miércoles, 25 de septiembre de 2013

'Dime qué haces cuando te cantan el feliz cumple y te diré quién eres'

No entiendo cómo es que la gente sufre por cumplir años. A mi me encanta cumplir años. Siempre me gustó. Sobre todo desde los 10 años en adelante, cuando ya tenía amiguitos para invitar en vez de sólo los compañeritos de curso que si o si había que invitar. Antes de esto, era tan olfa que me costaba hablar con la gente, invitar a jugar y todas esas porquerías. Yo me sentaba con Vanesa, la otra olfa del curso que era peor que yo. Salvo que ella era rubia y yo una pequeña Pocahontas, teníamos varias cosas en común: las buenas notas, los papis con plata y, por ende, nuestras madres que hacían regalos de cumpleaños copados. Yo creo que nos invitaban a los cumples sólo por eso.
Ella era ñoña por las buenas notas mientras que yo me dedicaba a la escuela porque no tenía con quien jugar; pero prefiero decir que lo hacía por amor al arte. Además era sabido que se acercaba a mi por interés o porque su mamá la obligaba.
En la primaria era algo común. Las madres te hacían la cabeza para que te juntes con las pibitas que se sacan buenas notas o directamente te obligan. Te hacìan esas comparaciones de mierda entre las nenas con las que te juntás vos y las olfas, esas que por más que te las tengas que fumar cada tanto jugando a la mamá, parecían asegurarte un Muy bueno o un Bueno + por el sòlo hecho de juntarte con ellas.
De todos modos, no me quejo. Vanesa tenía todos los colores pasteles de las biromes Signo más caras que nadie tenía. A mi también me convenía sentarme con ella.
Ella siempre festejaba los cumpleaños en el mismo salón: 'El duende rojo' o el azúl, que quedaba a unas pocas cuadras. Estaban buenos porque se morfaba rico, tenía piñatas con mercadería copada y un salón de baile con bola de colores y esas cosas. El garrón era el nombre. No daban los lugares que sonaban a infantiles pero bueno, nos hacíamos las grandes igual y en las tarjetitas se empezaba a usar la palabra 'asalto' para mostrar esa 'madurez'.
Mis cumpleaños tampoco se quedaban atrás. Tenían tanta repercusión que hubo un año en que la mamá de Nadine, mi mejor amiga que para entonces no era tan amiga, la llamó a mi vieja para pedirle que por favor no la excluyéramos a la flaca, que estaba triste porque casi todo el curso iba menos ella. A ese cumple Nadine se invitó sola.
Justo ese año había laburado un montón a mi vieja para que me dejara decidir o al menos intervenir en la organización de mi cumple. Habíamos quedado en que yo me fumaba que fueran las hijas de los socios-garcas de papá mientras yo decidiera a quien invitar del curso. Convencerla fue un logro hasta que el episodio de la flaca me hizo quedar como una hija de puta y, lo que es peor, mi mamá terminó teniendo razón.
Mis cumpleaños eran bastante a todo culo por dos cosas: un padre con plata y orgullo de que la piba siguiera saliendo abanderada.
Todavia conservo una caja gigante con vhs's de todos mis cumples, desde los 5 hasta los 15, que al día de hoy resistió 9 mudanzas sin terminar en la basura. No sé por qué pero me conmueven y cada tanto pienso en reverlos, no muy de cara y con algunas amigas. Por ahora lo sigo postergando, no sé si estoy lista. Pero no puedo culpar al filmador tampoco. Se sabe que las modas cambian rápidamente y que las payasadas ultra cursis que nos hacían hacer en los 90 hoy son el hazmereir de los chicos modernos. Nestor sólo cumplía con su trabajo. Y de hecho, lo hacía muy bien. Lo único que he notado y siempre me llamó la atención fue su fijación con Bryan Adams, el cantante de boleros más empalagoso de los 90's. No me gustaba para nada que ese boludo interpretara los soundtracks de mis fiestitas. Mi cara de culo y un tema de Bryan Adams en el video parecían ilustrar el cumpleaños más triste del mundo de una nena seguramente huérfana, adoptada o con algún familiar preso.
Nestor estaba atento a todos mis movimientos. Era como tener mi propio paparazzi, pago pero paparazzi al fin.
Su momento favorito, al igual que el de todos los filmadores, era el de la torta, obvio. Digo obvio porque a estos tipos les encanta verte incómoda o esforzándote. En ciertos momentos o, mejor dicho, rituales, no se tiene espacio ni escapatoria (o si, pero quedás como un nabo entonces mejor bancártela) y registrar eso es fascinante para ellos.
La torta frente al cumpleañero con velas encendidas, amigos y enemigos rodeándote,afinando una canción que data de hace más de dos siglos y algún que otro familiar llorisqueando de emoción. Seamos honestos, la escena además de aterradora es una mierda. Especialmente para una pibita tímida que no tolera a la gran mayoría de sus invitados.
Muchas veces me he cuestionado cuáles eran esos momentos horribles en los que uno más se expone para, a partir de ellos deducir características generales de una persona. No lo confundan como el 'dime con quién andas y te diré quién eres' porque lo odio. Mi mamá me lo decía siempre cuando me juntaba con Mayra, la 'adelantada' del curso que se afeitaba las piernas a los 12 y por tanto, era puta.
Me refiero a situaciones como por ejemplo un choque. Cómo reacciona el chocado y cómo lo toma el pelotudo que choca.
Bueno, con el momento de la torta pasa exactamente lo mismo. Yo me atrevo a postular que 'como uno se comporta en el momento de la torta, así es en la vida'.
Por supuesto que el comportamiento va cambiando. De chiquita, mi estrategia era concentrarme en un vértice de la torta y fijar la vista ahí hasta que lo peor pasara. Años más tardes miraba a la gente a mi alrededor y sonreía como agradeciendo no sé bien qué (si al fin y al cabo ellos venían a mi fiesta, se divertían y comian todo,y a veces sin hablarme).
Hasta ahora, mi táctica sigue siendo la misma. Miro a todos, uno por uno, y los obligo a cantar fuerte y afinadamente y acuso a quien no esté cantando pidiéndoles que vuelvan a empezar porque faltaba esa persona. Mi cara suele ser de felicidad plena. Aplaudo y me canto a mi misma sólo que me mantengo alerta al boludo que siempre te quiere enterrar la cara en la torta.
Supongo que finalmente encontré gente linda con quien reunirme a festejar.
Cortaría este texto acá para cerrar con un final choto y feliz pero me acabo de acordar de una anécdota que no puedo dejar de contar. Si, fue en un cumpleaños de Nadine.
Sus fiestitas fueron siempre minoritarias. Ella tampoco tenía muchas amigas en la primaria. Y al contrario de mis fiestas, ella tenía que recordarle a la gente que fuera. Hubo un cumpleaños en que sólo yo me acordé. Tuvo su lado bueno. Nos comimos todos los sandwichitos. El único garrón fue presenciar una pelea entre ella y su papá porque no le había conseguido los sandwichitos de palmito como ella quería. O algo así. Muy típico de Nadine.
Desde entonces la flaca se avivó de que los cumpleaños con poca gente eran mejores. La comida rinde más y se puede sacar mano más cómodamente. Fue así que empezamos a hacernos amigas de gente poco popular que hacía cumpleaños con rica y abundante comida. La estrategia era intensificar la amistad llegada la fecha y caer siempre antes que todos.
Eramos bastante mierda pero la vida nos hizo así.

Al final, creo que esta última confesión dice mucho más de nosotras que  lo que podamos actuar durante el momento de la torta y el cantito de cumpleaños. Somos unas mierdas pero es por otra cosa, nos cuesta recibir amor.