otros mozos, mucho más educados, consentían mi pedido en su timbre natural de voz y si había, también me daban un almohadón.
A ellos les resultaba tan tierno que, a veces, quedaban perplejos y tardaban en reaccionar.
'¡Ustedes están locas, cómo van a pedir una silla para el peluche de la piba?!', se quejaba mi papá. Para él, lo 'normal' era pedir una silla para sentar las carteras o 'papeles importantes' al lado. Pero ni los bolsos comen ni los archivos hablan, están ahí al lado sin siquiera vernos comer. No podemos dotarlos de vida, tomarlos de la mano para cruzar la calle ni hacer naricita con ellos. Mucho menos ponerles nombre o meterlos en el asiento del changuito del super. Sin embargo, nadie mira mal a quienes piden lugar para sus cosas o las personifican para, quizás, sentirse menos solos.
La ceguera de la adultez nos hace ver como delirantes a quienes hablan con muñecos y cuerdos a los que caminan y entran a un kiosko a comprar cigarrillos sin dejar de hablar por celular con manos libres. Es evidente que nos faltó jugar.