martes, 1 de julio de 2014

Teacher pero eterna recursante


Junio me regaló la más valiosa de las oportunidades : la de trabajar con niños, o niña en mi caso. Se llama Morena y tiene apenas seis años. Nos conocimos con la excusa de una sesión de fotos pero afianzamos una amistad cuando llegaron las clases de inglés y pasé a ser su teacher. Tenía prueba de inglés y su mamá quería que la ayudara a repasar colores, números hasta el cinco y algunos adjetivos. Hasta entonces mis alumnitos más chicos habían sido de diez años por lo que Morena representaba un desafío, no sólo por su edad sino también su personalidad. Ella tiene el grandioso don de pasar de un musical de Violetta a una conferencia en la que, cual miembro de la Rae, conceptualiza términos que ni yo tengo aún definidos. La semana pasada, por ejemplo, me dijo que 'la adolescencia es cuando tenés infancia pero podés tener novio porque estás en la secundaria'. Yo sigo dudando si alguna vez fui adolescente, esta nena me hace replantear demasiadas cosas. Ahora bien, la verdadera dificultad a la hora de enseñarle era la escritura, ¿cómo le explico a una nena que recién aprendió a escribir su nombre que las palabras en inglés se escriben de una forma y se dicen de otra? Por suerte no es la ortografía ni el deletreo lo que primero atienden las teachers sino la asociación, lo que happy significa, por más 'p' que falte o 'y' devenida 'i'. Siguiendo esta idea, empezamos por dibujar el clima para terminar pintando animales de diferentes colores, según un número asignado. Ella lo entendió de inmediato y desde entonces me pide ese ejercicio porque dice que así aprende más. Naturalmente, lo que mayor creatividad me demandaba y sigue demandando, es llamar su atención. Mantenerla en la clase sin por eso cortar su imaginación o aburrirla. Una vez le corregí cómo había deletreado 'green' y mirándome con absoluta seguridad me dijo: 'Ya sé Moli, pasa que lo escribí como lo escribimos en mi pueblo'. Me contó que ella en verdad es de Morenalandia y que allí se escribe 'gri'. Por supuesto que me interesé en su pueblo y sus palabras y le prometí que luego de enseñarle cómo se habla en este otro lugar, en el que sólo hay inglés, podríamos ir al suyo. Seguimos repasando otros colores pero cada cinco minutos miraba un reloj y me avisaba que en Morenalandia ya estaba oscureciendo, y que si nos tardábamos mucho tendríamos que ir dando saltos porque después de cierta hora aparecían hormigas y bichos que nos obligarían a saltar. Le dije que no tenía problemas en saltar mientras repasáramos un poco más. Eventualmente terminé a los saltos. Cruzamos toda la cocina en una pata hasta llegar a su habitación: Morenalandia. 'Acá escuchamos Violetta', me dijo mientras ponía el cd en su equipo de música. Me las hacía escuchar y tanteaba mi reacción anticipando lo que se vendría. Yo también fui nena y sé lo necesario que es sentirse en confianza con alguien más grande para compartir un mismo código. Fue así que empecé a bailar libremente sin mirarla, invitándola a seguirme. De a poquito el tarareo tímido desde el borde de su cama fue creciendo y desinhibiéndose hasta volverse una coreografía con canto incluído. Cantaba a los gritos paseándose por todo su pueblo, destellaba alegría. Intuyo que hubo instantes en los que olvidó que yo estaba ahí, a su lado. Yo no me sabía las letras por lo que me perdonó el playback pero me costaba seguirle el paso. La miraba y si me detenía me retaba, me apuraba. Se movía de a ratos frenéticamente y actuaba cada verso, interpretando las palabras y exagerando gestos hasta reírse de ella misma si tropezaba o no le salían las piruetas en la cama. Supe entonces que era muy poco lo que podía enseñarle. Ella ya sabía interpretar las palabras, y lo hacía tan bien porque mientras jugaba estaba en su mayor esplendor, porque cada verso además de cantado era sentido. Yo tardaba en pensar las caras, los gestos y me estancaba en una mímica barata y predecible. Ella  lo veía pero aún así me alentaba.  La que tiene que seguir aprendiendo soy yo.