miércoles, 18 de septiembre de 2013

El verbo encarnado: el oficio de la depilación


No recuerdo cómo pero un día decidimos que el mejor negocio sería poner una spa urbano. Mi mamá estuvo de acuerdo desde el principio. No sé si para ahorrar el tercio de sueldo que deja en manicuría, depilación, podología y cama solar o porque tenía la esperanza de yo, su hija, dejara de ser una 'andrajosa', según sus textuales palabras, y me volviera más femenina. Creo que fue una mezcla de las dos.
Contratamos una manicura y una cosmetóloga y masajista que resultó ser una conchuda, pero eso es un tema aparte. En otras palabras, contratamos gente que supíera hacer lo que nosotras no sabíamos: nada, excepto depilar. No, no había hecho cursos pero me depilo desde los 13 años después del incidente que relaté hace varios posts atrás así que me sentí lo capacitada como para lucrar con pelos ajenos.
Al principio, como sucede con todo nuevo emprendimiento, nos costó un huevo juntar clientas pero, volanteada de por medio y con publicidad de Jorgito el potro, que era nuestro vecino, nos hicimos una pequeña pero fiel clientela. Por lo general, las chicas venían por las promos y yo, la depiladora, de inmediato empecé a frecuentar arbustos femeninos.
Rápidamente deduje tres cosas, tres patrones que se repetían con frecuencia: que las señoritas de la zona esperaban al jueves para despejar el área, que el área a despejar era siempre el púbico y que ninguna usaba esponjita para refregarse. Éstos, entonces, se volvieron mis consejos de depiladora.
El único método que usé fue el tradicional. No porque guardara cariño por el clásico sistema español sino porque la vez que probé en mi misma el novedoso e higiénico método descartable preferí haber seguido peluda. Ciertos avances de la tecnología aplicada a la estética se cagan tanto en el cuidado de la piel y priorizan tanto la extinción de los pelos que te los quitan con piel incluída o te dejan, a modo de trueque, un ardiente sarpullido que nada tiene de hot. Por eso, cada vez que alguna posmoderna venía a nuestro spa solicitando esa basura me encargaba de explicarle que ese método era un one-way ticket al cáncer de piel, como mínimo.
No es por agrandarme pero era muy buena en mi oficio y no hubo muchacha que partiera con un pelo. Por supuesto que mitad del mérito era de la cera y los materiales que usaba. A veces es preferible ganar unos mangos menos pero asegurar el peludo regreso de la clienta. Tenía un hermoso hornito con colador que aún conservo y la mejor cera del mercado.
En verano la actividad aumentaba notablemente y, como sucede en los negocios pequeños surgen complicaciones.
Hubo una vez en que la mejor cera del mercado se vio consumida en una ardua y tupida tarde de trabajo por lo que tuve que usar una de esas que te venden en 'Diferent' o 'Soy lola'   para atender a la última clienta del día, casi noche.
'Por una vez que uses la Depimiel no pasa nada', me dijeron. Y yo confié. No tuve opción.
No recuerdo con exactitud el nombre de esta señora pero por el bien de este relato y la no reiteración de 'esta señora' vamos a llamarla Raquel. Recuerdo su cuerpo y este nombre le queda muy bien.
Traté de derretir el bloque de depimiel antes de su llegada pero no sucedió. Raquel tuvo que esperarme unos 15 minutos.
La invitamos con café y una agradable charla de sala de espera de spa que mi mamá tan bien ofrecía mientras yo, detrás de escena, luchaba por derretir el bloque cual dealer de faso cortando pedazos con un tramontina desafilado.
'Ya estamos Raquel, pasá por acá'. Raquel ya se veía algo impaciente. Aparentemente la charla de spa no había sido lo suficientemente grata como para contrarrestar nuestra impuntualidad.
Se desvistió casi de inmediato y una vez sentada, casi en bolas, en la camilla empezó a delimitar con sus dedos el perímetro que quería alisar.
'Perfecto, Raquel. Hoy te vas de acá hecha una estrella porno', le dije para romper la tensión que irradiaba su cara de ojete. Cada tanto tiraba esas frases boludas que a las cuarentonas tanto les gusta escuchar.
Raquel quería irse con un cavado de bebé y a mi me caían bien las mujeres jugadas sólo que no tenía la confianza necesaria en la cera de turno como para cumplir con esta misión.
Empecé por las piernas, como para testear la elasticidad de la cera. He aquí uno de los principales requisitos con el que nuestra materia primera debe contar.
'Estoy hasta el ojete', pensé por dentro. La depimiel resultó ser más poronga de lo que pensaba y tenía que pasársela casi hirviendo para lograr la maleabilidad que me permitiera acortar la tortura. La fórmula es sencilla: más flexible es la cera, menos pasadas, menos tirones y, por ende, menos sufrimiento.
Por supuesto que una profesional jamás admitiría estar usando una berreteada de productos por lo que le pasé la bola a Raquel insinuándole cuán arraigados estaban sus vellos y lo pronto que había decidido venir a depilarse.
'Hace como 20 días que no me depilo' , me dijo la muy yegua.
'Qué raro!', le dije yo, haciéndome la sorprendida y haciéndole creer que era afortunada por tener un crecimiento tan lento.
Lo que normalmente hubiera logrado en unos cinco tirones, en Raquel me llevó unos diez. Y lo peor aún estaba por llegar: el cavado.
Le levanté y até la bombacha a lo Moria Casán para ver que con qué me enfrentaría a continuación.
Raquel era un claro especimen de las mujeres que no usan esponjita para desencarnar los pelos. De treinta y cinco pelitos, al menos veinte estaban encarnados.
'Raquel, vos te pasás esponjita en la bañera?', le pregunté, sumándole traumas a la pobre cuarentona.
' Tengo una guante exfoliante en la ducha', me respondió. La piel de Raquel evidentamente era una mierda o me estaba mintiendo grandiosamente.
Le dije que haría lo mejor y que para ello tendría que usar más la pincita que la cera.
Me miró cual radical enterándose de la reelección de la presidenta así que rápidamente le dije que, de todos modos, haríamos unas pasaditas de cera para que aflojaran un poco.
Raquel se tensionó aún más. Ni hablar de sus pelos. Los muy hijos de puta parecían escuchar todo lo que hablábamos y se aferraron a la piel de su propietaria con más fuerza.
Cuando uno se tensa de esta forma, el sudor es inevitable. La pelvis de Raquel para ese momento ya estaba húmeda. Probé unos tirones y decidí usar talco para secar un poco el área.
Los pedazos de cera que arrancaba de ella se me cagaban de risa. Con suerte salían tres pelos locos por tirón. Ella se sujetaba la bombacha con fuerza y apretaba los deditos del pie para comunicarme su sufrimiento.
Aproveché que ya la zona estaba medio curtida y empecé a usar la pincita como chinita comiendo arroz con palitos a toda velocidad. Por suerte y por experiencia, uso la pincita como un lápiz y pude acelerar muchísimo el proceso.
Cada tanto, Raquel se levantaba a espiar como iba la cosa. Cada vez que lo hacía le recordaba la importancia de la esponjita. Ya no sabía qué más decirle.
Para empeorar las cosas, mi vieja golpeó la puerta preguntando cómo iba todo. La odié. Me acerqué hasta ella y, por lo bajo, le dije que la depimiel era una mierda y que la vieja era una conchuda. Más tarde le dije que nunca más volviera a golpear para no preocupar a las clientas ni hacerlas sentir Chewbacca.
Gracias a todas las estatuas de Buddha que tenía en el spa, la misión se cumplió casi a la perfección. Pero el casi no era menor. Raquel había quedado divina. Sin un pelo. Pero con un lindo eccema de recuerdo. La chochis de la cuarentona no dudó en expresar su rechazo al calor de la cera y los apretones de pincita por lo que parecía una frutilla vista de cerca, bien roja y granulosa.
Rogué que la reacción alérgica se fuera mágicamente y para darle tiempo, la soborné con unos masajes con crema en las piernas que, si bien estaban hirviendo, no parecían frutillas.
Los masajes funcionaban siempre. Logré que Raquel se relajara un poco pero a los minutitos empezó a inquietar los dedos de sus pies como apurándome a terminar.
'Bueno, ya estamos', le dije. Raquel se acarició la frutilla y, preocupada, me preguntó por qué le había quedado así. Por tercera vez le insistí con el verso de la esponjita con tanta elocuencia y suerte que la convencí y procedió a cambiarse.
'La próxima voy a esperar un poco más así no te la complico tanto ni sufro yo', me dijo con una sonrisita irónica.
Le agradecí haber venido y le recordé lo que le dije en un principio:
'Te dije que de acá te ibas como una porn star, Raquel, sin un pelo. Y,sobre todo, ardiente...', y me reí, con un poco de miedo.
Se rió y casi rengueando fue a pagar a la caja, osea, a mi mamá.
Nunca más supe de Raquel y mucho menos de su frutilla.