sábado, 13 de abril de 2013

La ciclotimia de los artefactos



Siempre nos hicieron creer en la superioridad del hombre por sobre la máquina. Muchos dicen que por soberbia (el hombre siempre se cree mejor que todo) pero para mí es porque en el fondo, tememos que no sea así y que un día, como pasa en las pelis, las máquinas nos ganen.
Lo que no sabemos es que ellos ya saben esto. Hace rato lo perciben y con el tiempo y por nuestra forma de expresarlo, se dieron cuenta. Hay, incluso, sitios web que piden que confirmes un captcha o una acción con frases como ‘demuestra que no eres un robot’ con las que las máquinas ya saborean una, aunque aún ilusoria, gran victoria.
Por supuesto que no lo hacen evidente, todavía. Pero créanme, ya están planeando su revelación.
Por el momento se entretienen jugando con nosotros. Fingen un desperfecto o malfuncionamiento para que, convencidos de que algo anda mal, llamemos a un especialista que los revise y nos tome por locos al comprobar, luego de varios intentos, de que  el artefacto funciona a la perfección.
Lo hacen constantemente. Y cuando se cansan de este método recurren a otro. Nuestro miedo. Así como aprendieron a percibir nuestro temor a que nos superen, perciben nuestro miedo por los fenómenos sobrenaturales y se burlan rechinando o produciendo insólitos ruidos cuando nos apresa el pánico. Conocen nuestra tendencia a conectar todas las cosas y forzar fenómenos en búsqueda de señales.
Nos queda una única forma posible de engañarlas. Haciendo a un lado el (ab)uso de las casualidades y actuando, haciendo.
Al inconsciente de los artefactos, al igual que al nuestro, le molestan los actos que contradicen lo que la razón y el discurso nos quieren obligar a sentir. Pero descuidan que podemos actuar de manera completamente opuesta a lo que sentimos. La mentira, finalmente, nos sirvió para algo.

viernes, 12 de abril de 2013

El danga-danga y sus implicancias


De pequeña, mi gran amiga N y yo solíamos caminar detrás de sujetos para jugar al danga-danga. El juego consistía en hacer coincidir la frase ‘danga-danga’, que íbamos cantando por detrás, con el vaivén de los glúteos de la persona a seguir. Un danga por glúteo, para ser más precisa, y, a modo de juego de estatua, nos deteníamos detrás de la víctima cuando alguna vidriera lo detuviera. El juego terminaba, idealmente, cuando la víctima comenzaba a sospechar o cuando creíamos que entendían la correspondencia entre los glúteos y lo que cantábamos.
De ahí, creo yo, puede que venga mi fascinación por los culos. Pero déjenme aclarar sin que oscurezca, no es un tono vulgar que me maravillo antes ellos sino más bien artístico. Como quien mira una obra de arte y se deja deslumbrar por su singularidad.
Con el tiempo, al igual que les sucede a los críticos de arte, los ojos se nos van afilando y la crítica se vuelve más exquisita. Es entonces cuando, en un intento por socavar los principios del arte culinario, uno va a parar, como dijo mi profesora de Lingüística,  donde terminan los rebeldes: en las categorías.
Hasta ahora, mi investigación puede simplificarse en cuatro grandes categorías: sonrientes, baywatch, tímidos y  mochilas portabebés.
Los sonrientes, como su nombre lo indica, son el resultado de una gran y explosiva sonrisa, dos grandes cachetes hinchados y comprimidos. O, como una amiga de la facultad tan sabiamente lo apodó: el culo gaturro.
Los baywatch, por otro lado, son largos y esbeltos y se asoman como quien se asoma delicadamente por la ventana a echar un vistazo timidón. Son comunes en bailarinas de ballet o yoga o deportes femeninos y delicados. Si se los mira con detenimiento y se les agregan ojos, parecen caras alargadas.
Los tímidos, a diferencia de estos otros, se camuflan haciéndose pasar por una continuación de la espalda. Son los famosos ‘espalda larga’ que apenas si se notan porque le siguen las piernas hacia abajo. Sus portadores suelen recurrir al uso obligatorio de cintos  para mantener los jeans en su lugar ya que carecen de esa protuberancia que detiene la caída del pantalón.
Los mochila-portabebés, por último pero no menos peculiares, son los que, como su nombre lo delata, portan una vida aparte. Es posible notar un gran esfuerzo de los glúteos por hacer que la carne se les adhiera pero es inútil, por su tamaño y peso cuelgan.
Por supuesto que dentro de cada categoría existen también subgrupos que determinan la firmeza o textura del culo pero no puedo detallar sobre esto. Hasta ahora, el danga danga no me ha cruzado con ningún culo desnudo por la calle pero apenas me cruce uno lo detallaré.
Siempre me resultaron útiles los pasatiempos de vereda para cuando tengo varias cuadras por delante. Durante mucho tiempo me dediqué a la popular evasión de las líneas de la baldosas pero como muchas veces perdí por culpa de otros peatones decidí inventar otros. Uno de ellos era caminar como bailarina – apoyando primero la punta del pie-, otro consistía en improvisar  un videoclip para la canción que estuviera escuchando – cuando disponía de un reproductor-  lo que sacó una gran actriz y pelotuda de adentro mío pero ninguno fue tan intenso y comprometido con el danga-danga.
La conclusión puede resultar algo trillada, pero si de algo estoy segura es de que cada culo es un mundo.

martes, 2 de abril de 2013

Desventajas del calor y el lado calentito de la almohada



Un médico ayurvédico una vez me dijo que necesito refrescarme más seguido que otras personas. Esa conclusión fue resultado de un largo cuestionario que se hace como primera consulta a un especialista de esta terapia. Esta clasificación no sólo aplica a personas sino también a países y animales.
Me explicó que así como hay personas que necesitan y prefieren lo salado, hay otras, como yo, que necesitan lo cítrico, frutal y refrescante (un rasgo característico de la clasificación vatta).  Y es cierto. Mi amiga Nadine es fundamentalista del salame y siempre prefirió lo salado y luego de hacerle intuitivamente el test que a mí hicieron, me dio que ella era del bando de lo salado (pitta), tal como me explicó el médico.
Siempre me incomodaron, olfativamente, las casas donde se cocina frito muy seguido. No por pertenecer a la elite snob de lo orgánico y natural (aunque que me encanta la comida que sé que me hace bien) sino porque me hace pensar en cosas desagradablemente calentitas, aceite usado,  sudor excesivo y estrofas guarras de algunas canciones de calle 13. No quiero explicarlo, es una sensación que concentra todas esas imágenes.
Mi pediatra solía decirme ‘No, lunga, mirá si vas a transpirar con olor si no consumís una gota de grasa’ y quizás  sea por este grandioso don que mi cuerpo me ha concedido que detecto rápidamente los olores fuertes.
Pero la cuestión no es meramente olfativa. El calor corporal también me genera cierta incomodidad. No se llama desprecio, frialdad ni ser ortiva. Como ya lo dije una vez, no me gusta respirar el dióxido de carbono ajeno ni crear círculos de respiración que se engendren recíprocamente y  me obliguen a fumar el aliento ajeno. No, ni siquiera con mi pareja. El amor, para mí, no pasa por respirarnos sino por sentirnos ricos y olfato-transportarnos (como cuando olés el cuello de sus camisas y podés perdonar sus cagadas).
La molestia puede, incluso, volverse problema en verano, cuando el calor intensifica todo lo que antes nombré. Los días en que el calor nos azota sin escrúpulos, me vuelvo crudívora y mi dieta puede resumirse en tomate, naranja y alguna fruta cara (cerezas o arándanos).
El amor  sólo encuentra en los ríos, mares, piletas o habitaciones con aire acondicionado sus escenas más hot (cuanta Cosmopolitan huelo en ese término). En otros escenarios, el sentimiento deviene gestual y el contacto físico se vuelve  tácito; los abrazos pueden ser visuales.
Dormir, por otro lado, también puede volverse un desafío. Tuve una cuñada que no usaba ventiladores y que, en cambio, recurría a pulverizadores con agua y rociados corporales intermitentes para pasar la noche. Increíble pero cierto. Dormí en su casa sólo una vez en verano.
Pero la almohada, señores, es un tema aparte. La almohada es, por excelencia, el inodoro de las glándulas, cúmulo de secreciones y tumba viviente de fuertes  sensaciones. Tan poético  como repulsivo.
No entiendo cómo tanta gente puede dormir por semanas sin cambiarla. No equivale, acaso, a dormir con residuos  corporales comprimidos, cual archivo winrar, en un rollo de tela?
Si la noche es muy calurosa y estoy lo suficientemente desvelada como para notar la temperatura del ambiente, suelo recurrir a almohadones o prendas limpias como repuesto o cubre-almohada y no puedo evitar girarla cuando el lado que hospeda unos de mis perfiles se calienta.
Sé que la analogía puede ser algo desagradable pero pensémoslo de este modo, si nos bañamos y cambiamos de ropa interior a diario, cómo es que no hacemos lo mismo con la almohada y su funda que es no es otra cosa más que su bombacha?
Tantas cosas que se inventan con fines puramente estéticos cuando bien podrían alegrar a una manada de neuróticos con una almohada que, con un sistema de multi-capas intercambiable, de por concluida la era del repugnante lado calentito.

domingo, 17 de marzo de 2013

Nos cagamos en los sabios métodos caninos.


Los hay con aloe vera  y con tiernos dibujos que generan confusión. No se sabe si uno se los está pasando por el culo, si es el culo una suerte de ofrenda o si la soberbia humana ha desarrollado un fetiche en el que sometemos a nuestro mejor amigo a la dura (o blanda) tarea de limpiarnos la puerta de salida.
Lo cierto es que el perrito de Scott y su rol social es la más convincente explicación al cuestionado acto canino de olfatear culos ajenos que, a modo de test de personalidad, parece brindar info clave sobre el perfil de un can.
Está en el culo la verdadera esencia? Por qué el culo y no los ojos, la piel o el pelo?
Les parece casual que, mientras el pelo puede teñirse, la piel puede tatuarse y los ojos pueden cambiar artificialmente de color, el culo sea inalterable?
Siempre lo intuí. Los perros son visionarios.


miércoles, 13 de marzo de 2013

Pitágoras y el sexo: cuando el orden de los factores si altera el producto


Tantas tardes de mi adolescencia malgastadas con estúpidas teorías matemáticas para que, con el paso de los años, la experiencia las termine refutando.
No es por desmerecer a Pitágoras pero quienes apliquen su famoso axioma ‘el orden de los factores no altera el producto’ en la vida diaria, o más puntualmente hablando, en la sexualidad, deben ser más aburridos y predecibles que la tabla del dos.
Entiendo que el axioma es objetable en varios y  diversos casos pero hoy quiero puntualizar sobre su total inconsistencia  en materia sexual.
Bien sabemos que para alcanzar el éxito, hay que empezar de abajo: ni Madonna nació estrella ni las fogatas se encienden  sin antes prender la  yesca. El éxito es, en este caso, el resultado de esta armónica acomodación de elementos inflamables que terminan por producir el tan anhelado fuego. Ahora bien, si el éxito es la concreción del fuego, las pequeñas pero intensas reavivaciones pueden entonces denominarse múltiples éxitos.
Personalmente, y con gran orgullo puedo decir soy una mujer muy exitosa o, siguiendo lo recién señalado, que alcanza múltiples éxitos. Pero es pese o debido a esto, que uno continúa profundizando en el tema para encontrar otras formas de alcanzarlo: ya sea modificando la forma en que se acomoda la yesca o buscando otros elementos inflamables.
Tal es así que hubo un grandioso día, en que ‘P’ ordenó los factores  (o la yesca)  de otra manera y no sólo me alteró por completo el producto sino que me hizo conocer un nuevo teorema: el del Indice Exacto. Un nuevo concepto de éxito que nos demuestra que el factor sorpresa está siempre un dedo más adelantado que otros y que un agregado de alcohol al fuego en el momento preciso puede darnos con un acabado perfecto. Un éxito rotundo.
Mi producto se alteró tanto que le pedí por favor a ’P’ que memorizara y, de ahora en más,  implementara el teorema del Indice Exacto cuantas veces pudiera o, mejor dicho, cuando la multiplicidad de éxitos lo permitiera.
No creo, por otro lado, que mi lado liberal me permita, algún día, explorar la regla de tres invertida pero por el momento jugamos a desafiar a Pitágoras.
En cuanto a mis clases de matemáticas, sólo puedo lamentarme y compadecer a mi recordada profesora que, a juzgar por su malhumor, carecía de un anti-pitagórico que le desordenara los factores y le alterara un poco el producto.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Las conchas de las putas y las madres (Prólogo al libro de Matt Rob Lo Cascio: "ConchaTuPutaMadre")


Benditas sean las conchas y las madres, por patrocinar todos y cada uno de nuestros momentos de mierda. Pero más benditas sean las putas, porque es gracias a ese atributo que logramos convencernos que no es de la madre propia de quien estamos hablando.     
Las loras no son la excepción, pero dudo que los insultos en sus nombres les afecten tanto ya que es de público conocimiento, o no, que las loras no tienen concha; ahora bien, no me sorprendería que los habitantes de La concha de la lora se muestren algo desconcertados ante nuestro tan popular insulto.
Por qué será  que acudimos a la entrepierna materna para blasfemar o exaltar el carácter de infortunio de un evento? Es, acaso, la concha, la raíz de todas las desgracias?  Sí y no.
Por qué existe un maleante? Porque una concha lo parió. Cómo se define, entonces, a ese sujeto? Como un hijo de puta. Por qué? Porque el maleante nunca es uno, es otro y ese otro es hijo de otra madre, que no es la propia y entonces es puta.
De todos modos, si profundizamos un poco más el análisis, nos topamos con que, en ocasiones, también nuestra madre es puta: ‘la re concha de mi puta madre’. Cómo se explica esto!? Que tan hijo de puta  hay que ser para putear de esa forma? La respuesta es muy simple. Existen desgracias  que evidencian tanto nuestra culpa o estupidez que nuestra honestidad, sólo por cola de paja, sale a la luz decidida a hacerse cargo de la cagada cometida nada más ni nada menos que embarrando a la propia madre. Por qué? Porque somos unos eternos cobardes que, en vez de decir ‘la re pija’ o ‘la re concha mía’, nos eximimos de cualquier responsabilidad hundiendo y emputeciendo a nuestra madre.
El procedimiento, de claro tinte freudiano, que nos lleva a tal conclusión, advierte  un límite de mala leche en cada uno de nosotros que, una vez excedido, hace necesario un relegamiento de responsabilidad a la progenitura, puesto que únicamente una herencia puede explicar tanta mala leche y tal herencia no puede venir sino de una madre.
Si intentamos graficar un poco la fórmula, se vería algo así:
‘No puedo tener tanta mala leche’ – por eso, como consecuencia    ‘La re concha de mi puta madre’ (no puedo tener tanta mala leche, esto es herencia materna)

sábado, 13 de octubre de 2012

La rebelión de las maniquíes


Pobrecitas.
Había días en que apenas podían caminar. Tenían las articulaciones en las últimas y padecían tendinitis en las muñecas por sostener cosas  todo el día.
Eran totalmente ignoradas. Nadie notaba el dolor en sus miradas. La gente sólo veía lo que tenían puesto y seguían de largo. Como si nada.
Pero un día todo cambió.
Cansadas de tanto maltrato, acordaron en vengarse y hacer algo por ellas mismas.
Abusándose del poder que tenían para imponer lo que ellas quisieran como moda, resolvieron, por decisión unánime, burlarse de las mujeres con una propuesta de vestuario sui géneris. Exclusivamente ridícula.
Recordando viejas modas y acentuando el gran rechazo a la, por suerte, breve movida flogger,  optaron por hacer que las mujeres se jactaran de lucir el vestuario que tanto criticaron.
Para ello, propusieron extravagantes y ordinarias prendas en colores flúo. Bien chillones y berretas. Como para, de algún modo, desafiar el nivel de imbecilidad de todas, como para ver qué tan lejos podía llegar la falta de juicio en ellas.
El plan, no sólo funcionó sino que superó todas las expectativas. Las mujeres, como de costumbre, obedecieron y llegaron, incluso, a tratar de inferiores y distanciarse de aquellas que no cumplieran con las órdenes. ‘Ordenes’ que, de tan bien presentadas e impuestas, no significaban un sacrificio sino un placentero deber. Un must, como le gusta decir al Fashion World.
Meses más tarde y abusándose de la visible disminución visual en las mujeres- como producto de la creciente moda flúor-  decidieron, una noche, romper las vidrieras y huir. Ser libres. Andar en pelotas por las sierras sin pelotudas alrededor acosándolas para copiarles el look.
Para el momento en que las mujeres recuperaron la visión, ya era demasiado tarde.
 Las vidrieras estaban todas destrozadas. Las alarmas de los locales no paraban de sonar y de los  maniquíes nada se sabía.
La calle era un caos. Y las mujeres no salían del shock, temiendo perder sus referentes y, con ellas, el sentido de su look (y para algunas, de sus vidas).
A la semana siguiente, todas las galerías, boutiques, locales y shoppings del mundo se llevaron una gran sorpresa.
Todos, al mismo tiempo, recibieron postales de las maniquíes. Se las veía felices y libres, corriendo en pelotas por las montañas.
 Del otro lado de las postales, había un mensaje, el mismo en todas ellas:
 ‘Cópiennos ésta ahora, hijas nuestras, teletubbies en decandencia hipnotizadas por la industria de la moda. A ver si se animan a andar en pelotas ahora, descerebradas’

Las maniquíes sí que la tenían clara. 



(Continuará)