domingo, 29 de septiembre de 2013

Padecimiento de las clases de música: la seño Edith y mi primer trauma.

Es increíble como ciertos episodios traumáticos en la infancia pueden tener tanta repercusión en nuestra adultez. Es probable que no recordemos qué comimos ayer al mediodía pero apenas oímos la palabra traumático, nuestra jodida memoria nos bombardea con recuerdos horripilantes que se resisten al 'vaciar papelera' cerebral y parecen haber comprado un lote en nuestra cabeza.
La mayoría de estos episodios ocurren en la infancia o temprana adolescencia y nos toman tanto cariño que pueden acompañarnos de por vida.
Siguiendo la costumbre de Álvaro que hace ranking hasta con los peores garcos de su vida, podría  situar casi en el podio de mis momentos de mierda al ocurrido en la clase de música de la seño Edith.
Mi escuela se caracterizó, al menos en los 90s, por tener seños y profes de música poco pedagógicas o, si se quiere, tan preocupadas por la afinación de nuestras vocecitas que olvidaban que también éramos niñas inestables con lugar de sobra para sembrar y cultivar nuevas inseguridades.
A los ocho años es natural tener algún que otro tic nervioso o costumbre extraña que delatara nuestro prematuro desequilibrio mental. En mi curso no sólo había variedad sino que estaban las más patológicas: desde una simple onicofagia (comerse la uñas) hasta un extraño hábito que tenía una compañerita que, de la nada, se sostenía de la ingle y agachaba levemente. Era una suerte de demi-plié de danza clásica o un hipo vaginal que la obligaba acurrucarse un poco. Rarísimo, nosotras nunca salíamos de nuestro asombro y conjeturábamos sobre los posibles trastornos que Evelyn podía haber tenido.
Vanesa, la de los cumpleaños en el Duende Azul, metía la palabra 'pero' en cualquier lado desmeritando cualquier cosa que decía y provocando la risa, sólo a veces secreta, del curso entero.
Yo, más clásica pero no menos desagradable, me comía apasionadamente los mocos. El deseo era incontenible y poco me importaba si había gente alrededor, yo tenía que sacármelos y con algún que otro malabar de por medio, hacerlo llegar a mi boca.
'¡Asquerosa! ¡Con la cantidad de bichos que tienen los mocos vos te los andás comiendo!', me decían en casa cada vez que me descubrían. Pero tampoco me importaba. Si estaba en el auto, bastaba con salir del perímetro del espejo retrovisor para abstraerme de la realidad en mi salada cacería de mocos.
Mi destreza era tal que mis dedos índice y meñique parecían danzar en vez de excavar mi naricita. Por supuesto que no fue así desde un principio sino que necesité varios sangrados de nariz para darme cuenta de que las uñas, lejos de ser necesarias, eran perjudiciales y que necesitaba controlar el movimiento de mis dedos. Mi mamá, para ese entonces, creía que una terrible enfermedad me acechaba cada vez que la llamaban de la escuela para contarle que la nena estaba en sala de profesores con gasa en la nariz por una imparable hemorragia.
Como todos sabemos, la prohibición intensifica el deseo. Mis dedos se alborotaban cada vez que respiraba profundo y sentía el revoloteo de una cortinita o guirnalda de moco colgando de mis fosas nasales. La reacción era automática, si había moros en la costa huía hacia algún rinconcito o directamente al baño donde podía pasar unos buenos minutos sacando y comiéndomelos. Idealmente sucedía eso y, cuando no, me comía una cagada a pedos.
Reprimirme las ganas nunca fue fácil y, por el contrario, cuanto más me perdía en mis pensamientos más posibilidades tenía de terminar inconscientemente con el índice en la nariz. Por esto mismo, me esforzaba por prestar atención en clase y mantener mis manos ocupadas.
Las clases de la seño Edith, la bruja de música, eran peligrosísimas porque nos hacía sentar en ronda alrededor del piano desde donde tenía una panorámica de todas nosotras.
Sólo en ocasiones lográbamos romper esa ronda dispersándonos un poco y, por lo general, era cuando cantábamos canciones que ya conocíamos.
Recuerdo una clase en que Edith estaba de un rarísimo buen humor. Nos hizo sentar cerca – y no en ronda- del piano y cantamos el alegre hit de Violeta Rivas para calentar la voz y repasar las notas musicales.
A mis compañeritas les encantaba y la cantaban con tanto entusiasmo que parecíamos un coro de ángeles extasiados. A mi también me gustaba pero, si tenía que elegir, prefería abusarme del delirio que producía el hitazo para seguir comiéndome los mocos.
Apenas empezó el famoso 'Do-minemos nuestra voz', supe que era una nueva oportunidad para comenzar mi ritual.
Una vez que empezaba, nada podía detenerme y esa vez en particular me dejé llevar por el júbilo del momento que iluminaba los rostros de mis compañeritas y acrecentaba el placer de mi hazaña hasta que un súbita y violenta interrupción me hizo aterrizar a la fatal realidad:
-¡¿Vos pensás seguir sacándote los mocos hasta que termine la canción?!', me gritó la seño Edith con una fulminante mirada que hizo que el curso entero girara a mirarme.
Yo no sabía si largarme a llorar o hacerme la muertita para que la forra de la seño cargara con la culpa de mi muerte de por vida. Ambas opciones eran nefastas, yo era muy introvertida como para quebrar en llanto públicamente y muy boluda como para fingir un desmayo o paro cardíaco por lo que terminé pidiendo disculpas con tanta vergüenza y pánico que me entumecí por completo.
La seño Edith reanudó la canción y continuó con la clase. Ella como si nada, yo como si todo.
No me salía un puto sonido de la boca así que tuve que hacer la mímica hasta el final de la canción, rogando y jurando por la muerte terminal de mi mamá que nunca más me comería los mocos con tal de que al terminar el hit de Rivas, Edith no me volviera a regañar ni hiciera de mi desgracia un sermón para toda la clase.
Por suerte o gracias a algún mecanismo psíquico de defensa, bloquée por completo el desenlace de ese particular día de escuela pero aún recuerdo con la más avanzada definición de imagen y sonido la reprimenda de la seño y mi dedo índice escurriéndose entre mis cancanes azules para ocultar el pegajoso cargamento.
Desde entonces, odié las clases de música y la canción de Violeta Rivas y, ahora que lo pienso, quizás por eso Violencia sea mi personaje preferido del gran Capusotto.