lunes, 19 de mayo de 2014

El rescate mormón

Se fue todo al carajo. ¿Viste cuando no tenés Internet y te ponés a hablar de cosas que no dan y llenás el tender con trapitos al sol? Bueno, algo parecido nos pasó a nosotros. No lo hagan en casa.
Fueron tardes interminables de orgullo, silencio y caras de culo. La discusión sacó lo peor de nosotros aunque también nuestros mejores dotes actorales, debo decir. De a ratos él hacía de víctima y yo de zorra e íbamos invirtiendo los roles cuando veíamos que lo que decíamos no tenía sentido o no convenía ser comentado. Por momentos, la cosa parecía un partido de ping pong, nos tirábamos raquetazos de nombres -fantasmas- del pasado; un desfile patético de muertos vivientes.
Casi a mitad del partido,  la escena me superó y al grito de '¡Dame plata que me voy!' agarré mi valija y sin dudarlo ni pensarlo saludé a la perra con un beso de despedida tan fuerte que casi le trago el hocico.
'No, no te doy nada', me dijo él. Genial, sin lugar ni plata. Pero en  momentos así uno no mide esos detalles sino los  portazos que planea dar. Como es de suceder en mi historial de portazos  mal ejecutados, luego de azotar la puerta recordé que mi campera bordo en la pieza: tuve que volver a entrar; el abrigo valía la humillación.
Nos gritamos unas puteadas de despedida mientras salía hasta que llegando a la vereda le cayó la ficha y bajó las escaleras detrás mío: 'Pará boluda, llevate plata, tomá'. Pero ya era muy tarde, mi orgullo y yo habiamos pactado no recibir ni un beso de despedida de él:  '¡Metétela en el orto!'
Con cara de arrepentido, dio media vuelta y volvió a la casa, su casa a partir de ese instante. La pobre Mumi no entendía nada, lo siguió corriendo como si fuese a darle de comer, yo quería raptarla, pero no daba.
Esta nueva escena era para un tema de Diego Torres o peor, Arjona. Con una mano tenía la maleta y con la otra hacía dedo. Pasaron varios autos hasta que una camioneta frenó. 'Usted no es taxi, no? Porque mire que no tengo plata'. Mi capital no superaba los trece centavos, mi locura todo límite. 'A dónde le llevo?' me dijo el muchacho. Le dije que iba al centro y como quien quiere toda la cosa, le conté que estaba sin lugar. De inmediato me ofreció alojamiento y de inmediato acepté. Dijo que me llevaría a lo de su madre, que odiaba pasar las noches solita, pero que antes tendría que acompañarlo a una clase de su universidad. 'No hay problema'. Le pregunté a qué facultad iba: 'es religiosa', me dijo, 'de los santos de los últimos días, suelen llamarnos mormones'. El bizarrómetro comenzaba a temblar.
La facultad era tanto o más lujosa que su camioneta. Me presentó como amiga e invitada a la clase y todos me recibieron con un cálido 'bienvenida hermana'. Yo me sentía en un capítulo de South Park.
La clase comenzó al minuto, era en inglés. Estábamos sentados al medio, ni muy atrás ni muy adelante, como para no llamar la atención. Como si la ubicación en el salón disimulara mi cara hinchada de seducida y abandonada, con dos días sin baño encima.
El profesor saludó a la clase, eligió a una chica de pésimo inglés para la oración del día y a otra para dirigir el tema que cantaríamos a continuación. Si, los mormones también cantan en la universidad: 'Called to serve' fue el hitazo de apertura. Una canción que sonaba a melodía de pianito de juguete pero con unas lyrics muy fuertes, muy brainwashing.¿Era una señal? De a ratos pensaba que si, que mi momento había llegado, que me convertiría en mormón post-ruptura. Por suerte, recordé todo lo que me había burlado de una ex novia de mi hermano convertida en testigo de jehová luego de que él la dejara- y rápidamente dejé de delirar.
En la clase se enseñaban técnicas para encarar gente en la calle y convencerlos de que Dios re existe. 'Esto es re Herbalife', pensaba todo el tiempo. La religión mormona era el producto y los no creyentes los clientes. Se hicieron roleplays y todo. Yo no salía del shock.
En la segunda parte y también segunda hora, vimos videos y leímos versículos de la biblia remarcando los atributos que debía tener un  buen misionero. Para esta actividad, se formaron grupos de los cuales un integrante  debía pasar al frente a exponer lo discutido. No sólo no me excluyeron del ejercicio sino que los hermanos me eligieron, casi obligaron,  a ser la vocera. Me sentía en deuda con Marco, mi rescatista, y por ende con toda la religión mormona por lo que acepté casi con gusto. Quedaron chochos. El inglés general de la clase era tan malo que de pronto yo parecía nativa. La clase ya me quería. 'Vuelva hermana, siempre es bienvenida', casi me hacen prometer que  volvería pero zafé riéndome y cambiando de tema.
Marco me llevó de su madre, una dulzura de ochenta y pico y gran lucidez que me esperaba con una sopa calentitajunto a su otro hijo, Fernando, el 'tortuga'. Fernando más que tortuga era la oveja oscurita de la familia, el católico terco que nunca cedió. Les agradecí mucho y retuve las lagrimas hasta mi cama en el cuarto de huésped. Ahí, lloré hasta que me dolieron las encías y me dormí. Llorar así, a lo catarata tiene su lado bueno: al otro día, excepto por las ojeras, estás casi nuevita
A eso de las ocho me llamaron a desayunar: café, pancitos y un plato de arroz, con carne. La mamita agradeció por la comida en nombre todos y empezaron a comer. Aflojé la mandíbula, respiré y en muestra de gratitud, me comí el plato entero. El rechazo es súper mal visto, no podía hacerme la vegeta culo roto. La culpa, por otro lado, era tal que por cada bocado mi mente me recordaba diálogos con veganos, sus rostros, sus reproches. todo. A la hora, la culpa había hecho efecto en mi estómago: un garco revolucionario, seguramente auspiciado por todos los veganos que invoqué por culpógena
Esa misma tarde,  Fernando me llevó a su taller en Carapungo donde dijo que me armaría unos ula-ulas para poder trabajar. Fernando era tan bueno conmigo que me asustaba, no se frecuentan tipos solidarios que te ayudan sin querer empomarte. Pasé en total dos noches y tres días con él y su mamá, me trataron como una reina, jipi y sucia pero reina al fin.
Al tercer día finalmente recibí la preocupación de mi mamá en billetes, un giro salvador que restauró mi lado zen. Volví a respirar. Me mudé a un hostal con Laura, una uruguaya divina que conocí en Perú. Estoy súper contenida y entretenida y ganas de llorar me vienen muy cada tanto, cuando me acuerdo. Por el momento, seguimos peleando cada vez que nos vemos conectados. En estos días lo tendría que borrar, o él a mí, pero siempre encuentro un pero que me frena. Nuestra inestabilidad emocional es zarpada pero Irene tiene razón, 'seguro en el fondo quisieran besarse'. Qué mierda las relaciones. Qué nutritivo es viajar.

(homework para la próxima clase)




martes, 13 de mayo de 2014

Calienta que caliente

Estoy horrible. Y no, no es para que me digan 'na sonsa, estás re linda'. Yo sé cuando estoy linda. Me veo al espejo y veo una piba dejada que de pronto usa sweaters sueltos y se hace rodetes con el pelo todo encualquierado porque total 'somos viajeros' y 'está todo bien'. Es que hay gente tipo, no sé, Ashley Olsen, Celeste Cid que llevan re bien el look 'estoy en cualquiera' y hasta a veces les sienta mejor que cuando se re producen. Bueno, yo no soy de esas. Demasiado que en este viaje  dejé el corrector de ojeras y con suerte -y electricidad- me plancho el pelo (obvio que viajo con la planchita).
Me vuelvo a ver al espejo y criticando alguna gilada escucho un 'estás hermosa'. Guau, zarpado el amor, pienso. Suerte que venimos cogiendo lindo y me quiere posta. Digo esto porque a mi cada tanto me pasa que si me siento fea y al mirarme no me doy, me cuesta coger. Ponele que finalmente accedo -entrego- pero el pobre me tiene que laburar más; y apagar la luz. Esos son los momentos que decidí apodar CFK: 'Cayó Frígida Kahlo'. La similitud con las iniciales de la presi son pura coincidencia, posta.
En ese sentido los hombres la tienen mucho más fácil, o más complicada, según por donde se mire. A  una mina es más fácil customizarla, hacer que esté buena. Un tipo, en cambio, es lindo o no, no hay mucho por hacer. Si, bueno, el peinado y la ropa siempre suman puntos. Pero hay más chances de que sea un chabón quien se asuste más al ver con quién se despierta al lado por la mañana. La mina también, es cierto, pero del terrible pedo que se agarró y la pelotudez que terminó haciendo pero no de una mutación o gran cambio físico del loco. Si el loco estaba bueno, lo sigue estando y sino, ok, caridad.
De todos modos hay una cuestión que no termino de entender y es eso de ponernos lindos para salir. Si lo más probable (en mi caso al menos) es que nos volvamos a la media hora del antro-bar-fiesta y terminemos viendo una peli en la cama -con suerte cogiendo-, ¿para qué todo el viaje de ponernos lindos?. O, mejor dicho, ¿por qué hacerlo para salir y no para quedarnos en casa gustándonos?
Yo creo que es obvio. Y es que en el fondo, bien al fondo cruzando la calle de los celos nos cabe que nuestra pareja caliente. Esto se ve más claramente en los chabones que en vez de salir con chicas, sacan a pasear trofeos. Dudo que haya momento más glorioso y falogratificante que la agarradita de cintura, u orto, cuando todos los buitres están al acecho con el '¿estás solita?' en la punta de la lengua (tristemente muchos siguen encarando así). Aún sabiendo que gran parte de esos buitres suelte un 'qué carajo le vio ese minón a ese pelotudo' más que un 'qué ganador, mirá la minita que pegó!'. El pito se les agranda en ambos casos.
Calentar a otro hace que tu chic@ te mire con más ganas. Pero créase o no, hay sujetos que no están de acuerdo :
- Todo bien pero la verdad que tu novio te debe coger como una bestia o algo tiene porque con esa cara de salame no entiendo que hace con vos.
- Por mí, mejor. Así nadie me lo mira.
Increíblemente este diálogo fue real y lo triste es que ella resultó ser una mujer preciosa en todos los sentidos pensables y él un gil que encima de fiero la cagó varias veces.
Ni la fealdad es garantía de fidelidad ni la 'potrez' es siempre signo de calentura. Hace tiempo vi una peli de un chabón que se calentaba filmando a su mina con otros tipos. Mierda que hay fetiches raros en el mundo!
Mi novio está preocupado por su pelada y visibles entradas y cada tanto se queja en voz alta a la espera de mi aceptación. Por supuesto que lo banco,y no sólo eso, me alegro que haya algo que lo haga verse un poco feo para las demás. Yo no termino de cruzar la calle de los celos. O si, con esfuerzo la cruzo; pero prefiero quedarme de este lado que cerca del psico de la peli.


viernes, 2 de mayo de 2014

Bus a la boliviana, cistitis asegurada

Si creías que ir de compras a Once o a La salada era lo peor que podía pasarte es porque nunca fuiste a una terminal de colectivos en Bolivia. Los empleados se manejan bajo el mandato 'vendo luego existo' y poco les importa si deben mentir piadosa o alevosamente para conseguirlo.
Las terminales son como hinchadas o plateas de un espectáculo. No hay un segundo de silencio y cada empresa tiene su propio vendedor ambulante al grito de 'La Paz, La Paz, La paz' o 'Sucre-Sucre-Sucre', según el destino que ofrezca y en el tonito que considera más molesto.
La peor parte es la entrada. Si tenés cara o valija de turista, el grito va a tu cara y si los ignorás, alguno te tomará del brazo o intentará ayudarte con el equipaje con tal de que le compres. Sin dudas, lo más stalker que vi en mi vida en un lugar público.
El primer bus que tomamos, de Yacuiba  a Santa Cruz, me sirvió para saber qué recaudos tomar en los próximos viajes. 'Primera y última vez que viajo nueve horas en un bus sin baño', me dije. Con lo problemático que es mi sistema urinario, que me castiga con ardores si no orino o tomo agua cada tres horas, no estaba para andar forzando el cuerito porque sí.
El segundo viaje fue hasta Sucre, donde nos esperaba quien luego se convertiría en la protagonista del viaje: la Mumi, nuestra perra viajera. Más precisamente en Yotala, un pueblito más chico que Timbúes, Freddy, un artesano amigo del pelado, estaba cuidando de la cachorra y su hermanita.
Estaba vez estaba decidida a viajar cómoda por lo que le pedí al pela que nos aseguráramos de viajar en un bus con baño. 'Yo me encargo', me dijo. Y como muchos sabrán, el pibe suele ser algo drástico en sus métodos:
- 'Escuche papacho, ¿el bus tiene baño? Porque le explico, estoy con una cagadera terrible. Vio cuando la caca le sale bien líquida?', le dijo el hijo de puta mientras con las manos resaltaba la idea de líquido, como gestualizando la lluvia.
Ni el vendedor, ni las cholitas ni el resto de los compradores ahí presentes pudieron contener la risa y fue en cuestión de segundos que todo el ala oeste de la terminal supo que un hombre con diarrea se dirigía a Sucre. Poco me importó. Nos aseguraron que el bus tendría baño y con eso ya estaba feliz.
Con alivio y los pasajes en mano, compré una botella de agua y tomé hasta asegurarme un meíto previo al viaje. Pagué un boliviano por el uso del baño o debería decir, de la canilla y el jabón porque de pis no hubo noticias. En menos de media hora y con la presión de desagotar antes de subir, mi máquina de meo no llegó a expulsar una gota. 'Ya fue, hago en el bondi'.
Luego de alguna que otra demora y con algún que otro empujón de por medio, nos subimos y encaramos una misión que, no entiendo por qué, altera con tanta facilidad a los pasajeros: buscar el número de asiento. Estábamos en el diecialgo, lo encontramos rápido. Acomodé el bolso de mano para usar de almohadón y antes de sentarme miré hacia atrás para localizar el baño: Mana‑n  kan‑chu! Así se dice 'no hay' en quechua. El tan solicitado baño para la falsa diarrea de mi novio brillaba por su ausencia. 
El sobresalto y las ganas de mear me invadieron al mismo tiempo. 'No boludo, me muero', le dije desesperada con la vejiga casi en la mano. 'Ya fue, andá y pedile al chofer que pare en un rato, que te cagás encima. Yo una vez amenacé con cagar todo el bondi y me frenaron' fue el alentador consejo del pelado. Fui hasta la 'cabina' y le pregunté al chofer cuándo pararía, a lo que me respondió, en quien sabe que idioma, que si, que más tarde que me fuera a sentar y que, paf! me cerró la puerta. 'Yasta, me meo encima posta'.
El colectivo arrancó y como era de esperar, no esquivó un puto pozo. El cuerito se me estallaba. Volví a mirar para atrás y esta vez noté que todos los asientos del fondo estaban vacíos. Agarré la mochila del pelado y gracias a Buddha me encontré con que el cacharrito que usábamos de olla estaba amarrado al bolso. ¡Bingo!. 'Boludo, vámonos atrás. Tenemos el cacharro, vos tapame que yo meo ahí!'. Sin hacer mucho espamento, nos llevamos las cosas al fondo y esperamos a que el bus finalmente tomara una calle lisita para poder embocar. Puse una bolsa tipo camiseta dentro de mi inodoro, como para que a nadie le molestara volver a cocinar y comer de allí y empecé a probar mi equilibrio.
Me senté en cuclillas arriba del último asiento del lazo izquierdo y aprovechando que no había nadie en el penúltimo, me sostuve del respaldar para mejorar la puntería. 'Guau boluda, alto meo!', exclamó el pelado, como contándole a todos sobre el amarillo acontecimiento. 
Mi pis casi llenaba el cacharro por lo que apenas podía cerrar la bolsa. 'Abrí rápido que la tiro por la ventana', y fue así que mi adn en estado líquido voló hasta probablemente  estallarse contra algún parabrisas. Nunca lo sabré. El alivio posterior  fue tan conmovedor que él no quiso quedarse atrás: 'Yo también voy a mear pero todo bien, yo asomo la chota por la ventana y ya'. ¡Qué hijos de puta que son los hombres! Pero qué forros son los bolivianos que no tienen baños en los buses a menos que viajes en coche cama -servicio casi inexistente y el triple de caro-. 
Yo no entiendo cómo es que hacen las cholitas pero les puedo asegurar que incluso en las paradas que hace el chofer, son pocas las que mean. La mayoría se la pasa peinándose las trenzas o lavándose los dientes. Benditas vejigas.
El viaje siguió de maravillas. Teníamos todos los asientos del fondo para nosotros solitos, incluso nuestro baño privado. El camino, por otro lado, fue horrible:  ripio, piedras, subidas empinadas, quizás aplastamiento de cadáveres, no estamos seguros ni nos importaba. Mientras la vejiga está vacía viajar es un placer.
A las doce horas llegamos a la terminal de Sucre en busca de la Mumi. No estábamos seguros de cómo íbamos a localizarla, pero si de algo teníamos certeza, es de que jamás volveríamos a viajar sin el tarrito salvador en el bolso de manos.



miércoles, 30 de abril de 2014

Hacer semáforo. Diversión y lección de vida

Desde el principio supe que la idea era una locura, por eso me gustaba tanto. Sucede que cuando uno tiene miedo todos los 'si-pero' aparecen para crear excusas y es así como los grandes proyectos no fracasan sino que nunca se encaran.
En el mail me había escrito 'vivo de hacer diábolo en el semáforo, es re loco pero la gente paga bien'. 
'Yasta, se volvió hippie', fue lo primero que pensé. Encima de loco ahora malabarista. 'Venite conmigo, vamos a aprender un montón juntos'. Si, claro. Como si yo tuviese un talento que exhibir en treinta segundos de semáforo. Aparte, un momentito, ¿dijo 'hacer semáforo'? Si, todo bien, me encanta ver malabaristas en la ciudad y siempre les tiro unos pesos pero ¿ plantarme Yo ahí a hacer algo? No, no. Este pibe está loco. 'De malabares olvidate, soy horrible y tampoco me interesa aprender. Dejame pensar qué puedo hacer y vemos'.
Fue entonces que luego de una agitada actividad onírica me desperté una mañana con una revelación: 'Boludo, soñé que hacía ula-ula, y ahora que me acuerdo, jugábamos con aros en la escuela. De algo me tengo que acordar!'.
Al día siguiente ya estábamos en la puerta de 'Olympia Deportes' comprando un aro y en la tarde me puse a practicar: 'Mirá... todavía me sale!'. Increíble y afortunadamente mi cuerpo aún recordaba cómo mantenerlo en la cintura e incluso en el cuello. 'Ya estás lista', me dijo él. 'No, no. Si lo hago lo hago bien', y durante todos los días posteriores previos al viaje me la pasé viendo tutoriales de ula-ula en Youtube. Dios bendiga la web y mi perfeccionismo de principiante.
A las semanas ya había empacado todo y me llevaba dos aros que, de Bolivia en adelante, serían mis herramientas de trabajo Si, me estaba yendo a recorrer Sudamérica hasta Ecuador con mi ex-novio, un plan super sensato que a cualquier madre dejaría tranquila.
Bolilandia nos dio una cálida y mojada bienvenida: llovió casi todos los días, con unas pausas en el medio que propiciaron mi debut artístico en el semáforo.
'Lo importante no es lo que hagas sino cómo interactúes con la gente' me decía el pelado mientras me escuchaba renegar con el aro del orto y los trucos que no me salían. Y no podía estar más acertado. Mi show fue penoso a nivel técnico, pero un éxito viendo la reacción de mi público, los conductores. Pasé por entre medio de los autos tirando chistes malos -que resultaban de una mezcla de nervios y adrenalina a la vez- mientras en mi mano ya se amontonaban unas cuantas monedas. La luz cambió a verde y mis primeros espectadores se alejaron, dejándome a la espera del próximo rojo, mi segundo show. Conté las monedas y no podía creerlo. No por el monto, quizás no superaban los dos o tres bolivianos -que por cierto ya era bastante-, sino por toda la experiencia. Recordé las miles de veces que felicité y ayudé con unas monedas o billetes en las buenas épocas a los malabaristas rosarinos y supe que todo estaría bien.
La luz del semáforo volvió a cambiar y salí otra vez, ahora con más confianza y repitiéndome por dentro: 'Esta gente me está pagando por hacerlos reír y dejarme jugar un rato!' Y con esa idea en la cabeza pasó la primera hora. El bolsillo de mi campera, ya hundido por el peso de las monedas, había llegado a los setenta bolivianos. '¡¿Qué te dije boluda?! Yo sabía que la ibas a romper', me dijo el pelado más entusiasmado que yo.
Y si bien no diré que descubrí mi vocación ni mucho menos que quiero hacer esto por el resto de mi vida, puedo decir que estar de ese otro lado, fuera de la comodidad del 206 con música fuerte, aire o calefacción es mucho más nutritivo que cualquier coaching, charla TEDx o acto de caridad. Tampoco me la voy a dar de hippie pedante que de un día al otro renuncia a las comodidades y bardea al consumismo (me gusta consumir) pero creo que saber cambiar de lugar, recibir halagos, miradas prejuiciosas, aceptar comida, restos, la temida 'limosna', te hace repensar muchísimas cuestiones.
Entre ellas, que la indiferencia puede ser más violenta que cualquier grosería que te pueda decir un pajero y que la subida de ventanilla puede resultar ofensiva pero siempre entendible, ¿acaso nunca lo hiciste? Que uno recibe lo que irradia:si estás desanimado o irritado, la mala onda vuelve y, por último, que ni el prejuicio ni la bondad tienen límites. De la nada puede aparecer un hombre que por recordar sus años de viajero te regala un billete importante o un desubicado que por verte laburar en la calle se piense que sos puta. Da igual. Una vez que pasás esos días en los que, cual Caro Pardíaco, pensás 'Loco, mi papá tiene una empresa con un montón de empleados, ¿qué carajo hago acá viviendo de la moneda de los demás?' te das cuenta que no hay mejor opción que jugar con la susceptibilidad de la gente, en lo posible burlando sus prejuicios.

Siempre me gustó sacudir cabezas, burlar etiquetas, shockear un poquito. Y no como un vano llamado de atención, sino para desestructurar lo establecido, para no aceptar las cosas con insana naturalidad ' Y bueh le tocó ser pobre'. 
La vida nos lleva a lugares y situaciones que nunca hubiéramos esperado. Nunca sabemos qué vueltas puede dar la calesita vida, y enseñarme a mi misma a cambiar de zapatos pisando fuerte otro camino es lo mejor que puede estar pasándome.



lunes, 28 de abril de 2014

Melancholita: cuando la web es más afectuosa que la humanidad

Es siempre durante los viajes que uno reconoce y aprecia sus raíces.
'Y usté amiga, de dónde es que viene? Colombiana?'. 'Si, dale. Como si la timidez de mi culo- más europeo que latino- pareciera centroamericano".
En los casi tres meses que vengo viajando ya pasé por brasilera, colombiana, boliviana incluso gringa. Y no es por mala ni engreída pero no sé si deprimirme o sentirme halagada . Es que eso de que las argentinas son las más lindas no es chamuyo nacional sino mundial (o cuanto menos latinoamericano). Tanto en Perú como en Ecuador he oído quejas del plantel masculino por la oferta local: 'Pero ustedes las argentinas sí que son bonitas', me dijo un muchacho en la playa de Canoa. 'Ay, gracias', le dije, recuperando un poquito del autoestima perdido y mirando con ternura mis incipientes rollos. Pero poco duró la alegría cuando al día siguiente un desgraciado arriesgó con total seguridad: 'Usté es ecuatoriana, verdad?' Si, engordé, estoy negrísima y vengo hablando bastante raro, con tendencia a un acento  pseudo cubano, es cierto. No es que lo haga para hacerme la local sino que realmente ayuda para hacerte entender (o para no ponerte explicar de donde sos y qúe estás haciendo). Quizás sea por eso que mi lugar de origen ya es casi una adivinanza.
Este rumor sobre las argentinas es toda una responsabilidad siendo mujer y más estando de viaje por Sudamérica a lo neo hippie. Como representante la verdad la vengo cagando bastante. Viví meses sin espejos, con mucha harina en mi dieta diaria y total despreocupación por la estética- hasta que algún desgraciado viene a confundir mi identidad-.
Cada tanto pega el extrañazo, sobre todo cuando estoy enferma o constipada (que es más frecuente de lo que esperaba) y entonces cualquier detalle boludo enfatiza la melancolía. Cuando esto sucede, Argentina deja de ser ese país de porquería en el que el dólar está diez pesos y pasa a ser un hermoso lugar que además de tener salud pública gratuita también tiene bidet.
Gracias a la insistencia de mi novio traje mi laptop -insisto, no soy jipi- y cada tanto me pongo a ver  fotos y escuchar toda esa música medio indie medio basura que tanto me gusta y hace sentir en casa.
Cuando consigo clave wifi suelo pasar un buen rato revisando la vida de mis demás, que por lo general siguen siempre en la misma, y que por lo general ni me hablan cuando me ven conectada. 'Hijos de puta, si me hablan ahora voy a tardar en responderles'. Súper infantil pero tristemente reconfortante.
Por suerte existe YouTube que me deja escuchar los temas que mi versión pedorra de Ares no llegó a bajar y saben qué?, él si me recuerda y se adelanta a tipear por mí las canciones que quiero escuchar.YouTube sí que me quiere.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Prendé el aire que te abrazo

Con temperaturas como las que venimos aguantando, de abrazarse ni se habla. Ni siquiera nos besamos en el saludo, hasta las mujeres nos damos la mano para evitar el traspaso de sudor de cachete a cachete. Y no me quejo, está muy bien. No estoy con ganas de hacer un cóctel de sudores en mis mejillas.
Pero la gente de Echesortu, que por suerte venimos zafando de los cortes de luz, agua, piernas, felicidad, nos tiramos abajo del aire acondicionado -siempre en 24 por respeto al prójimo- y nos ponemos a pensar. Me quedé dormida y la quietud hizo que me diera frío. Increíble, luego de tantos días ver piel de gallina, era como regresar de un mes de vacaciones y volver a usar el auto. Uno se extraña, se siente ajeno a lo propio, es rarísimo. Feliz con mi piel de gallina me dije 'Qué ganas de que haga frío para cucharear y mirar peliculas'. Y me sobrevinieron unas ganas de abrazar rarísimas en mi. 'Claro, es la cuadratura de planetas opuestos que me pronosticó mi signo, estoy en cualquiera'. Tenía que ser eso. Hay personas que naturalmente deseo apretujar apenas las veo pero esto de andar con ganas de abrazar por la vida es preocupante. Por suerte tengo una de esas almohadas chorizo para cama de dos plazas así que la abracé con brazos y piernas a lo koala y me quedé pensando un rato más. Ahí me di cuenta que ya me había desenojado con un amigo  pero él todavía no se podía enterar por eso seguí prendida a la almohada.
En el cumple de un amigo, el cumpleañero hizo un ranking de gente abrazable presente en el festejo. Le prometí que le sacaría fotos con cada uno de ellos, cosa que no sucedió, pero reparé en los abrazos que repartió y noté una cosa que es común en los hombres en general. Si bien él es cariñoso y le dice 'te quiero' a sus amigos, cada vez que se abrazan, el gesto no dura más de seis segundos y se remata con unas dos o tres palmaditas ruidosas en la espalda. 'Ahí cagaste el amor', pensé. Las palmaditas finales son una suerte de 'bueno tampoco la pavada', un equilibrio, una gotita de limón que corta. Como el despechado que aún odiando declara su amor con un 'te amo pelotuda'. Es tierno también. Me recuerda a cuando mi mamá se quejaba de que su último novio la abrazaba en público y a ella le daba pudor lo que pensaran los vecinos. 'Sos una ridícula, ojalá te hagan un pasacalle con nombre y apellido', le desée. Yo tenía un amigo muy cariñoso que me abrazaba muy seguido y si bien no me molestaba porque siempre olía rico, él era tan chiquito que yo sentía que lo atravesaba y que mis tetas le salían por la espalda, entonces me ponía incómoda. Él, creyendo que yo era dura y fría me obligaba a repetirlo. 'Abrazame bien, amiga'. Yo no sabía cómo entrar las tetas o pedirle a los pezones que miraran para el costado, porque encima los forros cuando estás incómoda se erectan, como los pitos. Suerte que ya casi no lo veo.
Hace poco, leí una nota sobre esos estudios ridículos que hacen en las grandes universidades que se ve que están muy al pedo porque investigan cosas súper divertidas de leer pero como que hay cánceres y cosas más serias que analizar, creo. Decía que el abrazo que supera los treinta segundos es el más beneficioso porque libera unas hormonas copadas como oxitocina y no sé cual otra que te hacen más feliz. Lo cuento en criollo porque no recuerdo la data precisa pero si el tiempo: 30 segundos.

Claro, con razón andamos tan estresados por la vida. Treinta segundos es una eternidad. Lo acabo de comprobar cronometrando un abrazo a mi almohada. Nadie los da tan largos, menos con este calor y menos aún sin las tres palmaditas 'tampoco la pavada', para regular la dosis de amor y por si algún homofóbico se piensa que sos puto.


lunes, 16 de diciembre de 2013

La amiga porno

Existe algo mucho peor que caerle mal alguien que nos agrada y es caerle bien a la gente que no bancamos. En primer lugar, caerle  mal a quien nos interesa es penoso porque además de signifcar el fracaso de nuestro encanto, nadie quiere a quien lo considera un salame y, por lógica, se debe empezar a a odiar a esa persona o, cuanto menos, dejar de mostrarle interés. Odiar es un viaje, mejor ignorar; al menos públicamente. Para indagar secretamente en sus vidas, existen las redes.
Caerle bien a los que nos caen mal, por otro lado, es mucho peor. Sobre todo si se tiene poca crueldad o se le da gran importancia a los sentimientos del otro. Es doblemente perverso, la sinceridad y la culpa se disputan la resolución final que será, al menos, complicada si una fuerte crianza católica trastocó nuestra conciencia.
Cuando se trata del sexo opuesto, la cuestión es más sencilla. Hay frases como 'no me llames, yo te llamo' que nos ahorran la explicación: a buen entendedor, pocas palabras. A menos que se trate de un espécimen que no haya superado la fase de negación en la que deliran absurdas excusas de por qué no fueron llamados: 'capaz se quedó sin crédito', 'a lo mejor perdió mi numero', 'mirá si le hackearon el facebook y olvidó mi nombre'. Ellos no aceptan el no.
Con los del mismo género es más jodido, sobre todo si se es mujer. Las minas podemos alcanzar un nivel de cinismo que puede conducirnos a la locura sin retorno, en especial aquellas cuyo dominio del sarcasmo no conoce de límite moral. Porque claro, yo soy irónica y un poco ácida pero tengo mis límites. Mi superyo puede volverme una Heidi en cuestión de segundos haciéndome pedir disculpas a un otro que quizás ni las merezca. Todavía lucho contra eso.
Aún así, he pasado por situaciones en la que la sinceridad se encargó de alejarme de mucha gente. Antes me agradaba decir que tengo más amigos hombres que mujeres pero ya no. Es más, quiero tener amigas nenas, ya pasó eso de ser un pibe más en el mar de huevos. Porque además si uno tiene sólo amigos hombres es evidente que hay algo en una que también nos vuelve una jodida misógina que no interactúa con las de su género. Y hacer amigas sí que es difícil. Las mujeres son cerradas y sus círculos de amistades suelen ser más herméticos que los Tupperware de mi mamá. Si sos muy sincera podés pecar de soreta o de torta por decirle linda a alguien que crees lo merece. Si intentás involucrarte, también, '¿Qué quiere esta piba? ¿No tiene amigas? ¿Por qué me habla?'. Por suerte aún conservo mi pequeño escuadrón de la primaria.
De más grande conocí e hice amigas en otros ámbitos, con poco esfuerzo debo admitir. Mi variada experiencia laboral varias veces propició el encuentro, sobre todo en Teletech, que es como una mini  -o maxi- ciudad. La recuerdo a ella, sobre todo; no diré su nombre pero la llamaré Rubia. La Rubia era el bombón del lugar, tan 'ingenua' como sensual. Hizo estragos durante el tiempo que estuvo y se mostró siempre avasalladora y competitiva. Tenía los mejores puntajes – si, en el call center todo es por puntos y en ranking- y las mejores medidas. De un día para el otro, no sé cómo realmente, nos hicimos amigas. Me di cuenta de esto el día en que me encontré en su casa con ella semi en bolas frente a mí mostrándome los centímetros de cintura que deseaba no tener y su cajón de ropa interior importada. Creí que el castigo por tantos años de revista Cosmo finalmente había llegado, en un esbelto envase y hueco discurso. Ultra Cosmo. Pero ella era divina conmigo, al menos al principio. Era demasiado cariñosa, lo cual me asustaba un poco porque no abrazo tan seguido porque si y mucho menos me mando mensajes melosos con amigas. 'Guau, pegué una de esas amigas que te dicen te amo todo el tiempo', pensé. Sin saber que esto iría aún más lejos.
Salíamos juntas todos los findes en un grupito de cuatro o cinco. Ella maltrataba y mandoneaba a todas excepto a mi. Ven, me quería posta, no daba para forrearla. Una noche decidí no salir y me mandó un mensajito que recuerdo al día de hoy. 'Hoy no vamos a dormir juntitas y no voy a tener quien me caliente la camita'. Quiero explicar antes que nada, cuando ella se quedaba en casa y hacía mucho frío, calentábamos las sábanas con el secador de pelo. A eso se refiere, nada más. Pero aún así, suena raro. 'No puede ser torta, está muy buena y tiene mucho levante. Pará, será bi?, no lograba salir de mi confusión. Le respondí una pelotudez para zafar la incomodidad y todo siguió como si nada. Desde entonces los mensajtos cariño-dudosos aumentaron y con ellos su maltrato al resto del grupo que para entonces eran sus soldaditos. Yo me sentía en una peli yankee de chicas malas y populares, era la consentida. Pero a la vez me asfixiaba cada vez más, llegando incluso a hacerme escenas si rechazaba una propuesta. Pocas cosas me alejan de una persona como la persecusión constante y no sé cómo pero por suerte lo notó y comenzó a alejarse.
Hizo cosas por mí que nadie había hecho antes. Bastaba con decirle que alguien me molestaba para que ella estuviese ahí, cual capitana del equipo de porristas, para defenderme comiéndose al novio de la acechada o vengándonse de alguna manera. Nunca me sentí tan yankee.
Me dio pena perderla pero sus escenas raras me daban 'cosa' y no estaba acostumbrada a dormir en pseudo-cucharita con amigas nuevas.
En la facultad, algo similar volvió a sucederme . Conocí una chica, igual de porno, que, como si viviera en un orgasmo permanente, hablaba y gestualizaba como puta ingenua. Era de esas teens que constantemente provocan a la platea masculina al mismo tiempo que se quejan de no ser tomadas en serio. 'Me dijo de ir a su casa de noche que no había nadie y fui, no pensé que me iba a querer coger', así solían empezar nuestras charlas de pasillo en las que se lamentaba de que el mundo quisiera cogerla cuando ella sólo buscaba ser querida. 'Bueno, te quiere... dar', le decía yo burlándome, 'No deja de ser una forma de querer'. Y de inmediato me hacía trompita y me peleaba de mentirita. Eso también me asustaba. Pegame o insultame pero no me hagas trompita, yo no te quiero coger ni me parecés tierna.
A lo mejor la jodida soy yo. Siempre quejándome de que no tengo amigas nenas y cuando la vida me las cruza en el camino yo las espanto con vómitos de sinceridad. Mi entorno me volvió exigente con el resto de la gente y acá estoy, sin amigas nuevas mientras ellas reparten su tiempo entre trabajo, novio y quehaceres del hogar. De ahora en más las escenas porno de celos las voy a hacer yo, al menos para que me peguen por pelotuda.